El príncipe Abdullah buscó en su distanciamiento de Washington la legitimidad que Bin Laden le niega. El triple atentado suicida del lunes en Riad lleva las huellas de Al-Qaeda -coordinación, oportunidad, avisos previos, objetivos-y demuestra que la casa real saudita no aprendió todavía las lecciones del 11 de setiembre.
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La alianza se transformó y consolidó a mediados de los '70 tras el embargo de petróleo del '73 y vivió su máximo esplendor con Bush padre en la guerra de Kuwait ('90-'91), pero la grave crisis económica, la explosión demográfica, la influencia de los ulemas o clérigos wahabíes -una de las sectas más estrictas del Islam-, el 11 de setiembre y Osama bin Laden arruinaron un matrimonio de conveniencia. Los ingresos por petróleo, que representan 75 por ciento de su producto nacional, han caído de 227.000 millones de dólares en 1981 a menos de 50.000 millones el año pasado y su renta por habitante, de 19.000 a 7.000 dólares; 90 por ciento de la riqueza está concentrada en los 8.000 miembros de la casa real y sus familias.
No hay contrato sin comisión de 5% a 10%. Si añadimos los más de 100.000 millones de dólares invertidos en armas estadounidenses en el último decenio y otro tanto en compensaciones a Washington por la guerra de Kuwait, los presupuestos disponibles para dar trabajo a los 20 millones de sauditas son insuficientes.
Acostumbrados a un salario por el mero hecho de ser saudita mientras unos cinco millones de extranjeros cubren alrededor de 65 por ciento de los puestos de trabajo y con 40 por ciento de la población con menos de 15 años en familias de seis a siete hijos, el sistema está en bancarrota.
•Pacto
El rey Fahd, con 80 años, no gobierna desde el '95, y el príncipe Abdullah, con 79, buscó en el apoyo de los ulemas y en el distanciamiento de Washington la legitimidad que Bin Laden, más popular que nunca en las mezquitas y entre los jóvenes, le niega.
El pacto del siglo XVIII de Mohamed Saud con el fundador de la secta wahabí, el carismático Mohamed Abdel Wahab, se fue renovando y los clérigos siguen controlando el sistema educativo y a los metaween o policías religiosos, que tienen poco que envidiar a los talibanes en su celo purificador de usos y costumbres. De sus escuelas o madrasas y de sus cinco universidades islámicas salen cada año unos 350.000 jóvenes con 70 por ciento de formación religiosa y poca o ninguna formación en las materias necesarias para encontrar trabajo. Son pasto ideal para las fundaciones, mezquitas y grupos radicales de todo el mundo islámico.
Con culturas a años luz, los intereses estratégicos de los dos países se van alejando. EE.UU. redujo de 24% a 8% sus importaciones de petróleo saudita desde 1990.
No será una ruptura brusca ni rápida. Docenas de las principales multinacionales estadounidenses, empezando por Bechtel y Boeing, tienen en Arabia Saudita desde hace decenios uno de sus clientes más importantes. Veinte de los 30 ministros sauditas son licenciados y 16 de ellos doctorados por universidades estadounidenses. Unos 100.000 sauditas son propietarios de casas en EE.UU. y la Autoridad Monetaria Saudita es uno de los principales propietarios de bonos del Tesoro estadounidense.
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