«Amanda y Eduardo» de A. Discépolo. Dir.: R. Villanueva. Int.: C. Fal, J. Palomino, A. Braga, M. Ballesteros, A. Couceyro, M. Socas y elenco. Mús. y dis. sonoro: O. Edelstein. Esc. y vest.: Oría Puppo. Ilum.: J. Pastorino. (Sala Casacuberta - TGSM.)
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Hay obras que se exhuman y otras que vuelven a la vida con renovadas fuerzas. Tal es el caso de «Amanda y Eduardo», una de las últimas piezas escritas por Armando Discépolo (data de 1930) que, gracias a la creativa puesta en escena de Roberto Villanueva, logra hoy ser resarcida de un injusto y prolongado olvido.
Concebida como un «idilio en nueve cuadros», ésta es la historia de un gran desencuentro amoroso, que además de ramificarse en motivos y razones de los más diversos, va armando una compleja red de vínculos afectivos siempre con el aterrador fantasma de la miseria como trasfondo.
La anécdota se presta para el melodrama: Amanda y Eduardo están profundamente enamorados, pero él es un periodista de escasos ingresos que sueña con ser escritor, mientras que ella -para asegurar su supervivencia y la de su familia, acepta ser la mantenida de un poderoso estanciero.
Gracias a su belleza, Amanda logra eludir un seguro destino de criada o costurera mal paga, claro que a fuerza de una terrible mutilación amorosa. La obra da cuenta de las consecuencias de esta elección a través de múltiples peripecias, en las que no sólo los protagonistas intentan diversas salidas para sus conflictos. Los demás personajes también se ocupan de introducir sus propios deseos y necesidades, creando una maraña de sentimientos tan intrincados que sólo un director del talento de Roberto Villanueva es capaz de reflejar en la escena con absoluta claridad y sin que pierdan verdad ni misterio.
Villanueva es un puestista de ideas, que se vale del lenguaje teatral como lo haría un pintor con su tela. Sus audacias permiten que los personajes muestren facetas insospechadas y que las situaciones que los rodean adquieran nuevos matices, aun a riesgo de recortarse un poco del contexto general de la obra.
«Amanda y Eduardo» es una obra de pasiones entrecruzadas que despierta interés y emoción. La mayor parte de sus escenas están jugadas desde un distanciamiento tan bien dosificado que el melodrama en cuestión queda finalmente expuesto a una lectura irónica y hasta socarrona. Ejemplo de ello son las magníficas actuaciones de Marita Ballesteros -una madre desopilante que odia la miseria y que se rebela contra ella como lo haría un personaje brechtiano-y Analía Couceyro, brillante en su rol de criada oscura y demasiado devota de su patrona.
El resto del elenco se maneja con corrección, empezando por Carolina Fal, que compone a una Amanda de gran magnetismo, acostumbrada a que los hombres la adoren, mimada hasta el hastío, pero víctima al fin de la ambición de su madre. En cambio, a Juan Palomino se lo ve rígido y envarado en su rol de Eduardo y con grandes dificultades para hacer audibles sus líneas. La escenografía de Oría Puppo es otro hallazgo de esta puesta inteligente, polémica y con gran riqueza de climas.
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