2 de julio 2002 - 00:00
Recuperan obras de Guillermo de la Torre en muestra inédita
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Su obra se podría encuadrar en el realismo poético, que supera el ilusionismo, y donde todos los elementos espaciales están sugeridos. Su capacidad de síntesis, de concretar en un espacio los procedimientos que intensifican la acción teatral de la manera más sutil, es quizá la nota destacada de su creatividad, que se puede advertir.
En 1954, egresó de la Escuela Superior de Bellas Artes Ernesto de la Cárcova. «El ingreso a la escuela determinó el ámbito anhelado por mi vocación», recuerda De la Torre. «Mis profesores Rodolfo Franco, Mario Vanarelli, Germen Gelpi y Carlota Beitía, me permitieron junto a mi gran maestro Saulo Benavente, acceder al increíble mundo del espacio escénico.»
Posteriormente, estudió, becado por el British Council, en la Slade School of Arts y en el International Theatre Institute (Londres, 1965); y obtuvo una beca Fullwright (Nueva York, 1976). En 1972, fue invitado a la ciudad de Praga para estudiar técnicas teatrales con el extraordinario escenógrafo Josef Svovoda, que había dicho en su momento «toda la naturaleza tiene su propio ritmo. Es un organismo dinámico. Por eso la escenografía no puede ser naturalista, porque son los detalles naturales, precisamente, los que no pueden ser copiados».
El comienzo del teatro independiente le posibilitó llevar a la práctica sus conocimientos, aplicándolos como diseñador y realizador, en los teatros como el IFT, el Nuevo Teatro o el Teatro Estudio, donde asistió a la evolución de los más destacados actores, autores y directores argentinos.
Luego, su experiencia se enriqueció con «Gente de Teatro Asociada», dirigido por Orestes Caviglia. A comienzos de los años 70, se desempeñó en el Teatro San Martín, en el Cervantes y el Colón. En esos años, trabajó en obras como «La cantante calva», de Eugene Ionesco, San Martín (1972), «Los silencios de Pedro Vargas», de E. Castro, Cervantes (1975) y «Ollantay», de Ricardo Rojas en el Colón (1978).
Incorporó nuevos lenguajes y con el uso de transparencias creó ambientes distintos. En la década siguiente, para «Fedra» de Racine, en el Cervantes (1982), proyectó un dispositivo integrado por escalinatas que partían desde la platea y se extendían sobre el escenario hasta el foro.
Algunas de sus realizaciones fueron: «Los últimos» de Máximo Gorki, IFT (1965); «Juego de masacre», de Eugene Io nesco, Del Globo (1970); «Juana de Arco en la hoguera», de Claudel-Honneger, Colón (1974); «Hamlet» de Shakespeare, Cervantes (1977); «Doña Rosita la soltera», de García Lorca, Liceo (1978); «Pigmalión» de Bernard Shaw, Cervantes (1981); «El Diablo y Dios» de Jean Paul Sartre, Galpón del Sur (1989); «El buen hombre de Schechuan», de Bertolt Brecht, IFT (1995).
Al referirse a su obra, Sergio Renán ha escrito que «Guillermo de la Torre combina, como muy pocos escenógrafos, un extremado refinamiento estético con una muy sólida solvencia técnica. Ese poético espacio perceptible en todos sus trabajos, es la consecuencia de una mirada atenta y profunda hacia la literatura, la pintura y el cine, que le genera manejo del espacio y una elección de colores y texturas en donde siempre está presente una cuota de romanticismo. De ese romanticismo sereno que trasluce su mirada».
«Lo que más me impresiona es la gente joven - dice Guillermo de la Torre - por su capacidad, talento y por la perspectiva. Vivo empeñado en ubicar a los chicos talentosos como asistentes, diseñadores, vestuaristas. Tenemos que ver el futuro a través de la juventud. Estoy seguro de que nuestro país va a cambiar y que vamos a volver a tener el nivel que teníamos. Hay 8000 estudiantes de teatro, 4000 que estudian escenografía, 14.000 pintura. Con esa pasión cómo no vamos a producir cambios fuertes.»
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