3 de octubre 2006 - 00:00

Sin Theodorakis, su música dejó frío al teatro Coliseo

Aunque suena prolija, laOrquesta «MikisTheodorakis» no emocionóni con su música ni con lasimágenes políticasproyectadas.
Aunque suena prolija, la Orquesta «Mikis Theodorakis» no emocionó ni con su música ni con las imágenes políticas proyectadas.
Orquesta Popular «Mikis Theodorakis». Con T. Pagageorgiou (piano), M. Georgostathis, A. Koukos (bouzouki), K. Simboulidis (corno inglés), G. Skabaras (guitarra), M. Papadouri (cello), Th. Lazarou (bajo), N. Skomopoulos ( batería), S. Theodorakis Papagelidis (percusión), Erolfili, N. Kouroupakis y D. Ifantis ( voces). (Teatro Coliseo, 29 y 30/9.)

Seguramente, la gran mayoría del público que acudió a la cita con la Orquesta Popular «Mikis Theodorakis» en el teatro Coliseo, lo hizo por dos razones centrales. Por un lado, estuvo la comunidad helénica que, sin ser enorme en nuestro país, tiene la suficiente magnitud como para acercarse en cantidad a escuchar la música y el lenguaje de padres y abuelos. Por otro, todos aquellos que recuerdan al Theodorakis compositor de músicas para cine inolvidables («Zorba el griego», «Estado de sitio») y querían reencontrarse con su propio pasado. En ambos casos, entonces, las sensaciones que habrán tenido una vez terminado el largo espectáculo -aunque algunos decidieron abandonar la sala antes del final- fueron, seguramente, distintas.

Esta orquesta fue creada por el músico griego con la intención de difundir su propia obra popular. En la memoria de la mayoría están las músicas para cine que, paradójicamente, son las que el creador menos valora («no merecen estar en mi catálogo», le dijo a este diario hace pocos días). Por lo tanto, el repertorio elegido tuvo algo de las bandas de sonido, pero menos, muchísimo menos, de lo que el público hubiera deseado. Y se completó con canciones de Theodorakis de distintas épocas y con su musicalización del «Canto general», sobre textos de Pablo Neruda.

La formación de la orquesta mezcla los instrumentos populares griegos como el bouzouki, una suerte de mandolina,con los de la música europea (el cello, el piano, el corno inglés) y del pop (la guitarra y el bajo eléctricos, la batería) y hasta con algo de percusión latina. Y el grupo se completa con tres buenos cantantes -una mujer y dos hombres- que actúan como solistas o como integrantes de un trífono. El resultado es un combo bien trabajado, prolijo -quizá excesivamente-, equilibrado, que pasa de las baladas a las músicas más festivas, pero que no logra terminar de conmover. Y esa respuesta fría se notó en la platea a la que ni siquiera arrancaron aplausos fervorosos los documentales que muestran, durante las canciones, escenas de la pobreza y la injusticia en diferentes lugares del mundo y a líderes revolucionarios en sus momentos de gloria; documentales que resultaron algo «démodés» en su concepción estética y algunos de los cuales (imágenes actuales del frente de guerra del Líbano con su secuela de muertos civiles) llevaron a un centenar de personas a retirarse de la sala.

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