15 de marzo 2001 - 00:00

Vaquero sin esperanza, película sin estrella

Matt Damon.
Matt Damon.
"Espíritu salvaje" se inspira en una novela de Cormac McCarthy dedicada a la vindicación del vaquero clásico, acorralado por un siglo en el que la doma de potros tiene menos influencia que los McDonald's, las autopistas, la navegación por Internet y la ética de la negociación.


El joven protagonista, el texano John Grady Cole (Matt Damon), se queda un día sin rancho ni paisaje porque su madre, de sentimientos menos nostálgicos y más prácticos que los suyos, decide vender todo, y porque la modernidad viene avanzando desde las grandes ciudades como una inundación. Entonces, John y su amigo del alma Lacey Rawlins ( Henry Thomas), deciden escaparse, y cabalgan esperanzados en busca de la Arcadia perdida y salvaje (es decir, cruzan a México).

En el camino se topan con otro jinete, más joven aun que ellos, y cuya travesía por esas tierras inhóspitas es algo menos idealista: debe algunas muertes y está escapando para salvar el pellejo. La transitoria sociedad con el recién aparecido, en el futuro, no va a traerles más que problemas. Pero antes, los dos amigos encuentran trabajo en la residencia de un terrateniente (Rubén Blades); allí John, fácilmente enamoradizo, queda flechado por los ojos de Alejandra, la hija del patrón ( Penélope Cruz, que además de inglés ahora ha tenido que aprender a cabalgar).

De acuerdo con los estrictos códigos sociales de la casa, esa relación será imposible. Ambos lo saben y por eso ese amor incipiente está condenado al sufrimiento. Tanto es así que ella, en un momento, se lo susurra de una manera dudosamente halagüeña para con el ego del triste cowboy: «Lo nuestro no tiene
futuro. Siempre es así, con cada uno de los anteriores me pasó lo mismo». Lo que se dice, una chica perseguida por la mala suerte.

La adaptación para el cine de «Espíritu salvaje» deja adivinar la existencia de un libro con sobreabundancia de conceptos filosóficos sobre la soledad, Dios, el más allá y el destino, muchos de los cuales se filtraron al guión de una forma poco feliz. Inclusive, hay una escena alegó-rica en la que John ve un bailarín de tap, que parece estar diciéndole vaya a saberse qué cosa, y cuya función tal vez tenga importancia en la novela pero que en la película queda totalmente desubicada.

La elección del reparto no agrega excesivo lustre: Damon es un especialista en personajes de inadaptados, pero se lo ve más cómodo como outsider urbano que como vaquero melancólico. Y la bonita Penélope, que cada vez está más empeñada en imitar las sonrisitas y los pucheritos de Julia Roberts, continuará afligiendo en el alma a los directores españoles que tan bien la trataron y que tanto confiaron en ella. Tal vez no falte mucho para que se la vea en una comedia romántica con Richard Gere.

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