Para revivir años de "Cha cha cha"

Espectáculos

«Casero, la opción del barrio». Prod. Gral. y dir.: A. Casero. Int.: A. Casero, R. Samsó y N. Casero. (Teatro Concert.)


El nuevo show de Alfredo Casero -esta vez sin músicos que lo acompañen-es casi un revival de «Cha cha cha», el exitoso programa televisivo que logró renovar de un plumazo la tradición cómica argentina y que actualmente repite la señal de cable I-sat.

Escoltado por su hijo Nazareno, de diecisiete años, y el actor Rodolfo Samsó (más conocido como «Alakrán») Casero se las ingenia para volcar en escena el mismo delirio y mordacidad que le dieron fama a sus presentaciones televisivas. Tratándose de un show en vivo, su complicidad con el público es aún mayor, además el actor se ocupa de deslizarse entre las butacas cada vez que tiene oportunidad (mientras Nazareno y Alakrán ensayan un improbable dúo de gauchos, él los hostiga desde la platea con sus sarcasmos).

Una gran pantalla de video ubicada junto al escenario envía disparatados mensajes al público, como por ejemplo la prohibición de ingresar «con animales muertos». Esta mezcla de videoclips, espacios seudopublicitarios o delirantes noticieros como el de
«Actualidad Alemana» enriquecen los contenidos de este espectáculo y le aportan mayor colorido.

También se exhibe en video la presentación de
Casero en un estadio gigante de Japón, en diciembre de 2002, cuando hizo bailar a miles de japoneses el tema «Shimauta». Esto da pie a una simpática y emotiva reflexión del «Doctor Vaporeso» sobre la relación de los argentinos con el resto del mundo.

Los mejores sketchs de este espectáculo son el del astronauta y su mono
Audrey y el del irresponsable doctor Zircovich presentando su diccionario de consultas pediátricas ante una reportera televisiva de muy pocas luces, a cargo de Alakrán.

También desfilan por el show otros favoritos de «Cha cha cha», como la Señora Luna
(otra vez Alakrán) y el ratón Juan Carlos, que pone a bailar a todo el mundo el famoso tema, a lo Rita Pavone: «Pitzulino, pitzulino».

El público que sigue a Casero ya está habituado a su desopilante verborragia, a su timing descontrolado y al corte abrupto -y algo caprichoso-que suele imprimirle a sus sketchs. Pero esa falta de ritmo que a veces compromete y perjudica la dinámica del espectáculo, se ve ampliamente compensada por el descomunal histrionismo de este talentoso artista, que es capaz de combinar el discurso delirante con una aguda mirada sobre nuestra sociedad.

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