11 de septiembre 2002 - 00:00

El surgimiento de un nuevo orden mundial

Un nuevo orden o sistema internacional tarda al menos dos generaciones en consolidarse. El del siglo XXI empezó a gestarse a finales de los '80, nació con el fin de la URSS y de la bipolaridad a comienzos de los '90, y, desde los atentados del 11 de setiembre, ha recibido un fuerte impulso.

Entendiendo por sistema u orden el conjunto de actores, medios, objetivos, relaciones y normas que definen una sociedad internacional en un momento dado, todavía es más apropiado hablar de desorden que de orden, pero la respuesta a los atentados de hace un año arroja suficiente luz para poder distinguir ya algunos de los perfiles principales del sistema naciente.

La vieja amenaza soviética ha sido sustituida por una conjunción de nuevos terroristas, estados parias y armas de destrucción masiva como el principal enemigo global. El 11 de setiembre, en palabras de Alexandre Adler, nos mostró «el reverso de la globalización» y los EE.UU. descubrieron una vulnerabilidad que creían superada con la desaparición de la URSS. Las siete consecuencias principales han sido:

1- Los EE.UU., que ya eran un imperio, han empezado a reconocerlo abiertamente y a exigir el tratamiento correspondiente por los demás. Unos lo llaman unipolaridad, otros hiperpotencia, otros unilateralismo o poder hegemónico. Los datos son inapelables: superioridad nuclear, naval, aérea y tecnológica abrumadora, más inversiones en «investigación y desarrollo» que las siete potencias más fuertes siguientes combinadas, más dinero para defensa que los 15 países siguientes juntos, el doble del PBI que el de Japón, la segunda potencia económica del mundo, destino principal de los mejores investigadores del planeta, receptor de un tercio de todas las inversiones directas del mundo... Ni siquiera el imperio romano tuvo una primacía tan absoluta en todas las categorías o componentes del poder. En consecuencia, carece de rival y puede permitirse el lujo de facilitar el desarrollo de Rusia, China y otros aspirantes a rivales sin peligro de perder su hegemonía.

2- Las alianzas de la Guerra Fría ya no sirven para hacer frente a las nuevas amenazas. Según Leon Fuerth, de Georgetown, es necesaria una segunda generación de alianzas tanto en Europa como en Asia que reflejen la nueva realidad imperial del planeta para hacer frente colectivamente a los nuevos enemigos: pobreza, desafíos ecológicos, pandemias y, por supuesto, el terrorismo.

3- Personificado en Osama bin Laden y ampliado primero a Al-Qaeda y al régimen talibán, el terrorismo internacional ha ocupado el vacío de amenazas dejado en Occidente por el fin de la URSS. Sin una definición común y sin acuerdo posible en una estrategia global para destruirlo, la administración Bush ha optado por una retórica simple y clara -»con ellos o con nosotros»- que choca a diario con intereses nacionales estadounidenses y de sus aliados.

4- En aras de la lucha contra el terrorismo,
los EE.UU. han relegado a un lugar secundario los derechos humanos y la expansión de la democracia, que Bill Clinton elevó a objetivos prioritarios de su política exterior.

5- En la pulseada que se libra desde el 11 de setiembre entre libertad y seguridad, la prime-ra ha sufrido serios retrocesos. El gobierno estadounidense decidió unilateralmente desde el primer día el estatuto de cada prisionero o preso. Afortunadamente, desde la pasada primavera (boreal) el Congreso primero, el Tribunal de Vigilancia de los Servicios de Contraespionaje después y un tribunal federal de apelación en agosto han declarado ilegales muchas de las acciones del Departamento de Justicia.

6-
La militarización de los EE.UU., a pesar de todo, ya es un hecho y, por su influencia global, está liquidando los últimos dividendos de la posguerra fría en otros puntos del planeta. El presupuesto de defensa estadounidense se ha aumentado en casi 50.000 millones de dólares en 2001-2002 y rozará los 400.000 millones en 2003. Todavía está por debajo de 4% del PIB (con Reagan superó 6% y en los '60, durante la Guerra de Vietnam, 9%). Es más de lo que gastan en defensa los 15 países con más armas y soldados del mundo tras los EE.UU.

7- El aumento de los gastos en defensa, en seguridad interior, en los servicios de espionaje y en comprar lealtades y votos ante las elecciones legislativas de noviembre (35.000 millones de dólares sólo en nuevos subsidios agrícolas en 2002)
han disparado el déficit presupuestario (8% este año, 11% el próximo), han debilitado el dólar y han intensificado la crisis económica iniciada meses antes del 11 de setiembre.

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