Parte de una buena idea, pero naufraga

Espectáculos

«Retrato de una obsesión» («One Hour Photo», EE.UU., 2002, habl. en inglés). Dir.: M. Romanek. Int.: R. Williams, C. Nielsen, M. Vartan, E. Daniels, C. Gregg.

N o se puede negar lo original de este raro intento de psychothriller políticamente correcto. El tema es único, interesante, y la película está contada a través de imágenes muy atractivas. Pero dos factores inciden para que el resultado no funcione bien: la corrección política termina haciendo que todo sea forzado e inverosímil, y como psicópata, Robin Williams da pena en todas las acepciones de la palabra.

Luego de tantos papeles de buen tipo, después de experimentar con las infinitas variaciones de payaso que llora y hace llorar en films casi siempre demasiado melosos, se podría pensar que por fin Robin Williams había juntado el suficiente rechazo del público para animarse a asumir el protagonismo único y absoluto en un film que le permitiera explorar asuntos un poco más oscuros. Pero, este drama psicológico no resultó el mejor vehículo.

La historia comienza con un interrogatorio policial: el protagonista está detenido por algún tipo de acoso o amenaza de la que el espectador no conoce nada. Y el racconto comienza lentamente presentando al personaje de
Williams, un empleado experto en revelado de un laboratorio fotográfico express de shopping (el «One hour photo» del título original), que tiene una idea de las fotos familiares profundamente ligada con la idea de una felicidad familiar que nunca tuvo. Aunque entiende que esas fotos sólo representan momentos agradables en las vidas de las personas, la auténtica dicha que expresan las del matrimonio Yorkin le provocan un acercamiento singular y no muy sano entre estos clientes del laboratorio y el amable encargado de revelar las fotos de tantos cumpleaños infantiles, vacaciones o aniversarios de boda.

Explosión

La amistad con el pequeño hijo de los Yorkin, la aparición de conflictos matrimoniales en esta pareja idealizada, más algunos problemas lógicos con el gerente del shopping junto a otros detalles por el estilo desembocan en una explosión en la delicada psiquis del psicópata estelar. Lástima que esta explosión no sólo se hace esperar demasiado -el ritmo es típico del cine independiente-sino que la genialidad de Mark Romanek es elaborar algo que parece una cosa y es otra.

El chiste sería aceptable en un episodio televisivo de media hora al estilo
«Alfred Hitchcock Presenta», pero en un largo de más de 90 minutos se vuelve menos ingenioso. La película es casi un insulto en la trayectoria de Romanek, un audaz realizador de videoclips de bandas tan oscuras como Nine Inch Nails. Sus imágenes oscilan entre lo excelente y lo esteticista, pero nunca dejan de estar perfectamente concebidas para lograr el efecto deseado de cada toma, aunque sea en lo visual, ya que en lo narrativo las cosas no funcionan igual.

Para no matar del todo el limitado atractivo del film, se recomienda especialmente no contar el desenlace. Por otro lado también es razonable no recomendar el film a quien no sea fanático de
Robin Williams.

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