19 de octubre 2000 - 00:00

Recuperan bien ópera olvidada de Puccini

«Edgar», ópera de G. Puccini. Con G. Porta, I. Burt, V.Correa Dupuy, L. López Linares y S. De Filipi. Régie: F. Ramondo. Esc.: D.Feijóo. Vest.: Teatro Argentino de La Plata. Coro de Opera de Buenos Aires yOrquesta Municipal de Avellaneda. Dir.:

F. Alvarez. (Teatro Roma, Avellaneda, 16/10.)

 

Con el propósito de rescatarla del olvido, cobrónuevamente vida y acción en un escenario, «Edgar», la segunda ópera de GiacomoPuccini, lo que no ocurría desde 1905. La explicación de este desdén casicentenario está en el libreto hoy indefendible de Ferdinando Fontana,que a su vez se basó en el dramón «La copa y los labios» de Alfred deMusset, con situaciones tan improbables como escabrosas. Por caso, elprotagonista asistiendo a su propio funeral.

«Edgar» se estrenó un año antes de «Cavalleríarusticana», y es bien sabido que Puccini -después de estaexperiencia juvenil-fue meticuloso hasta los mínimos detalles del asuntoteatral, al punto de torturar a los libretistas.

Con todo, las primeras dos funciones de las cuatroprogramadas de esta exhumación estuvieron colmadas de público operómano que consus aplausos obligó a interrumpir varias veces la acción y premió sin reservasel esfuerzo. Es que la música, arias, dúos y concertantes son de un efectopenetrante, los corales de imponente belleza, la orquestación ya anticipa al«gran» Puccini, y las exigencias vocales dejan satisfecho al másexigente apetito operístico.

Contribuye al éxito la entrega y el potencial delbien elegido elenco. La mezzo Virginia Correa Dupuy se destapó con unavoz caudalosa y convincente actuación como Tigrana, personaje quealgunos tratadistas sostienen se inspiró en «Carmen».

La soprano Irene Burt pone todo su caudal en Fidelia;el barítono Leonardo López Linares, en un papel a su medida, puededesplegar su poderío vocal sin limitaciones. Como «Edgar», el tenor GustavoPorta, con su reflejo vocal flexible a las vicisitudes de su personaje, sutimbre atractivo y su emisión clara, entusiasma por su potencia como para intuirleun itinerario como el de Cura, Alvarez o Volonté.

El director Fernando Alvarez hizo una labormagistral, dejando el alma al concertar un coro errático, una orquesta exigidaque se está desperezando y protagonistas que dependen de su batuta hasta parala mínima inflexión. Los aplausos inter-minables y la gritería aprobatoriapremiaron su dedicación.

Desde ahora, «Edgar» deja de ser un nombre en lacronología para ser una experiencia. No es la única ópera con libreto flojo ymúsica sublime; a poco que se la frecuenta termina gustando puesto que tienevalores genuinos y momentos de sólidos recursos.

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