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El domingo pasado dos atacantes suicidas mataron a 83 creyentes a la entrada de una histórica iglesia cristiana, en el atentado más grave hasta ahora cometido contra la minoría cristiana en el país.
Cinco días después otro ataque con una bomba mató a 17 personas en esa misma provincia del noroeste paquistaní.
Los atentados y la violencia son parte de la vida cotidiana en Peshawar, fronteriza con el cinturón tribal fronterizo con Afganistán, un territorio que nunca ha estado bajo completo control del Estado paquistaní y que alberga a facciones del grupo Talibán y grupos yihadistas, algunos vinculados con Al Qaeda.
En las últimas semanas el primer ministro paquistaní Nawaz Sharif había dado algunas señales de acercamiento con los talibanes paquistaníes y otros grupos islamistas radicales.
El Estado paquistaní tiene una relación ambivalente con estos movimientos extremistas y armados.
Por un lado, Islamabad los fomentó y apoyó de forma clandestina para desestabilizar al vecino gobierno indio en la región de Cachemira, que ambos países se disputan hace décadas, y también permitió que la zona tribal se convirtiera en plataforma para desestabilizar a otro vecino, Afganistán.
Pero por otro lado, al anotarse victorias en los campos de batalla, estos grupos islamistas paquistaníes empezaron a cuestionar a las autoridades de su propio país y a demandar una mayor islamización del Estado y la sociedad.
Por eso, pese a ser enemigos declarados del Estado paquistaní, las milicias islamistas y los grupos radicales han ganado poder sistemáticamente en su país en las últimas décadas.
Hace dos semanas, en una conferencia multipartita organizada por el gobierno, Sharif acordó ofrecer a los insurgentes iniciar un diálogo para poner fin a la violencia, pese a lo cual aún no comenzaron las negociaciones formales.



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