21 de septiembre 2006 - 00:00

Tediosa estilización de la violencia

Jamie Bell en una de las ceremonias secretas de «DearWendy», nuevo film de los ex dogmáticos Von Trier y Vinterberg.
Jamie Bell en una de las ceremonias secretas de «DearWendy», nuevo film de los ex dogmáticos Von Trier y Vinterberg.
«Dear Wendy» (id., Dinamarca-Francia-Alemania, 2005). Dir.: T. Vinterberg. G.: L. Von Trier. Int.: J. Bell, B. Pullman, M. Angarano, D. Gordon, N. Nelson y otros.

"Dear Wendy" es la versión aburrida de «Bowling for Columbine». Aunque no es un documental sino un drama de extremada estilización, pone también en imágenes la obsesión norteamericana por las armas (además de la no menor obsesión de los daneses por los norteamericanos). Contra la obesa desprolijidad y el humor de Michael Moore, la pulcritud y el tedio de dos cineastas «ex dogmáticos» como Lars Von Trier, aquí sólo guionista, y Thomas Vinterberg, a quien se le secó el coraje y la fuerza emocional de «La celebración» y se enclaustró en esta fría ceremonia conceptual de iniciados y balazos.

Todo es geométrico, refinadamente diseñado, y dicho esto literalmente: hay planos que superponen el trazado y la angulación del recorrido de disparos, entre otros diagramas, aunque eso sobreviene únicamente sobre el final de la película, teóricamente en el momento del climax. Y sólo teóricamente porque aquí todo es teoría: de la violencia, de la alienación, de los grupos cerrados y paranoicos. Teoría también de la sociedad norteamericana en la figura de un pequeño pueblito minero, reconstruido alternativamente en Alemania y Dinamarca, sin la disecación de «Dogville», pero casi.

El protagonista es el joven Jamie Bell, que era un niño cuando hizo «Billy Elliot» y que aquí vuelve a interpretar al hijo de un minero que ya ha muerto al empezar la película, y ahora quien trabaja en una mina es él. Pero, en este caso, Jamie no está enamorado del ballet sino de un revólver (o una revólver, no se llega a distinguir bien), a quien llama Wendy y a quien le escribe extensas cartas de amor. De todas formas, si alguna vez se filmó una película sobre un hombre enamorado de su llavero, no parece tan excéntrico que a esta altura haya otro que se enamore de un arma, simbolismos de lado.

Desde luego, hay complicaciones argumentales de igual interés dramático que lo que se dijo hasta ahora; la aparición en escena de un muchacho-negro, nieto de la guardiana del protagonista,tiene como fin introducir el elemento de tensión: a nadie le gusta que un recién llegado corteje a la revólver de uno, y menos si es negro, porque la película, también, denuncia a su manera al racismo.

También hay complots, hay una sociedad secreta llamada los «Dandies», con sus privilegios y restricciones, y metafísicos tiros al blanco a ciegas. Pero lo que hay, sobre todo, es una enorme destreza de talento visual, de maestría en el diseño de imágenes y escenas, aunque puesto al servicio de nada.

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