19 de abril 2002 - 00:00
Viejos fantasmas en puesta sobrecogedora
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Belén Blanco
El gran mérito del director es haberle dado a los personajes -además de sentido de verdad-un objetivo y una trayectoria, que a la vez le permitieron organizar los contenidos de una pieza llena de textos surrealistas.
«Los murmullos» tiene por maestro de ceremonias al siniestro Botero -cruza de torturador y animador televisivo-al que Alberto Suárez le aporta una interesante vis cómica. Este émulo de Caronte (el encargado de transportar en su barca las almas de los muertos, según la mitología griega) es quien conduce a «Rosario», un joven de apariencia andrógina, hacia el encuentro con el espectro de su padre. Las similitudes con «Hamlet» no son pocas. Aunque su viaje a los infiernos tiene algo de cuento de hadas con ogros y doncellas cautivas, para Rosario sólo cuenta la obsesiva evocación de un pasado que ahora amenaza con congelarlo en el eterno rol de hijo.
«Los murmullos» es un espectáculo lleno de sorpresas (entre otras cosas irrumpe en escena el propio autor, dando pie a una de la secuencias más polémicas de la obra). Barroca, desbordada y de gran despliegue espectacular la puesta de García Wehbi conmueve e interesa aun cuando no lleguen a descrifrarse todos sus contenidos.




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