Un náufrago creíble pero sin aventuras

Espectáculos

Difícilmente las líneas aéreas proyecten alguna vez «Náufrago» como entretenimiento de vuelo: la escena de la caída de la avioneta al océano, punto de partida de la robinsonada de Tom Hanks con destino de Oscar, o por lo menos de «Guinness de los Récords» (de las dos horas y veinte que dura el film, el actor está a solas en pantalla casi noventa minutos), es de un realismo tan aplastante como para que muchos viajeros sugestionables pierdan el sueño ante la menor turbulencia o que fracase más de un curso de ayuda contra el miedo a volar. Pocas veces se filmó de manera tan impresionante un accidente aéreo.


Esa escena divide en dos la nueva película de Robert Zemeckis; la primera parte es puro trámite: a Hanks, pujante ejecutivo de FedEx (empresa que ha de haber financiado una enorme parte del film) se lo ve arengar a sus subordinados para educarlos en la excelencia del servicio, se demuestra cuán cronometrada es la entrega de paquetes, se asiste a una celebración familiar con pavo al horno y chistes de repertorio, y se comprueba el amor que le profesa a su prometida, la hoy muy contratada Helen Hunt.

Recién cuando, antes de emprender un breve viaje de trabajo, él la despide en el aeropuerto y le hace un obsequio sorpresa, una pequeña cajita que le exige abrir sólo después de Navidad mientras la saluda con un «Volveré pronto», el espectador se puede incorporar en su butaca. Se acabaron los prolegómenos y está por empezar «the real thing».

Sin embargo -y éste es uno de los rasgos más llamativos, pero no infrecuentes, que diferencian radicalmente al Hollywood actual del antiguo-, la conversión de Hanks en náufrago ya no representa una transformación paralela de la película al género de aventuras, sino todo lo contrario.

Para el viejo cine norteamericano lo prioritario eran las peripecias; así, centenares de náufragos atravesaron en la pantalla por las más variadas situaciones de suspenso y peligro, sobre todo con nativos hostiles, o piratas, o animales feroces o fantásticos, aunque ellos mismos -los héroes-se vieran siempre frescos y lozanos y la isla sólo fuera un cartón pintado.

En el
«Náufrago» de Zemeckis no hay aventura, nativos y ni siquiera animales, con excepción de los cangrejos y peces que le sirven de alimento. En cambio, el esfuerzo por la verosimilitud, por lo que podría ocurrir de verdad con un ciudadano de clase media perdido en un pedazo de tierra en medio del Pacífico, desvive obsesivamente a la producción. El viejo Hollywood tenía como modelo la novela del siglo XIX, el actual prefiere el documental.

El mismo
Hanks, gestor de la idea del film, lo dijo en varias entrevistas: «Hace muchos años que quería hacer una película sobre cómo se las arreglaría un hombre en esas condiciones, pero no se me ocurría cómo contarla». Lo que finalmente encontraron es bastante humilde.

Pero desde la perspectiva de
Hanks, más cercana al «National Geographic» que a la ficción, la meta ha quedado satisfecha: nadie puede reprocharle al film que no luzca creíble. Hasta hubo que esperar que el actor perdiera 25 kilos para rodar las escenas culminantes, cuando su residencia en la isla ya lleva cuatro años. Allí ya se lo ve demacrado, barbudo como un apóstol, diestro en la pesca con arpón de madera, capaz de hacer fuego por frotación y a punto de inaugurar una nueva cultura de Altamira, de tipo unipersonal, con sus pinturas rupestres y sus ritos funerarios (entierra a uno de los tripulantes de la avioneta, que no sobrevivió como él a la caída).

La solitaria odisea de
Hanks en la isla necesita recurrir a un truco argumental imprescindible: para que el espectador sepa lo que el personaje piensa y qué intenciones tiene, su mudo interlocutor es una pelota de básquet que se salvó del naufragio, y a la que personaliza pintándole una cara y llamándola Mr. Wilson (seguramente, otro sponsor del film). Un relato en off habría sido demasiado audaz para los estándares del cine de gran producción, o una confesión demasiado clara del afán documentalista.

Hanks
es un actor de una extraordinaria capacidad de adaptación a los más distintos personajes, y su náufrago seguramente tendrá un lugar muy destacado en esa galería. La película, a pesar de todo lo dicho, tiene la virtud de que nunca se hace fatigosa. También deja entrever una extraordinaria investigación sobre la hipótesis en la que se basa, aunque razonablemente se puedan extrañar las aventuras que nunca ocurren. El desenlace retrotrae el film al mismo clima del prólogo, pero es mucho más logrado.

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