19 de abril 2002 - 00:00

Viejos fantasmas en puesta sobrecogedora

Belén Blanco
Belén Blanco
«Los murmullos» de L.Cano. Dir.: E. García Wehbi. Int.: M. Alvarez, B. Blanco, L. Cano, Policastro, A. Suárez. Mús.: A. Gilbert. Ilum.: A. Le Roux. Vest.: M. Liñeiro. Esc.: N. Laino. (Teatro San Martín).

U n desolado paisaje subterráneo, mezcla de archivo y cárcel clandestina, es la puerta de entrada a ese infierno frío y polvoriento en el que pupulan héroes, demonios y fantasmas de los últimos treinta años de historia nacional. La ambientación de esta pieza, escrita por Luis Cano y dirigida por Emilio García Wehbi, es a la vez fascinante y sobrecogedora.

En lo formal reproduce un oscuro sótano al que el escenógrafo Norberto Laino rodeó de filtraciones de agua, restos de demolición y un derruido mobiliario que parece hundirse entre los escombros. Cuando el público ingresa a la sala (ubicada en uno de los subsuelos del Teatro San Martín) se conecta de inmediato con la atmósfera opresiva del lugar, pero también con la belleza de las imágenes que -gracias al sensible diseño lumínico de Alejandro Le Roux- van emergiendo de las sombras con la magia y el refinamiento de una película en blanco y negro.

Esta gran valorización del espacio y de los objetos que completa y enriquece la propuesta dramática, es algo habitual en las puestas de García Wehbi y lo mismo podría decirse de sus provocativos montajes como integrante del Periférico de Objetos. En esta ocasión decidió llevar a la escena con muy buenos resultados un texto más poético que dramático, de muy difícil lectura y atravesado por intrincadas referencias políticas, literarias y filosóficas.
 
El gran mérito del director es haberle dado a los personajes -además de sentido de verdad-un objetivo y una trayectoria, que a la vez le permitieron organizar los contenidos de una pieza llena de textos surrealistas.

«Los murmullos»
tiene por maestro de ceremonias al siniestro Botero -cruza de torturador y animador televisivo-al que Alberto Suárez le aporta una interesante vis cómica. Este émulo de Caronte (el encargado de transportar en su barca las almas de los muertos, según la mitología griega) es quien conduce a «Rosario», un joven de apariencia andrógina, hacia el encuentro con el espectro de su padre. Las similitudes con «Hamlet» no son pocas. Aunque su viaje a los infiernos tiene algo de cuento de hadas con ogros y doncellas cautivas, para Rosario sólo cuenta la obsesiva evocación de un pasado que ahora amenaza con congelarlo en el eterno rol de hijo.

«Los murmullos»
es un espectáculo lleno de sorpresas (entre otras cosas irrumpe en escena el propio autor, dando pie a una de la secuencias más polémicas de la obra). Barroca, desbordada y de gran despliegue espectacular la puesta de García Wehbi conmueve e interesa aun cuando no lleguen a descrifrarse todos sus contenidos.

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