19 de agosto 2004 - 00:00

Valiosa, pero no a la altura del horror

Como todo film en episodios, y de diversos directores, «18-J» es desparejo, pero en este caso no sólo en su calidad sino en el nivel de emoción y compromiso con la tragedia que pintan (después de todo, para eso fueron convocados) los diez realizadores. Puede decirse entonces que las miradas sobre el atentado que destruyó el edificio de la AMIA el 18 de julio de 1994 se acercan poco al horror de esa mañana. Ninguna de ellas incluye ni un segundo de material documental que ilustre lo que hizo el coche-bomba con el corazón de la comunidad judía argentina. Así, el ataque termina siendo poco menos que un fantasma del que se habla mucho pero que jamás se ve.

Podría argumentarse que esa inclusión resultaría una obviedad; sin embargo, eso no parece haber detenido a varios de los directores que echaron mano al remanido recurso de la radio escuchada de fondo para ubicar la acción en el tiempo y el espacio. Tampoco les impidió utilizar la final del Mundial de Estados Unidos -había sido el día anteriorcomo referencia temporal clave, e incluso uno de los directores inicia su corto con imágenes de ese partido. Y sin embargo, de nuevo, nunca se ve el edificio de la calle Pasteur destruido, los voluntarios removiendo escombros, la búsqueda desesperada de sobrevivientes más allá de toda esperanza racional.

Los fragmentos más logrados son los de Adrián Suar y Alberto Lecchi. El productor televisivo, en su ópera prima, emociona y articula una historia que atrapa («Sorpresa»), a pesar de la brevedad del tiempo asignado. Suar demuestra oficio incluso en el uso de la banda musical, en la que incluye la canción de cuna en yiddish «Oifn Pripitchok», cantada por su padre Léibale Schwartz. Es, además, la misma canciónque empleó Steven Spielberg para la desgarradora secuencia de «La lista de Schindler» en la que los nazis « desalojan» el ghetto y asesinan a chicos, mujeres y viejos a su paso. El mérito de Suar es mayor porque usó actores poco conocidos o semiamateurs -como el «mohel» Gregorio Spivak, que practica una circuncisión clave en la anécdota. Lecchi, por su parte, llevó su cámara a Humahuaca; su relato «La Llamada» es ejemplar no sólo desde lo fílmico sino también por poner en claro que los efectos de la bomba del «18-J» tocaron no sólo a los judíos sino a todo el país, y que sus ecos resonaron mucho más allá del barrio de «número Once».

Del resto cabe mencionar al corto de Juan Bautista Stagnaro, que apela a debutantes para imprimir vigor a su «La Divina Comedia», una historia de adolescentes cuya vida cambiará ese día de julio de manera dramática, y no sólo por el atentado. Marcelo Schapces apeló a actores profesionales (Carmen Vallejo, Luis Luque, Max Berliner, Silvia Kutica) con resultados menos logrados: sus personajes hablan y actúan como marcan los estereotipos. Sin embargo, tiene el mérito de ilustrar algo que sucedió en la comunidad judía: muchas familias «retornaron» a la religión y a las entidades comunitarias a partir del atentado, como buscando un abrigo que la sociedad y su vida cotidiana no les daban.

El resto eligió lo experimental ( Mauricio Wainrot y su ballet «Lacrymosa»; Adrián Caetano y su ejercicio de cámara lenta «86»), la frialdad y la distancia (Daniel Burman, que ni siquiera tituló su inexplicable corto) o el panfleto (Alejandro Doria, que coloca frente a la cámara a Susú Pecoraro a declamar un texto de Aída Bortnik; algo así como un programa radial filmado). El final es de Carlos Sorín, que cierra con fotos de las víctimas. La carita de Sebastián Barreiro, mirando fijo a la cámara -en una imagen seguramente capturada por su padre o su madre días antes de su muerte-es a la vez un homenaje y un recordatorio de todo lo que no se hizo para evitar primero y esclarecer después el peor ataque terrorista en la historia argentina.

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