Augurando
su triunfo,
Lula marcó
el inicio de
un nuevo
mes de
campaña
electoral en
Brasilia con
una
conferencia
de prensa.
El electorado brasileño no se comportó como preveían analistas, encuestadores y, sobre todo, gobiernos involucrados con la vida de ese país. Si para la Argentina y su administración todo lo que suceda en Brasil resulta significativo, ese movimiento inesperado vuelve todavía más inquietante lo que pueda ocurrir el próximo 29, cuando se celebre la segunda vuelta de los comicios que se realizaron ayer. Vale la pena, entonces, desentrañar algunos de los mensajes que cobijan para la escena local las elecciones del domingo:
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Para comenzar por las evidencias más sutiles, el cuadro que se configuró en Brasil obligará a Néstor Kirchner a revisar algunas de sus estrategias para su propia continuidad en el poder. Tal vez la primera víctima argentina de las elecciones brasileñas sea Cristina Kirchner. En el país vecino se puede aprender cómo un triunfo asegurado es capaz de desdibujarse en dos semanas. Por lo tanto, es posible que el oficialismo local se vuelva más conservador en sus apuestas a partir de ahora. Es decir, que se abrace más decididamente a la candidatura de su jefe, aun cuando la senadora -examinada en cada una de las encuestas que encarga su principal impulsor, Alberto Fernández- promete una performance envidiable. Así y todo, la brecha con su marido sigue siendo grande, superior a 10%.
La afirmación anterior podría ser exagerada si se tienen en cuenta las abismales distancias que presenta hoy el apellido Kirchner, en sus dos encarnaciones, frente a cualquier expresión opositora. Pero en Brasil se puede aprender que ventajas importantes también pueden abreviarse rápido. Hace dos meses, Lula superaba en 12 puntos a sus desafiantes sumados. Es cierto que las comparaciones son malas consejeras, pero no debe olvidarse una tendencia generalizada en el comportamiento electoral de estos días: las diferencias son pequeñas y las sociedades tienden a polarizarse. Alemania, México, Austria, ahora Brasil son ejemplos de este fenómeno que los Kirchner imaginan, hasta ahora con argumentos irrefutables, lejano.
Una lección más para el matrimonio presidencial deriva del episodio que impulsó el giro de la opinión pública brasileña en favor de los candidatos de la oposición. Fue el escándalo que envolvió al PT cuando se descubrió a varios de sus principales dirigentes en la tentativa de comprar carpetas que terminen ensuciando a los candidatos del PSDB, el partido de Geraldo Alckmin. Para un equipo político como el del oficialismo argentino, que ha tolerado el método del escrache hasta convertirlo en un «modus operandi», lo que le sucedió a Lula puede ser muy edificante. Aun cuando se adhiere a la tesis, oficial en el Planalto, de que el presidente desconocía lo que hacían sus subordinados, más interesados en imponer la candidatura de Aloisio Mercadante al estado de San Pablo que a sumar votos para el gobierno nacional. Si fue así, peor aún, ya que se demuestra no sólo que se pensó en aplicar malas artes sino que se lo iba a hacer fuera de la estrategia general de la campaña. Arriesgar muchos votos por una chapucería es un albur que el actual gobierno argentino puede correr con altísima probabilidad (el mismo Presidente viene de levantar el dedo contra un periodista, Joaquín Morales Solá, con reproches graves, por notas que no escribió).
Incomodidad
Otro aspecto de la campaña de Brasil que Kirchner debería indagar es el de la relación entre candidato y partido. Para Lula se trata de un problema tan incómodo como para él. Y se notará más en las próximas tres semanas. Buena parte de los asesores del mandatario brasileño le aconseja ocultar todavía más al PT, desde cuyo sótano ha brotado la mayoría de las pestes que afectaron a este sindicalista, incluido el caso del «dossier» o «carpetazo». Sin embargo, el domingo se demostró que ese partido tiene una fortaleza nada despreciable. Tanta, que casi todos los legisladores acusados por recibir «sobres» en el Congreso resultaron reelectos (al parecer el azote moral lastimó sólo la piel del presidente, quien insiste en alegar que ignoraba lo que hacían sus peones). Será interesante ver cómo se maneja Lula con este dilema, también crucial para Kirchner, quien depende del PJ y sus caudillos más de lo que estaría dispuesto a admitir ante la clase media de las grandes ciudades.
Sin embargo, la misma variable, es decir, el peso de los partidos en la competencia electoral, le juega a favor a Kirchner en este «juego de los siete errores» con Brasil. Si Alckmin luce ahora como un candidato expectable es porque fue llevado por la ola del PSDB en los dos estados más grandes del país. Son San Pablo, donde se impuso José Serra para la gobernación, y Minas Gerais, donde Aécio Neves renovó su sillón con más de 70% de los votos. Esta configuración es tal vez la divergencia más llamativa entre la política de Brasil y la local, comparadas en este momento histórico: en el país vecino se ha constituido una oposición muy vigorosa, capaz de administrar los principales distritos y con tres candidatos presidenciales capaces de arrebatarle el poder al PT en 2010, si es que Lula gana la segunda vuelta ahora: Serra, Neves y el propio Alckmin.
Doble filo
La vitalidad de la socialdemocracia brasileña es un arma de doble filo para Alckmin en la segunda vuelta: ¿le serán leales Serra y Neves, quienes ya conquistaron sus gobernaciones y ponen la vista ahora en los comicios de 2010? En el caso del gobernador de Minas Gerais (nieto del fallecido Tancredo), la sospecha ya está instalada: sacó 4 millones de votos más que el candidato presidencial de su partido en el distrito. Ahora que Alckmin corre solo frente a Lula, esta brecha se transforma en un enigma, quienes fueron sus benefactores ahora compiten con él, aunque de manera velada. Esta faceta de los comicios de Brasil no cobija enseñanza alguna para Kirchner: él ya resolvió dejar a sus oponentes sin base territorial, seduciendo con distintos atractivos a la UCR residual allí donde controla provincias o municipios.
Finalmente, existen aspectos institucionales que envían mensajes interesantes a todas las democracias de la región, desde la mexicana hasta la argentina, pasando especialmente por la de Venezuela: los comicios de Brasil, multitudinarios, se realizaron sin incidentes, sin denuncia alguna de fraude, con un sistema que permitió conocer el resultado del torneo cinco horas después de que éste fuera clausurado. Y todo sin intervención alguna del poder político: en vez de estar bajo la administración del Ministerio del Interior, la administración electoral brasileña corre por cuenta del Judicial. Algo que se cae de maduro para un país en el que el presidente, jefe del ministro del Interior, compite como candidato para una reelección.
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