21 de septiembre 2000 - 00:00

"SANTITOS"

L a escritora mexicana María Amparo Escandón definió a su novela «Santitos» como una «comedia dolorosa», no adscripta al realismo mágico sino más bien a una cierta «realidad mágica», bastante cerca de la vida cotidiana. Pero no tan cerca como para que los santos dejen de aparecerse con sus mensajes en el horno de la cocina o cualquier otra parte inesperada, o para que una joven y linda mujer, queriendo encontrar a su hija, se lance a trabajar en burdeles sin perder otra cosa que un zapato. Esto último, claro, es un modo de decir. Pero, por cierto, la mencionada mujer nunca pierde la inocencia, lo cual es, en los tiempos que corren, cosa de magia. La película, por su parte, tampoco pierde nunca la gracia, ni el ingenio. En su camino desde la veracruceña y cándida Tlacotalpan, cerca de Catemaco, capital de la brujería, hasta las menos crédulas y más modernas y sucias Tijuana y Los Angeles, tanto la historia como su protagonista desarrollan una sólida experiencia, que tiene que ver con la fe, el empuje, el sexo, la actualización del concepto de pecado, las heridas que cada uno debe curar, y las madres o los ángeles que la gente se inventa, y a veces se le concretan (también, con una clase de enamorados que sólo existen en las novelas femeninas, de esto hay que prevenir a las mujeres, porque no van a encontrarlos ni apelando a todos los santos).
La película no se priva de caer circunstancialmente en el paisajismo, como para enganchar más público, ni en el pintoresquismo, que a veces parece casi su razón de ser, ya que estiliza lo pintoresco hasta el borde del artificio. Pero apenas se permite la burla. Otras manos hubieran convertido esta misma historia en un sancochado posmoderno, desdeñoso de los sentimientos y las creencias religiosas.
Las manos de Escandón y las del director debutante Alejandro Springall, en cambio, sólo dibujan sus chistes dentro de un halo de afecto. Además, difícilmente el espectador descubra espacio inmediato para la burla o el desdén. El personaje está viviendo un drama, y la actriz que lo interpreta, la bonita Dolores Heredia, lo vive con tanta fuerza que no podemos más que acompañarla, y creer con ella. En eso reside una de las claves más importantes del relato.
Las otras claves se encuentran en la inteligencia para contar con nuevas formas la elaboración y superación de un duelo (que de eso trata, en el fondo, esta historia) y en el deleite que saben producir unos actores bien elegidos.

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