Escena del baile en «Tu cuna fue un conventillo», de Alberto
Vacarezza, en la versión del Grupo de Teatro Rioplatense.
«Tu cuna fue un conventillo», de A. Vacarezza. Dir.: M. De Giorgio y R. Piris. Int.: M. De Giorgio, R. Piris, H. Rodríguez, M. Vidal y otros (Teatro Rioplatense, Chile 1830. Vie. y sáb. 21.30.)
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En un país con mucho de «tragedia para reír o sainete para llorar» el Grupo de Teatro Rioplatense, que ya ha presentado obras de Florencio Sánchez, Discépolo y Constantini, puso en escena «Tu cuna fue un conventillo» de Alberto Vacarezza. Fiel a su idea de indagar artísticamente nuestra identidad, el elenco dirigido por María De Giorgio y Ricardo Piris intenta hoy un género que, por su escasa duración y su carácter bufo, constituye una metáfora de nuestra historia.
De Giorgio define claramente sus objetivos: « Buscamos, en la medida de nuestras posibilidades y talento, responder a la capital pregunta de Sarmiento: '¿ Argentinos desde cuándo y hasta dónde?'. Creo que nuestro origen no está en un lugar o un tiempo determinado sino que corre por las venas de la gente que se ve a sí misma viviendo, y eso es para mí el teatro».
Puede que Vacarezza, al menos en lo que a nuestras raíces se refiere, tenga más que decirnos que Beckett o Ionesco; su sainete invoca sombras de padres criollos, italianos o españoles que se agitan en nuestro inconsciente. Pese a no alcanzar el rango de obras maestras, sus piezas tienen genio verbal; la palabra supera en algunas ocasiones al personaje creado; el autor se cuida de elegir, en medio de largos recitados, el giro más perfecto y rantifuso a la vez, muchas frases parecen reclamar música; el tango ronda siempre su escritura.
El monólogo del milonguero-Rancagua, muy bien interpretado por Ricardo Piris, es un buen ejemplo. Un breve catálogo de los personajes y sus intérpretes es el mejor comentario de esta obra. El palomo, graciosamente compuesto por Héctor Rodríguez, encarna la andaluza mezcla de verborragia, falta de laboriosidad y culto del honor que nos ha sido legado. El conventillo es cuna y muestrario de nuestros no resueltos conflictos y armonías de razas, para insistir en el tema sarmientino.
Contrincante del Palomo o, si se prefiere, su partenaire, es don Antonio, «el tano», caracterizado por Mario Vidal, simpático pretendiente de Encarnación (Liliana Abayieva). Doña Prudencia, mitad vieja vizcacha, mitad celestina, es tal vez el personaje más arquetípico de la obra; resume la ambigua sabiduría del conventillo, Afortunadamente para el espectador, la esperpéntica mujer es magistralmente encarnada por De Giorgio.
Rosalía, la que se vende para salir del conventillo, encuentra en la bella y melancólica Violeta una sensible actuación. Este personaje tiene su contrapartida en la ingenua Rosita, convincentemente concebida por Paulina Ansola. El padre de la niña, Don Julián, símbolo del criollo marginado que contempla impotente la irrupción de extranjeros más hábiles y menos escrupulosos que él, tiene en Emilio Soler un inmejorable intérprete. Mención especial merece la Filomena de Silvia González.