19 de abril 2002 - 00:00

Para reír sólo a la salida

Escena del film
Escena del film
«No dejaré que no me quieras» (España-Argentina, 2002, habl. en español). Dir.: J.L. Acosta. Guión: S. Pérez de Pablo, J.L. Acosta. Int.: P. Ponce, V. Saccone,A. San Juan, A. Risueño, L. Brandoni.

H ay que esperar más de cuarenta minutos, para ver qué hace Luis Brandoni en esta historia, y si es cierto que aparece Leticia Bredice (y además, si aparece desnuda, porque si no, para qué paga uno la entrada), pero hay que esperar más, todavía, para ver algo un poco gracioso, y eso que esto se anuncia como si fuera una comedia. Mucha gente encuentra algo gracioso recién a la salida del cine, pero, en cambio, casi nadie le encuentra el sentido (y aún menos sentido tienen ciertas referencias histórico-políticas, que por suerte pasan de largo).

Viviana Saccone, al menos, luce cartel de coprotagonista, y se luce, incluso mejor que en las telenovelas, encabezando el rol que esta película adjudica a la especie femenina: seres engañosos, resentidos, y aprovechadores. Por su parte, todos los hombres son engañables, resentidos, e imbéciles, incluso cuando quieren aprovecharse. La especie superior está constituida por esposas, ex esposas y amantes (también hay una hija y alguna posible sorpresa). Las víctimas de su depredación, en cambio, son un marido harto dependiente y un ex marido con la soga al cuello, es decir, un músico que no da la nota y un abogadillo en bancarrota. Juntos no son dinamita, sino simplemente dos cretinos que, en su ánimo vengativo, intentan repetir lo de «Pacto siniestro», o aunque sea lo de «Tira a mamá del tren», pero sin haber visto las películas, y hasta diríamos sin que esas películas merezcan figurar como inspiradoras.

Más bien, esta peregrina coproducción hispano-criolla pareciera querer inspirarse en cierta tradición teatral, de enredos e intercambios amorosos con final moralizante, que los españoles supieron hacer muy bien en otros tiempos -que no son éstos. Esa tradición requiere gracia, agudeza, vivacidad, y una elegante malicia, algo que la música variada y feliz de Víctor Reyes ofrece a todo lo largo del film, pero que los autores nos mezquinan innecesariamente. Otra vez será.

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