"PI"

Espectáculos

L as óperas primas que apuntan demasiado alto suelen provocar un efecto decepcionante. Sobre todo si para plasmar sus ambiciones estéticas e intelectuales no parten de una base excesivamente profesional o económicamente solvente. Pero de vez en cuando un director debutante logra salirse con la suya y demostrar que sin dinero, actores famosos, infraestructura técnica ni nada que se le parezca se puede hacer una obra audaz, auténticamente profunda, novedosa en su concepto y convincente en sus detalles formales.
El responsable del milagro es Darren Aronofsky, que con su primera película logró algo tan difícil como casi llegar a inventar un nuevo género: el thriller matemático. El protagonista de «Pi» es un científico obsesivo y enfermizo, que vive solo en su departamento lleno de insectos y computadoras estudiando pautas numéricas en las cifras de Wall Street.
El mundo se compone de números, y con un poco de suerte el protagonista (un desmesurado pero por momentos muy adecuado
Sean Gullete) podrá llegar a encontrar un número de 216 dígitos de vital importancia para el futuro de la humanidad. De tanta importancia que pronto varios personajes extraños comienzan a acosar al matemático, incluyendo unos gángsteres preocupados por la caída de la Bolsa y unos ancianos rabinos que queman sus cerebros en interminables investigaciones cabalísticas.
Filmada en blanco y negro con 20 mil dólares obtenidos en buena parte a partir de inversiones de sólo 100 dólares,
«Pi» es una obra fascinante e imperfecta, cuya rusticidad estética puede chocar en un primer momento, aunque a medida que avanzan las extrañas elucubraciones de su personaje principal hay una convergencia más fluida y natural entre tema e imágenes. Incluso cierto aire de corto o film de estudiante pronto da lugar a un estilo más maduro, pero siempre imprevisible y diseñado para sorprender. Lo interesante es que el director y guionista no buscó el tipo de situaciones revulsivas que hace unos años caracterizaban a este tipo de obra de culto («Cabeza borradora» de David Lynch sería un antecedente directo, por ejemplo), no por no compartir sus ideas visuales sino más bien por su búsqueda de un tipo de cine nuevo y sin sabor a «dejà vu». El resultado es algo que no hay que perder, sobre todo si se recuerda que los argentinos no siempre tenemos la oportunidad de apreciar este tipo de producto en pantalla grande. Un mérito adicional es la banda sonora de música electrónica, por lo que conviene cuidar todos los detalles y elegir una sala de buen nivel técnico.

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