23 de junio 2005 - 00:00

Los aviadores negros temidos por Hitler y segregados en EE.UU.

Pilotos del grupo de elite conocido como redtails descansan poco antes de iniciar una operación contra los nazis.
Pilotos del grupo de elite conocido como redtails descansan poco antes de iniciar una operación contra los nazis.
Los Angeles - Los soldados de la Alemania nazi los conocían como «schwarze vogelmenschen» («hombres negros voladores») y el ejército aliado los bautizó como «redtails» («colas rojas») o «redtail angels» («ángeles de cola roja») debido a la llamativa pintura que lucían en la aleta posterior de sus aviones. Eran los pilotos de un grupo de elite del ejército estadounidense cuya sola presencia en el cielo atemorizaba. Se temía su eficacia, su valentía y, especialmente, su puntería.

Sin embargo, en su país de origen, estos bravos soldados del aire no tenían la misma consideración. En los años '40, mientras el fascismo se extendía por Europa, EE.UU. seguía rigiendo el lema «sólo blancos», que establecía que los negros como ellos eran seres de segunda categoría. Incapaces, inferiores y sin posibilidad de sufragio. Incluso el ejército dudaba de sus capacidades.

El mero hecho de ser aceptados en el ejército ya fue un hito en sí, como recuerda unos de sus miembros, el teniente coronel Hiram Mann, hoy de 84 años. Cuando Mann solicitó por primera vez el ingreso en el Army Air Corps -precursor de la fuerza aérea actual-, lo rechazaron sin miramientos. Fue a través de una carta en la que «simplemente decía que no había instalaciones equipadas en ninguna rama del ejército para la preparación de negros en técnicas de pilotaje», recuerda Mann en una entrevista publicada por el periódico «Daily Mail».

El rechazo inicial no fue superado hasta que llegó una orden directa del presidente Franklin Delano Roosevelt, se supone que para aumentar el número de efectivos para afrontar la guerra contra los nazis. De manera que mandó al Army Air Corps crear, a título experimental, un grupo de combate formado sólo por negros en Tuskegee, Alabama.

• Duros exámenes

En verano de 1941 empezó el primer curso con 13 cadetes que habían tenido que superar unos duros exámenes establecidos con la esperanza de que no hubiera muchos negros capacitados. Nueve meses después se convertían en los primeros miembros del 332°

Grupo de Combate, rebautizado como los Tuskegee Airmen. Llegarían a ser 1.000 soldados, aunque sólo 450 tomaron parte directa en acciones bélicas.

Destinados como unidades independientes, pues el ejército todavía no confiaba en la unificación de razas, los Tuskegee Airmen, a bordo de los Mustang P-51 con la cola roja,
pronto se ganaron el respeto de sus comandantes por su habilidad y eficacia. En unas 1.500 misiones por Europa, el norte de Africa y el Mediterráneo consiguieron destrozar más de 400 aparatos enemigos (100 de ellos en pleno vuelo), más de 45 trenes y hasta un destructor.

Fue en el puerto de Trieste, Italia, y constituyó una de las mayores hazañas del grupo. Gracias a la habilidad y sangre fría del teniente Gynne Pierson, consiguieron hundir el barco utilizando exclusivamente la munición del calibre 50 disponible en las ametralladoras. «Creo que fuimos tan efectivos porque teníamos que hacerlo todo varias veces mejor que el resto para ser reconocidos», explica Harold Brown, de 80 años, y otro de los alrededor de 100 «colas rojas» que aún viven y se reúnen anualmente. «Nuestro programa fue descrito como 'el gran experimento' y sabíamos que fallar haría retroceder a nuestra raza al nivel de 30 años atrás.»

• Infalibles

Su reputación entre los militares creció como la espuma. Y los Mustang P-51 de cola roja no tardaron en ser reclamados continuamente -a menudo sin que los mandos que pedían su participación supieran la raza de sus pilotos- para escoltar a los bombarderos asignados a misiones peligrosas. Cuando hacían de escoltas eran infalibles y hasta hoy son el único grupo que nunca ha perdido un avión bajo fuego enemigo en tales funciones.

Después de la Segunda Guerra Mundial, en la que sufrieron 66 bajas, los «redtails»
tuvieron un retorno agridulce. Mientras por un lado recibían los honores máximos en forma de 850 medallas y la Presidential Unit Citation, la más alta condecoración que se puede otorgar a una unidad militar, por otro eran castigados con la continua degradación racial en la calle y en el propio ejército hasta el punto de no ser invitados en los desfiles de la victoria. Sus gestas fueron difuminadas en los libros de historia. Algunos de los oficiales de los Tuskegee Airmen incluso fueron detenidos tras la guerra, pues la policía se resistía a creer que gente de raza negra pudiera tener galones.

Las cosas no se calmaron hasta después de 1948 cuando el presidente
Harry Truman firmó la Orden 9981, que establecía la igualdad de trato en el ejército. Aunque llegó un poco tarde, muchos la consideran la segunda victoria de los Tuskegee Airmen, primera en los despachos.

Sin embargo, la mayoría de estos soldados no guarda rencor a un país que, como ha señalado el ex secretario de Estado
Colin Powell, «nunca estuvo dispuesto a devolverles el servicio prestado».

Tras años dándole vueltas,
George Lucas tiene pensado llevar a la gran pantalla el legado de estos hombres.

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