Película sencilla, chiquita, que denuncia la escasez de recursos
de la producción y la inexperiencia de su director, «La
soledad» es de esencia noble y carece de ostentaciones de
«autor».
«La soledad» (Argentina, habl. en español y guaraní). Guión y dir.: M. González. Int.: M. Franchi, E. Liporace, F. Vallejos, M. Aquino, B. Peters, I. Solari, T. Gómez, M. Perret.
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"La soledad" podría escribirse, también, «La Soledad». Con mayúscula, porque el protagonista es un cincuentón que sufre una crisis de pareja. En pocas palabras, y pocas y precisas imágenes, la mujer se manda mudar. Eso, de algún modo, es también una crisis existencial, que impulsa al hombre a despojarse de todo frente a un túnel, y viajar lo más lejos posible, desde la urbe donde vive hasta el extremo del país, y desde su momento actual hasta el reencuentro con un amigo de otros tiempos, cuando ambos esperaban triunfar como escritores.
El viaje lo proyecta aún más lejos, hasta los recuerdos de infancia, que en su caso son medio vergonzosos, o encierran cuentas pendientes. Se mira entonces a sí mismo, y por ahí también interviene en alguno de esos recuerdos, haciendo lo que hubiera querido hacer en un caso de violencia familiar, por ejemplo. La realidad es otra cosa, pero quizá le permita proyectar algo parecido a favor de otra criatura. Ahí es donde entra la Soledad, con mayúscula, mejor dicho, él entra a la casa de su vecina, cuya hija de apenas 13 años está por tener familia. También aquí las palabras son pocas, pero, en cambio, hay mucha ayuda, y no hay recriminación moral hacia la chica, que a fin de cuentas sólo fue seducida. En todo caso, la recriminación es contra el seductor, e intenta ser bien efectiva. Película sencilla, chiquita, la que vemos, e imperfecta, cuya puesta en escena desnuda a veces la poca experiencia del realizador debutante, y la escasez de recursos de la producción. Pero película de esencia noble, que es lo importante, y de autor humilde, que va tomando la mano a su oficio, sin ostentaciones de artista postmoderno ni nada de eso. Y que además, se nota, es un hombre agradecido.
Ha filmado en su propio pueblo, Puerto Iguazú, y con actores y técnicos de Misiones y de Rosario, donde se formó. El único porteño, y también el único actor profesional, es Enrique Liporace, en un papel secundante de tipo sumido en sus propios, y muy dolorosos, recuerdos, y también con un detalle inefable: su personaje es el único que, en plena tierra de la yerba mate, toma café. «¿Qué querés? Soy porteño», se excusa (la acción, en un secadero de tabaco).
Entre los apuntes laterales, destacan una viejita fumadora que cumple tareas de samaritanaen un hospital, unos aduaneros de Ciudad del Este, un taxista que recomienda indiferencia frente al calor («acá hay sólo dos estaciones: la del tren, y el verano»), y una mujer envejecida, con la ilusión de contactar al hijo que, apenas de 15 años, se fue a trabajar a Buenos Aires y nunca más se supo.
Realización, el misionero Maximiliano González. Música, su comprovinciano, el Chango Spasiuk. Muy grato, el chotis con que comienza la última escena que, también, es agradable.
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