9 de junio 2003 - 00:00
Se afirma el potencial del arte como bien de consumo
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Van Gogh, cuyo precio récord se eleva a 83 millones de dólares, sólo vendió un cuadro en su vida y realizó su obra en medio de la miseria, pero como anunciando su porvenir venturoso, le escribía a su hermano Theo: «Como artista y sin saber por qué, soy aristócrata». Picasso en cambio, se asoma a los nuevos tiempos: con el producto de su obra a los 50 años era millonario y tenía un Hispano Suizo con su chofer de librea.
Por otro lado, el arte reúne también los atractivos que demanda la franja de consumidores de productos de alto valor económico. Aquellos que, cueste lo que cueste, aspiran a diferenciarse gracias a la posesión de lo exclusivo y reclaman algo especial que depare experiencias diferentes, placer estético y, si es posible, prestigio, pero sobre todo, emociones fuertes. Cuando el arte es capaz de calmar esta ambición, los precios tienden a subir vertiginosamente, como en el caso de Basquiat, que pasó de cotizarse en unos pocos miles a rondar el medio millón de dólares.
Claro, se da la paradoja de que para la mayoría de la gente culta, formada bajo la influencia de la mencionada tradición romántica, hablar del precio de una obra de arte todavía es un pecado ya que ofende su condición «divina», mientras ocurre que su consagración llega en gran medida a través del mercado, que lo integra a la economía como otro bien de consumo. Lo cierto es que no son escasas las tierras, joyas o castillos completos -como el que vendieron los descendientes de Lady Allcroft en Worcerster, con sus parques, cuadros y esculturas, muebles, platería-, que puedan acercarse al precio de una tela de Picasso.
Ni siquiera la promocionada colección de recuerdos que atesoraron en su toda su larga vida los duques de Windsor. En el imaginario colectivo, sólo el arte posee la dignidad de lo perdurable.
La predisposición a pagar cifras que superan ampliamente las de cualquier otro objeto hecho por el hombre, se puede rastrear en la necesidad humana de tener un horizonte idealizado. Y también en la decisión política de los estados, que descubrieron la gran veta del arte, dado que en primer lugar tiende a suavizar las desigualdades que genera la economía global. Cada vez se torna más evidente que el arte se ha convertido en la mejor estrella de la industria del ocio y del turismo de alto vuelo, y que además sirve y seguirá sirviendo como siempre a los intereses del poder.
En esta última década, España, gracias a la bandera del arte dejó de ser la parienta pobre de Europa, y Brasil fue el país latinoamericano que mejor entendió el status que brinda, y con una fuerte inversión invadió el mundo con su arte.
Los empresarios también perciben este increíble potencial. No es casual que el francés Bernard Arnault, dueño del negocio del consumo de alto vuelo, de Louis Vuitton-Moet Hennessy, Dom Perignon, Clicquot, Dior, Moet & Chandon, Guerlain, Givenchy, Kenzo y Christian Lacroix, haya comprado Phillips, la tercera rematadora de arte del mundo. Tampoco es casual que Francois Pinault, considerado el hombre más rico de Francia y propietario de las burbujas de Chateaux Latour, el grupo Printemps-Redoute y la moda y perfumes Saint Laurent, entre otras cosas, comprara la casa Christie's.
Según señala Carol Vogel en «The New York Times», el empresario francés no es precisamente expansivo pero no tiene reparos en confesar que el arte ayuda a escalar posiciones: «El potencial de Christie's no está sólo en el negocio, sino que además es un camino para ganar prestigio social y conectarse con los ricos coleccionistas y el mundo financiero».



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