15 de diciembre 2003 - 00:00

Penoso final de cruel dictador

Saddam Hussein vio morir a sus hijos, Uday y Qussai, en un feroz combate el 22 de julio pasado en Mossul. En agosto, dos de sus tres hijas llegaron a Jordania para refugiarse. El ex líder iraquí había perdido a su familia y sólo conservaba capacidad de daño a través de unas pocas milicias leales. Este hombre de 66 años pudo resistir hasta el sábado oculto en un agujero, cuando marines estadounidenses lo encontraron oculto tras una espesa barba, y, pese a lo que decían los que lo conocieron, se entregó sin ofrecer resistencia.

Nacido el 28 de abril de 1937 en Tikrit, norte de Irak, en el seno de una familia campesina, Saddam fue criado por su tío materno, un sunnita devoto, luego del fallecimiento de su padre, a quien no conoció. Algunos biógrafos aseguran que el segundo marido de su madre le dio al joven Saddam un trato brutal que marcaría su carácter para siempre.

El joven Saddam se unió al partido socialista árabe Baas (renacimiento, en árabe) en 1957, y dos años después intentó asesinar al primer ministro iraquí Abdul Qassem, pero fracasó. Herido en la pierna izquierda, se disfrazó de mujer y se trasladó a Siria en camello, donde en 1962 conoció al presidente egipcio Gamel Nasser. Un año después participó del golpe de Estado que derrocó al general Qassem, y en 1968 ayudó al golpe baasista que convirtió al primer ministro Ahmed Hassan al-Bakr en jefe del Estado iraquí. Accedió entonces a la vicepresidencia del Consejo de la Revolución en noviembre de 1969. En 1979 Hussein fue elegido para suceder al general Ahmed Hassan al-Bakr como jefe de Estado y como líder del Consejo de la Revolución. Durante una reunión del partido Baas en Bagdad, en agosto de 1979, Saddam presentó una lista de 66 oficiales del ejército a los que acusó de estar implicados en una conspiración contra el gobierno. De ese total, 34 personas fueron ejecutadas.

El conflicto bélico contra Irán (1980-88) lo encabezó Saddam como paladín del arabismo laico contra el Irán de Khomeini.

En el conflicto, desatado porque Teherán no aceptó darle salida al mar por Shat al Aral, conflicto en el que recibió ayuda de la inteligencia militar de los Estados Unidos y apoyo financiero de Kuwait y Arabia Saudita ante el temor de que el gobierno iraní dominara la región.

En agosto de 1990 Irak invadió Kuwait, y un año después una coalición encabezada por los Estados Unidos inició la Guerra del Golfo, con la cual obligó a Bagdad a retirarse de ese país, estrecho aliado de Washington. Ese año, hizo imprimir en la bandera de Irak el lema de Allah Akbar (Dios es grande) y cada vez multiplicaba más sus consignas islámicas.

En octubre de 1995, y ya con las sanciones económicas impuestas por las Naciones Unidas contra Irak, Saddam inició un nuevo mandato como presidente de Irak, previsto hasta 2002, tras obtener 99,9 por ciento de los votos en un plebiscito. En setiembre de 1996, los Estados Unidos bombardearon nuevamente Irak para castigar a Saddam por haber traspasado la línea de exclusión fijada en 1991 en el paralelo 36 para atacar a la población kurda, se cree que con armas químicas.

Obsesionado por su seguridad, Saddam aparecía muy raramente en público y nunca se estaba seguro de que fuera él, ya que tenía al menos tres dobles conocidos.


Reflejó sus complejos en un culto a la megalomanía: acumuló riquezas, ordenó crímenes, asesinó a sangre fría e hizo de su imagen, omnipresente, la seña de identidad de Irak.

Aunque perdió la primera Guerra del Golfo, siguió en el poder por decisión del entonces presidente de los EE.UU. George Bush, al parecer aleccionado por Colin Powell. No dudó entonces en aplicar armas químicas contra opositores kurdos y chiítas, y hasta hizo fusilar a sus yernos a los que acusó de traición.

George W. Bush
no sólo consiguió derrocarlo, sino que lo ha capturado y desarmado; más amargo fin no podía esperar el hombre fanático de las estatuas de sí mismo.

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