30 de enero 2001 - 00:00
Sorprende en Uruguay muestra interactiva de González Torres
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"Blood".
Para ver de qué se trata, más de un amante del arte contemporáneo resignó una tarde de playa para llegarse hasta el Parque Rodó e internarse en los mean-dros del neoconceptualismo, tendencia que se adivina dominante en este comienzo de siglo. Si bien la complejidad de la obra demanda cierta concentración para desentrañar sus secretos y no quedarse en la anécdota, los que hicieron el esfuerzo aseguran que el viaje valió la pena: la muestra suscita interesantes reflexiones sobre la cambiante naturaleza del arte más actual.
González Torres nació en Cuba en 1957 y murió de sida en Miami en 1996. La mayor parte de su vida trabajó en Nueva York, ciudad donde realizó exposiciones como la del MoMA, la individual de la Bienal del Whitney y la retrospectiva del Guggenheim que se exhibió también el Museo de Arte Moderno de París.
Hoy, González Torres es el artista más cotizado de su gene-ración, dado que hace unos meses Christie's vendió «Blood», una cortina de cuentas rojas y blancas en el récord imbatible de 1,6 millón de dólares. Pero la intención que persigue su obra es socavar el sistema del mercado del arte: « Quería presentar una exposición que desapareciera completamente -observa en un reportaje-, también que fuera una amenaza al mercado del arte, y para ser enteramente honesto, fue una forma de ser generoso.»
Es decir, en primer término, la desaparición de la obra lleva al extremo el fundamento primordial del conceptualismo, que es el predominio de la función y la idea inspiradora sobre la materia que la constituye. Así, los caramelos literalmente se desmaterializan en la boca del espectador. Por otra parte, las series «ilimitadas» de láminas que se reponen a medida que el stock disminuye, atacan el mecanismo del mercado, la gráfica de edición limitada cuyo precio se sostiene en base a la exclusividad.
Pero esta condición es apenas una de las tantas que persigue el cubano. La relación dinámica que establece con el espectador es otra de sus aspiraciones: «Necesito al espectador, necesito la interacción. Sin el público estas obras no son nada, nada. Pido a la gente que me ayude, que asuma responsabilidad, que se vuelva parte de mi trabajo».
En estas circunstancias, en el plan de llevarse tontamente una lámina sin valor económico o saborear un caramelo, cualquiera podría augurar la pérdida del «aura» de la obra de arte, esa sensación de lejanía que es capaz de transmitir por cercana que se encuentre, y sin embargo, la gratuidad no altera esa «magia». Los espectadores se adue-ñan de una parte de la obra de arte, pero de una parte que se presiente como muy importante, y esta posesión los gratifica.
Instrucciones
Finalmente, la muestra induce a pensar sobre el afán del artista de crear una obra que luego de su muerte pudiera ser montada siguiendo sus simples y claras instrucciones. Un ejemplo es «'Placebo', 1991, caramelos envueltos en celofán plateado, abastecimiento ilimitado, peso ideal 454- 544 kilos», cuya compra y montaje corrió por cuenta de los curadores de la muestra uruguaya.
«Por sobre todas las cosas -dice el artista-, se trata de dejar una marca de que yo existí, de que yo estuve aquí. Tuve esperanza y tuve una razón, por eso hice obras de arte.» Y lo cierto es que el tono poético de la exposición deja el sabor dulce de un arte que ante la alternativa de fusionarse con la vida, o ante la posibilidad de utilizar materiales perecederos como los caramelos, todavía mantiene vigentes los viejos anhelos de transmitir emoción y ser portador de sentido, sin renunciar a la exaltación de la belleza.



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