4 de noviembre 2003 - 00:00

Si tuviéramos varios Alejandro Romay...

Alejandro Romay
Alejandro Romay
"Raúl, ¿querés ser Zorba?", le preguntó Alejandro Romay. Del otro lado del teléfono, silencio. Raúl Lavié no podía coordinar una palabra. Habían pasado 20 años desde que vio «Zorba» en Broadway. El cantante estaba de gira en Estados Unidos con el espectáculo «Tango argentino». Al llegar a Nueva York fue a Broadway para ver el musical que tenía a Anthony Quinn como figura central. Nunca olvidó el momento en que el actor salió a escena y atrapó la admiración y los aplausos. El magnetismo y el porte de Quinn provocaron en Lavié la sana envidia de estar en ese momento en el escenario. Comenzó a soñar con ser Zorba. Tanto, que tiempo después quiso comprar los derechos de la obra. Los dólares que le pidieron eran exageradamente más altos que los que podía pagar. Y ahora, 20 años después, Romay le preguntaba: «Raúl, ¿querés ser Zorba?»

Ese mismo día almorzaron y horas más tarde firmaron el contrato que Romay tenía preparado, porque descontaba la aceptación de Lavié. «Sólo una persona con una visión superior pudo hacer esto», fue la conclusión de Lavié ante el periodista.

El cantante había trabajado con Romay en «Pippin», un musical de Bob Fosse, muy adelantado a su tiempo. Treinta y un años después lo volvió a convocar.

La conversación con Lavié deriva hacia Alejandro Romay, un empresario para el que no hay años difíciles cuando se trata de arriesgar.

«Romay tiene un enorme respeto por la gente, por eso les da estos espectáculos igual que en Broadway. Invierte fortunas para que no falte nada. Acá viene gente de todo el país. Muchos llegan directamente en ómnibus charteados, desde las provincias hasta el teatro»
, cuenta Lavié.

•Elección

Romay podría vivir un retiro tranquilo con su fortuna personal, incrementada con la venta de «Canal 9». Pero asumió desafíos: está construyendo un edificio de departamentos, sueña con levantar un hotel cinco estrellas, ya puso tres musicales en escena este año y abrió el teatro Alcalá Palace en España. Con menos emprendimientos que éstos, otro empresario sería recibido con los brazos abiertos por el presidente de cualquier país; claro, un país sin tantos descreídos.

Hoy, con la televisión en decadencia, hay una mirada más justa sobre
Romay: recuerdan que en «Canal 9» predominaban en la programación las novelas y los shows que significaban trabajo para músicos y actores argentinos. Muchos de esos ciclos integran la parte brillante de la historia de la TV argentina.

Ahora, sin el canal, pero con teatros, Romay no perdió su atracción por la calidad. A una cuadra de donde se representa Zorba, puso en escena «Jazz, swing, tap» con 30 personas en escena y 160 en el «backstage». Esta obra es la que más disfruta; es su creación. La imaginó pensando en los años felices cuando brillaban Glenn Miller, Frank Sinatra, Louis Armstrong, Judy Garland, Benny Goodman, Duke Ellington, Fred Astaire, Gene Kelly y Ella Fitzgerald. La concretó con enormes músicos de jazz y los 30 bailarines más jóvenes y sobresalientes de la Argentina. Hizo un éxito.

Hoy, estos grandes musicales son posibles porque mejoró la calidad de los actores de comedias musicales y de los bailarines. Hay una nueva generación que estudia y se prepara para uno de los géneros más difíciles del espectáculo.

«A Romay la Argentina también le debe el mejor nivel de artistas que tenemos hoy. El ya puso tres musicales este año, por eso los jóvenes tienen interés en estudiar tap, canto, danza, porque hay posibilidades de crecer»,
observa Lavié quien convive con parte de esta generación en «Zorba».

La pregunta, entonces es inevitable:
«¿Pero los más aplaudidos son usted y María Rosa Fugazot que pasan los 60 ¿Como lo explica?»

«No lo puedo explicar. La emoción es muy grande por ese reconocimiento del público. Hay muchos que creen que después de los 40 se termina la vida»
.

Romay
no debe pensar así porque su espectáculo anterior fue «Qué me van a hablar de amor», con Nacha Guevara.

Quizás a
«Jazz, swing, tap» la quiera tanto como a su primer musical, «Mi bella dama», que estrenó en 1961 cuando adquirió el teatro El Nacional. Dringue Farías, Rosita Quintana, Pepe Cibrián, Duilio Marzio y Beatriz Bonnet la protagonizaron. Estuvo tres años en cartel. Luego vinieron «Chicago», «Pippin», «Cabaret», «El hombre de la Mancha» y «El violinista en el tejado», entre otros.

El 22 de julio de 1982, El Nacional se incendió cuando representaba un éxito:
Susana Giménez era la figura central de «Sexitante».

•Reapertura

Romay esperó 18 años para reabrirlo y no por casualidad eligió su primer amor, «Mi bella dama», esta vez protagonizada por Pepe Soriano, Víctor Laplace y Paola Krum. Invirtió 2 millones de dólares en la obra, aparte de lo que costó la reconstrucción del teatro.

La fatalidad ya se había hecho presente antes en otro emprendimiento de
Romay, el Teatro Argentino. El 2 de mayo de 1973 siete fundamentalistas incendiaron la sala para impedir el estreno de «Jesucristo Superstar». En ese amor por la perfección, Romay había invertido mucho dinero porque tuvo que hacer modificaciones como inclinar el escenario, construir una puerta trampa en el piso, colocar un brazo telescópico, dos puentes colgantes y tres rampas. Quería que todos los efectos especiales fueran iguales a las puestas de Europa y Estados Unidos.

Antes de
«Jesucristo Superstar», el 7 de mayo de 1971, Romay había convulsionado a Buenos Aires presentando «Hair», un musical concebido en una época delirante y genial de Gerome Ragni y James Rado. Fueron los primeros desnudos en un musical. Debió sortear con habilidad la censura de la Iglesia y del gobierno militar.

Los actores eran aficionados, hippies locales. El problemático elenco, que padeció el asesinato de uno de sus integrantes en el Rosedal supuestamente por un tema de drogas, después fue reemplazado por chicos «lindos» que hacían fonomímica de grandes cantantes en un programa de «Canal 9»,
«Música en Libertad». La gente no los aceptó porque no tenían la rebeldía, ni la frescura del elenco anterior. Al poco tiempo, después de dos años exitosos en cartel, terminó «Hair». Fue la primera vez que Romay no pudo lidiar con los actores. Pero éstos eran distintos, eran una tribu hippie: las primeras figuras querían ganar igual que los últimos. Ni Romay ni su socio Daniel Tinayre lo entendieron.

Justo
Romay, que tiene un pasado bohemio. Fue bailarín de tango, luego locutor y después tuvo su propia radio. Prevaleció el empresario, pero nunca dejó su vocación, ya que detrás de cada inversión, él participa haciendo los guiones, diseñando la obra, o seleccionando el elenco.

Muchas mediocracias -televisivas, fundamentalmentebuscan encumbrarse a la altura de creadores como
Romay, con mofas, chistes o ataques. Pero, si el país tuviera más Romay... Fue el dueño de medios que sabe, no el accionista, no el heredero. Por eso sobre-sale y pudo competirle a Goar Mestre («Canal 13») y a Héctor Ricardo García. Estos también saben - Mestre ya falleció- y por eso están dos o tres escalones más arriba que los restantes propietarios de medios. Aun los que los critican los envidian.

También ayuda a difundir la cultura argentina en su sala de Madrid en la que invirtió más de 15 millones de dólares. Restauró un teatro construido en 1922, donde 35 años antes se estrenó
«Jesucristo Superstar» para España, la obra que Romay no pudo mostrarle a los argentinos.

«Quiero devolver a España este teatro»
, dijo Romay la noche de la inauguración, ante el aplauso de las 1.214 personas que ocupaban las butacas del nuevo Alcalá, dedicado a Lola Membrives, una gran amiga de Romay de los años en que la actriz española vivió en Buenos Aires.

El teatro tiene otra sala más pequeña de 300 asientos y una escuela de música, danza canto y actuación dedicada a
Manuel de Falla. La obra que eligió para inaugurar el teatro fue «Tanguera» con 40 artistas, todos venidos de Buenos Aires y tan porteños como el Zorba de Lavié.

«Raúl ¿usted es Zorba?»
, le preguntamos. «Tengo una enorme identificación con el personaje y sus códigos. Una vida intensa».

Tres matrimonios y cinco hijos parecen darle la razón. Sus mujeres se hablan entre sí; cada una de ellas conoce una parte de
Lavié y, más allá de todo, lo siguen queriendo; como a Zorba.

«¿Zorba y usted hubieran sido millonarios como Romay de no ser por las mujeres?»
. Gran carcajada. «Ya lo creo».

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