Londres - La buena noticia para Blair es que puede desconvocar un referendo que probablemente iba a perder (lo anunciaría el lunes). La mala noticia es que Gran Bretaña asume la presidencia de turno de la Unión Europea el 1 de julio con la papa caliente de gestionar la crisis desatada por el No francés, y la ironía de que el relevo cae en manos del país más euroescéptico, proestadounidense y patrón de un modelo económico liberal. Tony Blair, de vacaciones en Italia, pidió un período de reflexión por parte de la Unión Europea para evaluar las consecuencias del complejo rechazo francés, y decidir qué se hace con los referendos y procesos de ratificación pendientes. Buscar un plan B hasta ahora inexistente se ha convertido en su responsabilidad.
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Con el futuro rumbo de Europa supeditado en buena medida a las elecciones alemanas del otoño, las italianas del año que viene y las francesas de 2007, lo más probable es que Blair utilice la presidencia de la UE para achicar el agua, impulsar su imagen de estadista de talla internacional y dar viento a la cometa de las reformas neoliberales -en especial la flexibilización del mercado laboral-que considera imprescindibles para el progreso de Europa.
La destrucción de la Constitución por los franceses abre las puertas, paradójicamente, a un nuevo intento británico de promover su modelo de una Europa firmemente anclada en la órbita de Washington, que comparta el proyecto de los «neocons» para Irak y todo el Oriente Medio, no obstaculice sus designios neocoloniales, abra las puertas a Turquía, absorba la inmigración del Este de una manera controlada, respete el cheque británico y los vetos en materia fiscal y de defensa, no sea federalista ni en exceso burocrática, cree más empleos pero peor pagados y más inseguros, y esté dispuesta a desmantelar su viejo estado de bienestar. Los ingleses también tienen sus miedos, pero son distintos a los continentales.
Pero al mismo tiempo abre un período de incertidumbre que hace por completo imposible el viejo objetivo de Blair de dejar a Gran Bretaña anclada en el corazón de Europa y con sus problemas de identidad resueltos. El referendo, fuese cual fuese su resultado, habría sido esclarecedor y puesto un signo de exclamación a la gestión de un primer ministro que no se presentará a la reelección y busca un lugar en la historia.
Salvo que obre un milagro en los seis meses de la presidencia británica de la UE, ya no será juzgado por Europa, sino por la reforma de los servicios públicos, la renovación del laborismo e Irak. Los conservadores británicos, euroescépticos, han empezado ya a presionarlo para que desconvoque un referendo «sin sentido después del No francés». Blair pidió tiempo hasta el lunes próximo, cuando el secretario del Foreign Office, Jack Straw, se dirigirá a los Comunes, o incluso hasta el Consejo Europeo del 16 de junio en Bruselas.
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