«Señales» («Signs», EE.UU., 2002; habl. en inglés). Dir.: M. Night Shyamalan. Int.: M. Gibson, J. Phoenix, R. Culkin, A. Breslin, M. Night Shyamalan y otros.
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E n «Señales», el director indioamericano M. Night Shyamalan sustituye la fe en el relato por la fe en la fe, alineándose con ese gesto en la rancia y hoy poco frecuentada tradición del Hollywood de púlpito. Una fe basta, puerilmente expresada, pero que no deja de traslucir -como entonces- una cierta sinceridad. Esta es una película a la vieja usanza, definitivamente old fashioned, condición que le representa, al mismo tiempo, su salvación y su condena.
La firma del director de «Sexto sentido» podría generar expectativas falsas en muchos espectadores, sobre todo en quienes aguarden con impaciencia la recompensa de la sorpresa. Es más: Night Shyamalan tematiza con total deliberación esta esperanza a través de múltiples indicios falsos, casi como si se divirtiera, no sin algo de sadismo jueguetón, con la ansiedad del público por asistir a un final que está en pantalla todo el tiempo. Otro rasgo de su conversión: el que pueda ver, que vea.
Esta vez, una trama presuntamente fantástica, en la que los extraterrestres invaden la tierra, no tarda en revelarse pura alegoría. «Señales» es un sermón ilustrado y su protagonista, el cura rural en crisis de fe Mel Gibson (que no lleva ningún diario sino que hasta se disgusta cuando en el pueblo insisten en llamarlo «padre»), bien pudo haber sido interpretado más livianamente por Cary Grant o Bing Crosby.
La comicidad, sin embargo, no está de su lado, sino que recae pesadamente sobre su contraparte Joachim Phoenix, el hermano que ha ido a instalarse en su casa donde viven también sus dos hijos (los del cura viudo, que por tanto no es católico aunque tampoco pastor: su culto es un misterio más). Justamente, en una conversación clave, cuando ambos hermanos miran atónitos por televisión al locutor de la CNN anunciar, con voz temblorosa, la invasión alien a la tierra, el tono que venía insinuando el film ya no tiene marcha atrás: metafísica y bufonada. Gibson se formula una pregunta que fue la de Job, la de Spinoza y la de Nietzsche; la réplica de Phoenix es la de Billy Crystal animando el Oscar.
La sobreabundancia de humor verbal y a veces gráfico (como el empleo de esos ridículos cascos de aluminio que utilizan contra los marcianos) suena casi como otra invasión extraña, hasta un tanto histérica, sobre el fondo confesional del film, aunque esta característica tiene más de rasgo de estilo que de desliz o concesión. Night Shyamalan no reprime su goce en las inocentadas. Por el contrario, las enarbola.
Donde no bromea es en la puesta en escena: una aldea clásica, solitaria, sólo unida al mundo a través de las marcas de lo sobrenatural, y donde pueden convivir armoniosamente, con el viejo aroma del cine de los años '50, el sueño y la vigilia. En ese sentido, la escena inicial, la pregunta de la hija al padre («¿tú formas parte de mi sueño?»), es elocuente al extremo.
Tal vez, para quienes esperan el mazazo final de «Sexto sentido», «Señales» les deje el sinsabor del placer que no llega. Esta película es otra cosa: casi un strip tease en sentido inverso, un largo recorrido desde la desnudez hacia el ropaje.
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