Con oficio y carisma cumple Enrique Pinti su primer protagónico en el cine, un medio que hasta hoy le ha dado abundantes ilusiones y relativas satisfacciones (entre ellas «Sentimental», «Flop», y, sobre todo, «Perdido por perdido»). En este caso le toca interpretar a un tal Leopoldo Arregui, empleado de una perdida oficina de Tribunales, al que un buen día le entra la grave sospecha de estar al borde de la muerte.
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¿Qué hace cualquier persona en un caso semejante? ¿Qué hace nuestro personaje? La película, una comedia costumbrista con toques de grotesco, se inicia a la manera de un noticiero. Arregui ya hizo algo, todo el mundo lo comenta asombrado, todo el mundo detrás de él, empezando por los noteros televisivos, que a falta del sujeto propiamente dicho (escondido ya veremos dónde), se ensaña entrevistando a la familia, el portero, el vecino, las compañeras de trabajo, etcétera.
El método permite, de este modo, conocer una variedad de personajes típicamente argentinos, a los que se agregan otros, que iremos conociendo en sucesivos racontos: el médico, la enfermera, la sexópata (lástima que la veamos muy poco), el colectivero.
Diversos intérpretes tienen entonces su oportunidad de lucimiento, si bien no todos parecen manejarse con el mismo estilo, y algunos caen innecesariamente en la estridencia. Pese a esta irregularidad la comedia puede valorarse como un muestrario nativo, tanto en el registro de caracteres y situaciones, como en sus formas populares de representación.
Se esperaba un mayor surtido de situaciones graciosas y emotivas, y una mayor elaboración de su propia sustancia tragicómica. Sin pretender grandes alturas, sólo unos cuantos chistes más, un poco más de agudeza, o, en su defecto, algunos minutos menos, hubiera recibido más aplausos.
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