Para completar nuestras observaciones sobre la 50º Bienal de Venecia, interesa señalar que el Instituto Italo-Latinoamericano, como en las siete u ocho bienales anteriores a las que asistimos, mostró una imagen muy pobre de América Latina. Lamentamos mucho que Charly Nijensohn (1966), uno de nuestros mejores artistas - hoy residente en Berlín-, haya expuesto ahí. Decimos expuesto, metafórica y literalmente. Metafóricamente porque para su obra utiliza proyectores de datos. Pero también literalmente, ya que desde el segundo día no funcionaban los equipos. Es de esperar que esta situación sea modificada en futuras ediciones por la nueva directora, Irma Arestizábal, para que corrija la modalidad de esta institución. Por otra parte, la exhibición no estaba ni en los Jardines, ni en el Arsenal, sino en un espacio alejado, al que por supuesto nadie accede. Conclusión: un gasto inútil.
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Nuestra opinión sobre la Bienal de Venecia en general fue compartida por críticos como los de «The New York Times» y «Los Angeles Times», entre otros. Todos coinciden en que la cantidad inaudita de textos, efectos de video, discursos proyectados, lleva al espectador a una «gran confusión general», como decía nuestro gran especialista en surrealismo, Aldo Pellegrini.
Sobre Catherine David, el especialista Waldemar Januszczak del «London Times», dijo «la parte de los árabes es tan aburrida y tan llena de objetos, que no entraron las obras de arte; por lo menos nada interesante que el ojo pueda distinguir». La exhibición según Blake Gopnik, de «The Washington Post», es una gran mediocridad con poquísimas excepciones.
De todos modos, hubo participaciones nacionales destacables. Entre ellas, la curaduría egipcia de Mostafa Abdel-Moity presentó a Ahmed Nawar (1945), como un interesante artista postmoderno de El Cairo. El proyecto de su instalación convoca la intervención del espectador, al que seduce con nuevas técnicas de representación. Jean Pierre Criqui y Alfred Pacquement tuvieron a su cargo el pabellón de Francia donde expusieron la obra de Jean Marc Bustamante (1952), artista de Toulouse, que vive y trabaja en París , y propone la relación con un público coresponsable, al que denomina «entre deux» (entre dos). «Tableaux» es una serie de fotografías con imágenes de suburbios de ciudades o lugares que están en proceso de rehabilitación: paisajes urbanos que van más allá del campo específico de la fotografía; han ido avanzando hacia la interrelación con otros géneros. La diversificación de los medios se refleja en sus exploraciones visuales, algunas escultóricas como, «Sites» y otras pictóricas, como «Panoramas».
Interesante «Time left», la video instalación de Michal Rovner (1957) en el pabellón de Israel, con la curaduría de Mordecahi Omer. Proyecta líneas horizontales de figuras negras sobre un fondo oscuro. Dispuesto desde el piso hasta el techo alrededor de las cuatro paredes, el conjunto de imágenes se aproxima a la forma de un texto con jeroglíficos egipcios. Aunque utiliza varios proyectores, el efecto de unión no se percibe y la continuidad es perfecta, por ello Omer lo plantea como «un film sin comienzo ni fin». La presencia y ausencia de figuras que remiten a lo humano, y los contrastes entre luz y oscuridad, aluden a las tensiones existenciales propias de nuestra supervivencia. Rovner nació en Tel Aviv, vive y trabaja en Nueva York; su arte atraviesa los límites de las cuestiones nacionales y realiza lo que llama nuevas realidades de la naciones y nuevas situaciones cargadas políticamente.
En el pabellón de Portugal, Joao Fernandes y Vicente Todoli presentan a Pedro Cabrita Reis, uno de los artistas más originales entre los escultores de la última década de ese país. Realiza assemblages utilizando materiales simples con elementos reciclados de la vida cotidiana. Su obra socialmente comprometida, la ciudad y su casa, destacan la presencia del hombre en el mundo. En su proyecto para Venecia, en los Jardines y en la Giudecca, propone reflexionar sobre el espacio como lugar social y promueve la memoria individual y colectiva como base para la reconstrucción del mundo.
Especial interés tiene el trabajo de Chiara Bertola que ha curado la presentación de Ilya (Ucrania, 1933) & Emilia Kabakov (Rusia, 1945). Hasta el mes pasado exhibieron en el Museo Nacional de Bellas Artes y hoy se puede ver en el anexo Monserrat, el «Decorador Maligno», obra producida por el Centro Pompidou. Esta pareja, que vive y trabaja en Nueva York, ha desarrollado su obra en la Bienal de Venecia en torno al concepto de lo relativo. La propuesta confronta el arte del pasado que se presenta como un modelo eterno e inmutable, con el arte de nuestro tiempo. Ambas muestras están destinadas a públicos distintos. Gigantes observan pinturas con pesados marcos, colgadas con el viejo estilo de las salas tradicionales.
La muestra de arte contemporáneo, está integrada por dibujos y acuarelas, con marcos de madera simples, colgados a la altura de la mirada del espectador, como en todos los museos actuales. Pero Kabakov extiende el sentido de la relatividad. En algunos sectores del piso y en las paredes, el espectador observa bajo un vidrio, superficies abiertas con fragmentos de otro mundo más pequeño, del que puede ver complejos paisajes con montaña, colinas, árboles. Además si se agacha, puede percibir también gente, animales, autos. Es decir, un mundo entero del que el espectador no tiene noticia, al igual que los gigantes no la tienen de él.
Para terminar con una buena obra, hay que señalar a Wong Hoy Cheong (1960) de Kuala Lumpur. Representa un mundo imaginario donde Malasia es un país poderoso, simbolizado por las Petronas de César Pelli, con trabajadores inmigrantes pobres llegados de Austria. El malayo es estudiado como segundo idioma, y recuerda lo de hace algunas décadas, la situación de españoles y turcos en Berlín. La inversión de los austríacos, en su relación de poder (víctimas-victimarios) están impecablemente representados.
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