30 de septiembre 2004 - 00:00

"Un mundo menos peor"

Mónica Galán, Julieta Cardinali y la niña Agustina Noya: la estación en un viaje sin retorno en «Un mundo menos peor».
Mónica Galán, Julieta Cardinali y la niña Agustina Noya: la estación en un viaje sin retorno en «Un mundo menos peor».
«Un mundo menos peor» (id., Argentina, 2004; habl. en español). Dir.: A. Agresti. Int.: M. Galán, C. Roffé, J. Cardinali, U. Dumont y otros.

"Un mundo menos peor" tiene la apariencia de ser una película hecha a los apurones (¿prisa por llegar a tiempo a algún festival tal vez?), y eso la resiente. No la invalida, pero la afecta. El nuevo film de Alejandro Agresti, como ocurría en el anterior «Valentín» (cuyo protagonista, el niño Rodrigo Noya, se filtra aquí en un papel menor), descansa sobre contenidos fuertemente emocionales, a la par que ensaya, o más bien esboza (y eso es lo más atractivo), la posibilidad de aventurarse en algunos territorios que la pantalla nacional, por pereza o mezquindad, nunca había tratado hasta ahora.

En ese sentido, y a sabiendas de estar haciendo, quizás, una afirmación arbitraria, el personaje más interesante de la historia es el secundario que compone Eduardo Argañaraz, cuya historia quiere emerger (pero sólo lo logra a medias) por sobre la más convencional anécdota central. Ese personaje es, en el presente, un instructor de vuelo, y en su pasado un militar malvinense que peleó honestamente y que ahora sobrelleva, como puede, el desdén o la frialdad social. Es tal el agobio, dice, que a veces, en su malestar, termina aceptando todo lo que la gente opina sobre lo que él, y su profesión, representan.

Lalo, el nombre de su personaje, intenta inmiscuirse con pudor, como el más invisible de los convidados de piedra, en el destino de Isabel (Mónica Galán), la mujer que llegó con sus dos hijas a la deprimente Mar de Ajó invernal, en busca de Cholo, el hombre al que durante tantos años ella creyó desaparecido (Carlos Roffé), que es padre de su hija mayor (Julieta Cardinali), y que decidió aislarse bajo otra identidad en la costa. En algún momento, como para llenar un recreo en el objetivo de su viaje sin retorno, Isabel escucha a Lalo. Y es en esa breve charla, sentados a la sórdida mesa de su living, donde el personaje se agiganta y la película abre una perspectiva que pudo haber sido más fecunda. No sólo, desde luego, por la incorporación de un personaje invariablemente anatemizado o ignorado por el cine argentino reciente (en donde los militares pasaron del bronce al fango sin residencias en la tierra), sino también por la posibilidad de enriquecer la línea argumental sugerida desde el principio, que al continuar en el mismo tono muy pocas sorpresas depara.

Los muchos secretos que se ignoran, aunque se intuyen, sobre la historia de Isabel y Cholo, empiezan actuando como un estímulo pero terminan por volver avara la narración. Los papeles de la hija mayor y el de su nuevo amigo en la costa, Mex Urtizberea, son seductores pero quedan a la deriva; peor todavía, los personajes de Lidia Catalano y Ulises Dumont parecen extrapolados de un cine argentino caduco hace tiempo.

«Un mundo menos peor»
deja la sensación de ser una obra que trata de abrirse paso entre silencios, titubeos y convenciones. Como si hubiera, a cada momento, alguna otra historia, algún otro misterio que espera ser revelado, al acecho, pero nunca se concreta.

La película (un hecho bastante infrecuente) hace suya la misma banda de sonido original del film francés de 1970 «Las cosas de la vida», de Claude Sautet, compuesto por Philippe Sarde. La referencia no es gratuita, aunque no a aquella historia triangular que protagonizaron Michel Piccoli, Lea Massari y Romy Schneider, sino sobre todo al tipo de cine emocional que hoy defiende y practica Agresti. Y eso, en el contexto de un cine más joven pero sin tradición ni referencias (y mucho menos emociones), es algo bueno.

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