19 de agosto 2004 - 00:00
"Ser algo escéptico es bueno para el arte"
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Amos Gitai, el más internacional de los directores israelíes, visita Buenos Aires. "Tras el asesinato de Rabin, creo que nos domina la decepción, no queremos tener nuevas esperanzas para después desilusionarnos", dice en este diálogo.
Periodista: En la Argentina sólo se lo conoce hasta ahora por el episodio del film «11-09-01» (aquel momento sarcástico de la movilera que se ve desplazada por una noticia más importante), y por algunas exhibiciones especiales. Un ejemplo, el drama «Kadosh».
Amos Gitai: «Kadosh» significa «sagrado», y es sobre un matrimonio afectado por los ultraortodoxos de Jerusalén, hecha en un momento en que los religiosos querían debilitar la Corte Suprema. Integra una trilogía sobre las ciudades, con «Devarim» (« inventario»), sobre la vida en ese gran proyecto de ciudad judía laica que fue Tel Aviv, y «Yom yom» («día a día»), una comedia ambientada en Haifa, mi ciudad, donde hay mucho mestizaje, porque es el centro político de los árabes israelíes, y cuna de grandes escritores como Habibi, el autor de «El opsimista», es decir, un tipo mezcla de optimista y pesimista. Esto me recuerda al alcalde palestino de Nablus, cuando dijo «Es un lujo ser pesimista». Ojalá nuestras sociedades tengan hoy la madurez necesaria para reconciliarnos pacíficamente. Pero ya ve, somos un país chico, con ciudades muy distintas, que hacen mucho ruido.
P.: También se verán «Wadi 1981/1991», «Wadi Grand Canyon» y «Alila».
A.G.: Que hablan de la vida en edificios de departamentos. Más un documental sobre las repercusiones del asesinato de Rabin, «La arena del crimen», y dos ficciones de tema histórico: «Kedma», acerca de 1948, y «Kippur», sobre la guerra de 1973. Esta película surgió en un almuerzo de Canal Arte al que fuimos especialmente invitados un director sirio que se salvó del bombardeo de la aviación israelí sobre su edificio, y yo, que me salvé de un misil sirio cuando iba en un helicóptero de rescate. Nuestros respectivos camaradas murieron. Nosotros sobrevivimos. Desde esa perspectiva hice «Kippur».
P.: ¿Y no trajo la que hizo con el director de «Intervención divina», el palestino Elia Suleiman?
A.G.: ¿«Guerra y Paz en Sevul»? No, siempre hay que dejar algo para otra vuelta. Somos muy amigos con el nazareno Suleiman. Su hermano es rector de la Facultad de Psicología de Haifa. Varias veces Elia me pidió consejos para su primera película, en parte financiada por el Fondo para Films de Calidad de Israel. Mire qué chiste, los del Fondo casi nunca se ponen de acuerdo para financiar las mías.
P.: Hablando de chistes, y considerando su participación en «11-09-01», o la mencionada «Intervención divina», ¿podría comentarnos algo acerca del sentido del humor en aquellas tierras?
A.G.: Creo que el humor es una especie de vacuna contra la demagogia de las frases hechas. La gente que sabe reír, sabe también que la realidad y la verdad son muy contradictorias, más de lo que pueda suponerse. Y uno percibe ese humor «de pose», tipo «no me la creo pero hago como si así fuera», tanto de parte de los ciudadanos hacia sus gobernantes, como de los propios gobernantes cuando dan sus discursos.Yo creo que nuestro actual primer ministro tiene especialmente desarrollado ese sentido del humor. En verdad, todos los líderes de la zona tienen un «humor de pose», y se entienden entre ellos bastante bien. Ya tendrían que dejar de desperdiciar vidas humanas y recursos, y dejarnos el humor a los artistas.
P.: Por algo usted se ha puestoese nombre.
A.G.: Mi apellido paterno es alemán, pero años atrás, cuando en Israel todos querían hebraizar sus nombres, me puse Gitai, que alude a la prensa de la uva (fruta que ya estaba en el apellido original), como un modo de recalcar mi posición: a veces yo aprieto las cosas, hasta sacar algo puro.
P.: ¿Podría entonces contarnos apretadamente su vida?
A.G.: Nací en 1950, casi junto con el Estado de Israel, crecí en un sistema consensuado, en buenas relaciones con los vecinos (digo, sin idealizar demasiado), creyendo que nuestros líderes eran buena gente (los laboristas ya nos gobernaban desde 1920), y de pronto explotó la guerra. Ese fue el final de nuestra inocencia. Desde entonces nos venimos haciendo cada vez más escépticos, también más individualistas, lo que para el arte no es malo. Ya en esa época estaba con mi cámara. En 1982 me opuse a la guerra con El Líbano. Entonces me explicaron que no todos tenían ganas de escucharme. Me di por aludido, empaqué mis cosas y acepté una invitación de Cinemateca Francesa por dos semanas... que se convirtieron en varios años, hasta que subió Rabin. Tras su asesinato, creo que nos domina la decepción, no queremos tener nuevas esperanzas para después desilusionarnos. Somos como un cortejante que no tuvo éxito. Ahora alterno entre Israel, Francia, y Estados Unidos (soy doctorado en Berkeley), llevo hechos unos 40 títulos, y ya veo que el cine no es el medio más eficaz para cambiar el mundo. Igual sonrío. Me gusta aguijonear a todo el mundo.


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