22 de mayo 2003 - 00:00

Un retrato fiel y lúcido de una mente peligrosa

Un retrato fiel y lúcido de una mente peligrosa
«Confesiones de una mente peligrosa» («Confessions of a Dangerous Mind», EE.UU., 2002; habl. en inglés). Dir.: G. Clooney. Int.: S. Rockwell, G. Clooney, D. Barrymore, J. Roberts.

Chuck Barris casó gente por televisión, la hizo cantar mal, tuvo altísimas cifras de rating y ganó millones. Sin embargo, pese a las inevitables comparaciones que establecerá el espectador con algunos sucedáneos locales, la vida de Barris no tiene parangón. Su autobiografía «best-seller» (el personaje todavía vive, y aparece en los últimos minutos de esta película) fue una sensación de librería: algunos la tomaron en serio, y otros, en sintonía con su carrera, para la chacota.

En ella, Barris afirma que su trabajo como productor de televisión, como creador de la que hoy se denomina genéricamente «telebasura», fue sólo una de las ocupaciones de su vida, apenas la fachada; la otra, la oculta, consistió en trabajar como agente encubierto de la CIA, que le ordenó no menos de 30 asesinatos en el mundo.

La película, con la que George Clooney debuta como director, renuncia a sumarse a la discusión acerca de si Barris perpetraba el último de sus sarcasmos o si, en verdad, era una culposa confesión. El camino elegido es el retrato fiel de esa mente peligrosa, entendida como un talento siempre al borde de los efectos letales.

Tan lúcida como entretenida, la película también representa una confrontación con la que el año pasado se llevó el Oscar, «Una mente brillante», con la cual no siempre por azar mantiene un diá-logo en contrapunto. En aquel caso, la esquizofrenia del matemático John Forbes Nash Jr. lo llevaba a alucinar la presencia de un agente secreto (interpretado por Ed Harris), que lo complicaba en una intriga internacional de la que quería desesperadamente huir. Pero el punto de vista elegido por el film no le revelaba al público, sino hasta mucho después de la segunda mitad, que sólo se trataba de una construcción mental del sufrido protagonista. Hubo más de un espectador que se sintió ligeramente estafado por ese procedimiento.

Clooney
, siempre desde una mirada paródica aun en los momentos más dramáticos, elige otro camino: está biografiando a un mentiroso; o, más llanamente, a un mercachifle electrónico, no a un genio matemático de torturada vida interior. Aunque en los mismos años de la Guerra Fría, Barris (vivazmente interpretado por Sam Rockwell) es el opuesto de Nash: la total exposición, el pionero en venderle esparcimiento a esa masa acrítica de televidentes que querían redimirse de su soledad, o de su anonimato, a través del famoso «cuarto de hora».

¿La aparición del reclutador de la CIA (papel que se reserva el mismo Clooney), su posterior complicación en el espionaje, los crímenes, la bella agente secreta en el extranjero ( Julia Roberts) fueron hechos auténticos, tal como afirma en la autobiografía, u otras tantas de sus patrañas sensacionalistas? No está en la mirada del film tomar un partido o el otro, y mucho menos jugar con la credibilidad del espectador como hacía «Una mente brillante».

El film se hace cargo de
Barris desde su lugar de manipulador de ilusiones, de «productor de discursos» cuyo único fin es el impacto y el rating, a la medida de lo que una sociedad demanda en un momento dado de la historia; en tal dirección, relativiza la importancia sobre la autenticidad y los testimonios de un hombre tan singular. Lo fundamental, parece decir Clooney, no es tanto que las cosas sean ciertas como que la gente las crea. Barris, un hijo del siglo, lo logró.

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