Voces del más allá» es un buen ejemplo de cine de mensaje en la era de la globalización.
«Voces del más allá» («White Noise», Canadá-G.Bret.-EE.UU., 2005, habl. en inglés) Dir.: G. Sax. Int.: M. Keaton, Ch. West, D. Kara Unger, I. McNeice, S. Strange.
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Filmado en Canadá sin mucho presupuesto, sin más estrellas que el ex Batman, Michael Keaton, sin buena prensa y compitiendo con tanques como «Alexander» de Oliver Stone, «Voces del más allá» se convirtió en un fenómeno de taquilla en EE.UU.. El secreto de tal éxito es simple: este melodrama fantástico barato, se atreve a enfrentar de lleno los fantasmas de nuestro mundo feliz de las telecomunicaciones high tech a granel.
La película comienza con una cita de 1926 de Thomas Edison, sobre que para que un medio tecnológico capaz de perdurar en el tiempo tenga algún sentido, debe haber algún contenido a registrar. Un concepto de lógica tan sensata e implacable sólo puede aparecer en un melodrama de terror que nadie se tome en serio, exactamente como éste. Desparejo, poco serio y mal desarrollado, pero más audaz que todos sus antecesores, este film avanza sobre el más allá mostrando el vasto terreno de las disfunciones de radiograbadores, celulares, ascensores, televisores, grabadores digitales, y los demás electrodomésticos que nadie necesitaba en los tiempos sin spam de eficaces antiguallas como el fax y la radio a galena.
Por supuesto, sostener una historia sobre las voces que vienen del más allá en celulares que llaman estando apagados y radios FM que se prenden solas es algo mucho menos sensato que la lógica de Edison. Michael Keaton pierde a su esposa y de golpe debe aceptar una serie de evidencias ambiguas pero convincentes de un contacto con ella en el otro mundo. Esto lo lleva a mirar de un modo distinto a los aparatos que lo rodean, generándole una obsesión que pronto -demasiado pronto- lo lleva a exponerse a todo tipo de mensajes desagradables y nocivos del más allá; algo así como los spams, hackers, virus, pinchateléfonos y pornógrafos infernales de siempre, en plan literal.
La primera media hora clásica, rigurosa y bastante bien contada de esta película pronto lleva a un sinsentido poco serio que sería casi indigno del tema de fondo si no fuera porque el clima siempre sigue perturbando a pesar de -o gracias a- su pesadillesca evolución. Y en buena medida también por un Michael Keaton que nunca pierde la cara de póker en ninguna escena, por absurda que sea.
Más allá del tema, del muy buen diseño de sonido y los sólidos aspectos técnicos, su composición a prueba de todo absurdo argumental es lo que le da más fuerza a este ejemplo barato y literal de cine de mensaje de la era de la globalización.
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