Recobran a García Sáenz desde una visión algo apartada de su identidad

Espectáculos

A 15 años de la muerte precoz del artista, el criterio curatorial de la muestra en el Museo Fortabat es discutible.

La exposición “Santiago García Sáenz. Quiero ser luz y quedarme” en la Colección Amalita del Museo Fortabat, se abrió con un Zoom a cargo de los curadores Pablo León de la Barra y Santiago Villanueva. Durante los 15 años transcurridos desde la muerte del artista, las obras estuvieron ocultas, según se dijo, en un pequeño cubículo de “dos por dos”. La muestra gratifica hoy a los seguidores que esperaban ansiosos un reencuentro. Si bien faltan obras cumbre, la identidad inconfundible de las pinturas de Santiago García Sáenz (1955-2006), está presente. Y se percibe el espíritu que el artista prodigó, aun cuando los curadores, con sus discursos, sembraron dudas sobre la exposición.

La cuestión es compleja. León de la Barra, curador mexicano bendecido por el Guggenheim neoyorquino e invitado por la galería Hache y la familia de García Sáenz a presentar la muestra, colocó como socio local a Villanueva, artista, curador y crítico. De la Barra se dedicó a quitarle los “motes” a García Sáenz, tales como pintor naif y religioso. Así comenzó a cortar los vínculos con el pasado. El objetivo es forjar un relato “desde posiciones contemporáneas”, acorde con los mandatos del circuito internacional.

Cuesta mirar la realidad. La historia de García Sáenz reaparece con una nueva narrativa, a la manera de la estadounidense Nan Goldin en la conocida “Balada de la dependencia sexual”, por poner un ejemplo, con la melancolía, el desenfreno y la muerte de una generación arrasada por el sida. “Los Cristos en los enfermos”, sus conmovedoras y esquemáticas figuras representan a los enfermos de sida. El propio García Sáenz habla del dolor por la de muerte de sus amigos en el libro “Ángel de la guarda. 50 años de dulce compañía” (2005), una completa autobiografía acompañada por las imágenes de casi toda su obra pictórica y los nombres de los casi 200 coleccionistas de su obra.

En el primer capítulo de la muestra reina la libertad del gesto expresionista. Allí está el “cuerpo masculino, entre el deseo y la tortura, construyendo situaciones de exceso y desenfreno, orgiásticas y homoeróticas”. La insistencia en posicionar un nuevo relato se advierte cuando se destaca el “deseo homosexual por los hombres” y la conexión de la “Intolerancia en Medio Oriente” con la religiosa, sexual y política. Villanueva sugiere que “los Cristos se pueden referir al trabajo sexual muy presente en Buenos Aires los años 80 y 90”. Los curadores señalan los intereses de García Sáenz y los de la de la noche, “cuerpos en saunas gays, discotecas y levante homosexual” y “hombres solitarios en situaciones de espera”. Para “hacer una relectura” ubicando a Santiago en el contexto del destape, De la Barra vuelve sobre el tema del “yire homosexual”, afirma que su lenguaje es totalmente subversivo, que habla en clave de las “prácticas de ligue entre comunidades de hombres e inserta estas situaciones dentro de la pintura”. En la sala de Los Mártires se encuentran los condenados de la comunidad homosexual y su ícono: San Sebastián.

Sin embargo, la intensidad del discurso teórico resulta excesiva, sobre todo si se investiga la vida del artista. García Sáenz participó del mundo bizarro de la noche en la década del 80, pero abandonó los desbordes y la lujuria cuando se enfermó. Una pintura exhibe el drama de las visitas al médico, y fueron muchas las veces que recibió el sacramento de la extremaunción. ¿Cabe, entonces, la libertad interpretativa? Como sucede en otros órdenes de la vida, cuando el público se acostumbra a creer en la fábula, seducido por la ficción se resiste a creer la verdadera historia.

Con el objetivo de “revisitar y revisar” la obra desde un punto de vista diferente, Villanueva convocó a escribir los ensayos del catálogo a un grupo de jóvenes que, como él y De la Barra, no tuvieron ningún trato con el artista. “Pensadores e intelectuales”, como Alejo Ponce de León, Nicolás Cuello y Cecilia Palmeiro, quien aborda el Barroco Queer y la obra de Néstor Perlongher. “Ayudados por la distancia en el tiempo, pretendemos dar la vuelta a algunas lecturas pasadas”. La mirada de la nueva generación de críticos sería bienvenida, realmente, si la investigación hubiera abarcado la obra completa. Pero no es el caso. Quienes apoyaron y acompañaron al artista desde los quirófanos a Roma, como Josefina Robirosa o Isabel Laborde, entre otros, fueron ignoradas. Las pinturas pertenecen mayormente a la familia García Sáenz y la galería Hache, interesada en posicionar la obra en el exterior subió de hecho los precios. Villanueva piensa en la circulación de la obra fuera de Argentina y se aspira a que el curador extranjero implica impulse la cotización en dólares. Las ambiciones que suscita el arte no son nuevas. Balzac en “La comedia humana”, describe las peripecias que atraviesa “El primo Pons”, un coleccionista victimizado por el deseo de quienes descubren el valor de sus posesiones.

Faltan en la muestra pinturas clave; pero hay una con cualidad museo: “El sueño de Jacob”, el Primer Premio a la Pintura Joven de la Fundación Fortabat de 1997. García Sáenz pinta un cielo electrizado, cruzado por relámpagos y se autorretrata tres veces con sus pinceles y entre las nubes. La pintura del atentado a la AMIA, institución cercana al taller del artista, el rancho de la calle Junín con paredes de adobe color rosa, piso de tierra y patios con florcitas, encabeza la serie donde denuncia la Intolerancia.

La muestra explora en “Te estoy buscando América”, el interés temprano de García Sáenz por nuestro territorio. Mientras los argentinos miraban a la transvanguardia europea, el expresó una fidelidad sin dobleces por el arte de Cándido López, Figari y unas lunas como las de Cúneo. Viajó al Museo del Barro y celebró los 400 años de la conquista con Liliana Maresca y varios artistas que representan con humor el arribo de los españoles. Los curadores vieron la veta de la búsqueda temprana de la identidad latinoamericana. Pero ajenos al contexto de un país que miró siempre hacia Europa, se alejan de la posición de García Sáenz. Observan que su mirada es “eurocéntrica, un tanto exenta del conflicto y trauma que significó la colonización y sumisión de los habitantes y culturas del continente”. Y es así. García Sáenz exploró el sincretismo entre lo divino y lo profano, las culturas primitivas y las Misiones Jesuíticas que, a pesar de la interrupción abrupta de la colonización, lograron su más genuina expresión a través del arte. Y pintó iglesias que no se mencionan.

La pequeña sala de autorretratos trae de vuelta la espiritualidad de un personaje de la sociedad criolla, su natural elegancia y los bellos ambientes familiares que nunca abandonó. La muestra culmina con la búsqueda del Paraíso, las pinturas de la selva, los imponentes y esplendorosos escenarios de la naturaleza, las ruinas de las misiones jesuíticas, la arquitectura del barroco americano a veces reunida con los rascacielos de la ciudad contemporánea.

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