Milán -(29/01/2001) Dimitri Nabokov ocupó un sitio de honor en la platea del Piccolo Teatro de Milán para aplaudir la revancha de la memoria paterna. Esta vez, el viejo guión de «Lolita», modificado a su placer por Stanley Kubrick en el celuloide (1962), ha recuperado el espíritu y la letra originales como trasfondo de la que es la primera adaptación teatral que se hace de ella.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
«Mi padre sintió una sensación de admiración y de rabia ante la película de Kubrick», dijo Dimitri Nabokov a «EL MUNDO». «Por un lado, sentía que aquel film era una obra maestra. Por otro, consideraba que el director neoyorquino había transgredido y machacado su texto 'Lolita'».
Cuarenta años después de aquella experiencia, Luca Ronconi, heredero de Strehler en el Piccolo Teatro, ha oficiado un merecido homenaje póstumo a Vladimir Nabokov. No es la primera vez que el director italiano constriñe una novela de culto a las dimensiones de un teatro, pero en esta ocasión se trataba de invocar el guión que el propio Nabokov escribió para Stanley Kubrick, sin censuras o interpretaciones.
El experimento dio cuerpo a un espectáculo de formato multimedia, agilidad cinematográfica y pretensiones redentoras. Es decir, que el alarde tecnológico -efectos especiales, pantallas gigantes, apoteosis informáticasirve de contexto expiatorio a la conciencia del profesor Humbert. «La víctima es él, en la medida en que Lolita ha descubierto y ha explotado que ella no es sino la obsesión cristalizada de lo que fue un amor adolescente truncado», dijo Luca Ronconi unos minutos antes de levantarse el telón.
La distancia real -y no metafórica-que separa a ambos personajes explica que el propio director se haya concedido el privilegio de contraponerlos en lenguas distintas. El profesor de Literatura (Franco Branciaroli) utiliza el italiano y algunas citas francesas, mientras que Lolita (encarnada en Milán por la amateur estadounidense Elif Man-gold) habla un inglés arrabalero. El recurso dramático permite a Ronconi utilizar el alter ego de otra Lolita que traduce malévolamente las palabras y que termina por suplantar a la original sobre la escena cuando la ninfa, embarazada y vulgar, degenera en una simple mujer.
El espectáculo transcurre vertiginosamente, pese a las cuatro horas que dura la función y pese a que Luca Ronconi escamotea al público morboso cualquier sobrecarga erótica y libidinosa. No es que sea absolutamente aséptica, pero sí queda claro que el montaje tiene como protagonistas el sufrimiento y la angustia del profesor Humbert.
La voluntad descriptiva del primer acto cede a la abstracción intimidatoria y simbólica del segundo. Tanto, que Ronconi convierte el lecho conyugal en una especie de altar gigantesco de terciopelo, más o menos como si Lolita hubiera perdido la virginidad sublimada en un recuerdo o en una frustración del profesor Humbert. El montaje se deriva entonces a una travesía por el desierto americano matizada por el rencor y la incomprensión. El silencio que separa a ambos se interrumpe con la figura inquisidora de un narrador, cuya voz rotunda y grave parece convertirse en la conciencia de ambos.
Es entonces cuando Luca Ronconi aparece físicamente en escena para resumir audazmente las escenas que conducen al desenlace de la obra teatral: Lolita y el profesor Humbert se encuentran por última vez en el domicilio periférico de la muchacha, pero ya no se entienden. «Porque nunca se entendieron», concluyó Dimitri Nabokov, al abandonar lacónicamente su butaca de honor del Piccolo Teatro milanés.
Dejá tu comentario