2 de agosto 2001 - 00:00

Sólo un muestrario de pintoresquismo obvio

Escena de la obra.
Escena de la obra.
Desde el hispánico dueño del bar escandalizado por el embarazo de su hija hasta el músico homosexual que pretende emular al protagonista de «Muerte en Venecia», son todas criaturas apenas esbozadas, más esquemáticas que fantasmales, por más que en la obra se dé a entender que han surgido de la imaginación de un poeta. Ese poeta es sin duda el propio autor, un enamorado confeso de los bares de Buenos Aires.

Lamentablemente en esa pintoresca galería de prostitutas, poetas, verduleros e inmigrantes que recreó no hay nadie que tenga algo interesante para decir o algún testimonio para ofrecer que no transite por los lugares más trillados.

La puesta de Julio Ordano imprimió un buen ritmo a las acciones, pero descuidó el nivel de las actuaciones, que salvo algunas honrosas excepciones (el mozo paraguayo es un ejemplo) resultan demasiado obvias y con gestos burdamente impostados. En cambio, la escenografía de Rolando Fabián ayuda a evocar a ese bar mítico que sintetiza a todos los bares aun cuando los personajes que circulan por él no logren transmitir la misma calidad poética.

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