4 de septiembre 2001 - 00:00

Preparan la tercera Bienal del Mercosur Preparan la tercera bienal del Mercosur

Eduardo Pla.
Eduardo Pla.
El arte de América latina está plenamente consolidado y, a pesar de la subsistencia de ciertas estrecheces de miras, reconocido más allá de nuestras fronteras. Alguna vez escribimos que, si en verdad vivíamos en una segunda Edad Media, esperábamos la eclosión de un segundo Renacimiento y, con él, el definitivo descubrimiento del arte de América latina. Esta meta ya ha sido alcanzada, al cabo de un largo proceso que definimos como una oscilación entre lo particular y lo universal, el regionalismo y el internacionalismo.

Estas consideraciones surgen a raíz de la próxima edición de la Bienal del Mercosur, que se realizará en la ciudad de Porto Alegre. El director de esa bienal es el conocido crítico y teórico Fabio de Magalhaes, director, además, del Memorial de América Latina, y en la presidencia de la institución continúa también el cardiólogo e investigador Ivo Nesralla.

Los artistas argentinos propuestos por el Museo de Bellas Artes son Dolores Cáceres, Nora Coreas, Ar Detroy, Juan Carlos Distéfano, Edgar-do Giménez, Nora Iniesta, Marcela Mouján, Eduardo Pla, Silvia Rivas, Fernanda Rotondaro, Clorindo Testa, Carlos Trilnick y Anabela Vanoni. Todos ellos han ido definiendo su obra en distintas reuniones en el Museo, la última de ellas con la presencia de Leonor Amarante, curadora de la Bienal.

Siempre hemos sostenido la propuesta de un circuito latinoamericano, sobre la base de las innumerables coincidencias y similitudes regionales, como un campo abierto de estímulo a la integración. Dentro de este circuito, uno de los acompañamientos y apoyos que merecen y exigen el arte de América latina y sus creadores es el del afianzamiento institucional de una teoría y una crítica regional. Sabemos que hay críticos y teóricos en la América latina. Pero hay que apuntar a una labor más sostenida, más sistemática y más institucional. La noción del artista solitario, que produce únicamente de acuerdo con sus dotes innatas, guiado por inspiraciones extraterrenas, en una especie de limbo inmunizado, aséptico y distante, ha perdido vigencia hace ya mucho tiempo, aun cuando todavía tenga algunos creyentes.

Tan temprano como en 1820, alertaba Hegel en sus lecciones de Estética: «Las obras de arte no son compuestas para el estudio y la erudición, porque ellas deben ser comprendidas y gozadas por sí mismas. En consecuencia, el arte no es para un círculo pequeño y cerrado, para los menos, para los cultos, sino para la sociedad en su conjunto». El artista es un sujeto social, que ejerce una práctica alentada y valorada por las instituciones: galerías, academias, museos, y los encuentros y bienales contemporáneas: la Bienal de Venecia (la más antigua; iniciada en 1895); la Documenta de Kassel o la Exposición de Escultura de Münster, la Bienal de Corea, la de Estambul, entre otras, y la Bienal de San Pablo, la reciente Bienal de Buenos Aires, la ahora convocante III Bienal del Mercosur, en América del Sur.

Atracción

Tales instituciones actúan como polos de atracción y, a la vez, de condicionamiento del hecho artístico, además de servir de entes de distribución, difusión e intercambio de obras. A partir de ellas, el artista entra en contacto con lo que la sociedad donde vive designa como arte en un instante histórico específico. De una filosofía abstracta que se preguntaba acerca de las vinculaciones entre el artista y la sociedad pasamos entonces a una ideología basada sobre las funciones mediadoras e imprescindibles de las instituciones ligadas al proceso de elaboración y consumo de arte, que constituyen la materialización, en el seno de una sociedad compleja como la actual, de las condiciones de producción de la obra, de su circulación y de su apropiación por parte del público.

El arte aparece así engarzado en una verdadera red institucional, que colabora, junto a otras influencias y avatares sociales, en la concepción misma de las obras (teoría de las instituciones), a partir del hecho de que ellas son realizadas para ser consumidas.

La teoría y la crítica de arte son una de esas instituciones. La crítica no es juzgamiento sino estudio e investigación. No es el crítico quien debe exaltar o condenar una obra sino quien deba investigar acerca de sus condiciones de producción, de sus efectos sociales y de su valor intrínseco, capítulo este último que no ha de ser confundido con el fruto de una evaluación.

El concepto de región no es nuevo en la historia del mundo. En verdad, el mundo empezó siendo una suma de regiones, de territorios identificados por peculiaridades geográficas y humanas. Ese es el origen de los reinos, los imperios, los feudos, las tribus. El regionalismo que teoriza
Figari en 1912 (nombre del capítulo de uno de sus libros, que publica en ese año) no es pintoresquista ni historicista, y nada tiene de chauvinismo o xenofobia. Por lo contrario, rechaza el color local y la obediencia ciega a los modelos extranjeros, y desdeña tanto el folklorismo vacío como el aislamiento nacionalista. Es una nueva concepción: es -aunque él nunca utilizó el término-un regionalismo crítico, que supone el aprovechamiento de los lenguajes internacionales del arte y los pone al servicio de la expresión particular de cada artista.

Dejá tu comentario

Te puede interesar