Sólo para los fans del Carrey más desatado

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«Todopoderoso » («Bruce Almighty», EE.UU., 2003, habl. en inglés). Dir.: T. Shadyac. Int.: J. Carrey, M. Freeman, J. Aniston, P. Baker Hall, N. Dunn, S. Carell.

B asta la escena inicial para comprender que el Jim Carrey de «Todopoderoso» estará más cerca del de «Ace Ventura» o «Mentiroso mentiroso» que del que asombró en «The Truman Show» o «El mundo de Andy». Muy simple, el director no es ni Peter Weir ni Milos Forman sino Tom Shadyac, el mismo de las dos primeras que, como se sabe, fueron monumentales éxitos de taquilla. Las otras no.

Por eso, es lícito imaginar a Shadyac y demás productores pensando literalmente lo que le dice su jefe al cronista televisivo Bruce Nolan (el personaje de Carrey): «Tienes un don para provocar risa y eso es lo que el público quiere verte haciendo». En el film, esto viene a que Nolan detesta cubrir pavadas tales como la elaboración de la galletita más grande de Buffalo, para lo cual debe ponerse una redecilla en la cabeza y hacer monerías a cámara. El quiere ser conductor de noticiero, con tal determinación que pronto se hace echar a patadas al sufrir un ataque de histeria cuando se entera, en vivo, de que el puesto serio se lo dieron a su archirrival (Steven Carell). Lo curioso es que, mal que le pese, el periodista incomprendido es un gesticulador idéntico al Jim Carrey más descontrolado.

Ciego de ira y encima apaleado por una sanguinaria pandilla hispana, Nolan le reprocha a Dios su mala suerte, lo impreca, lo desafía. Harto de escucharlo, con justa razón, Dios (Morgan Freeman) se materializa y tras una contundente demostración de divinidad, le concede sus poderes por una semana, a ver qué hace. En verdad, su primer acercamiento fue telefónico, lo que generó un chiste formidable, aunque extracinematográfico, desgraciadamente. Contrariando una regla hollywoodense, el número que aparece en el visor del celular de Nolan era real; pertenecía a una mujer de Florida que se cansó de recibir llamados preguntando por Dios.

En la ficción, en tanto, dados los antecedentes del personaje (y de
Shadyac-Carrey) no hace falta mucha perspicacia para saber lo que hará el protagonista en el lugar de Dios. Digámoslo, por las dudas: tonterías. Claro que no siempre tan inocuas como la notable urbanidad que logra insuflar a su mascota, un perro que por momentos recuerda al inefable Betún de «Los simuladores». Los despropósitos de Nolan para con el perro, su novia (Jennifer Aniston), sus colegas, su pueblo, el planeta, pueden resultar graciosas y hasta puede haber quien vislumbre en todo esto un atisbo de crítica a los medios de comunicación, entre otras cosas. Lo que es seguro es que lo más desopilante de esta parte, y de toda la película, son las contorsiones faciales de otro: Carell, no Carrey.

Como sea, el mayor problema de
«Todopoderoso» es el ¿inexorable? moralismo al que se precipita hacia el final. A partir de ahí, sinceramente, ya no se salva ni Dios.

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