"La gente no tiene conciencia de lo que hace cuando usa el celular"

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Mara Balestrini es la personalidad argentina más destacada en el mundo en relación con el estudio y desarrollo de innovación tecnológica con impacto social. En esta entrevista con Ámbito habla sobre los cambios que genera, la participación ciudadana y las redes sociales. 

Voy a ser tu mayordomo, y vos harás el rol de señora bien…

Desde que me levanté, concentrado en la entrevista de las 12 del mediodía, no dejo de tener ese tema en la cabeza. Gustavo Cerati no incluyó entre los juegos de seducción a la atracción que una mujer intelectual, ejecutiva y exitosa, ejerce. Pero es un fenómeno innegable, incluso un cliché, tanto como el de la señora bien que se tienta con el empleado de la casa.

De todas maneras, no sé por qué le doy cabida a esto. Mara Balestrini (36, Córdoba) está casada y yo también. Ella vive en Barcelona hace más de 10 años, yo estoy en Buenos Aires a horas de hacerle una entrevista vía Skype.

Quizá el meloneo tiene que ver con la cantidad de videos que estuve viendo de ella, preparando esta charla. En cada exposición, sea en la ciudad del mundo que sea -y puede ser en varios idiomas- camina con determinación el escenario. Tiene una oratoria envidiable. Sonríe en el momento exacto. A pesar de su leve tonada cordobesa, adoptó giros del español y del catalán que le sientan muy bien.

Para desprevenidos: Mara Balestrini es la personalidad argentina más destacada en el mundo en relación con el estudio y desarrollo de innovación tecnológica con impacto social. Es la directora ejecutiva de Ideas for Change, compañía global que asesora a ciudades, empresas y ONGs. Es autora de más de 25 publicaciones internacionales y ha coordinado proyectos como Making Sense EU, Bristol Approach y la serie #DataFutures. Además, es cofundadora de SalusCoop, la primera cooperativa española de datos de salud de los ciudadanos.

Ya es hora. Vamos.

Periodista: Como experta en tecnologías e impacto social ¿Cómo definirías el presente en materia del uso de los datos personales?

Mara Balestrini: Bueno, mirando el sector privado, te diría que actualmente hay 3 variantes: una, cuyo ejemplo pueden ser las cookies, en la que un sitio web te avisa que está recopilando información tuya a partir de tu actividad allí; y tu puedes aceptar o no. Ese uso es para mejorar la experiencia de usuario, así que luego te ofrecerán información adecuada a ti, según preferencias, etcétera. Allí no hay comercio de datos.

Otro uso posible es que, en la misma situación que antes, la empresa no te advierta que, gracias al rastreo de sus cookies, los datos que recaba serán vendidos a un sponsor, o una empresa que compra esa información para hacer marketing digital con ella, y ofrecerte productos o servicios. Dado que se produce tantísima información en la web (y, de hecho, sólo se utiliza el 1% de lo que se produce) los datos resultan una fuente de ingresos para quien los recopila.

Pero la tercera posibilidad es que, directamente, el proceso sea el inverso: primero una empresa u organización política define qué datos pretende obtener de los usuarios. Luego, en función de ese interés crea una app, o un sitio, y, generalmente, plantea toda una simulación.

Así fue el caso de Cambridge Analytica: crearon una app dentro de Facebook que planteaba un juego de preguntas y respuestas, de modo que la gente iba respondiendo y dando alegremente información sin saber que eso, junto con su perfil, permitía saber con precisión cuál era su orientación política.

Muchas veces esto se hace gamificando -N de R: generando una interfaz lúdica- una app o plataforma. Por ejemplo, hubo un caso de esas que hacen que juegues con la cámara de tu móvil sacándote una foto para luego hacerte viejo: FaceApp. 150 millones de personas jugaron con esa app, sin saber realmente lo que hacían. Resulta que con eso se recopilaron fácilmente patrones biométricos para la detección de rostro, que se usa para la cibervigilancia.

La gente no tiene conciencia de lo que hace cuando usa el celular. No está informada. Simplemente se presta al juego.

P.: Lo que planteás suena preocupante. En cuanto al uso de redes sociales tampoco parece que sepamos bien lo que hacemos. Incluso hay mucha violencia expresada en las pantallas móviles ¿no te parece?

M.B.: Sí, de hecho tuve alguna experiencia más que desafortunada por declaraciones que hice en la prensa argentina. Analizando lo que a mí respecta, que son las relaciones humanas mediadas por tecnología, está claro que las redes sociales están generando cajas de resonancia o eco chambers en las que nos escuchamos entre los que pensamos igual y nunca se produce verdadero diálogo con los demás. Eso sedimenta y reafirma lo que creemos, y nos aleja de los que no piensan como nosotros, y en Argentina deriva en un nivel de agresión que nunca había visto. Eso no ocurre en una conversación cara a cara, porque la interacción humana en presencia física tiene otros componentes.

P.: Si no me equivoco esa fue la conclusión a la que llegaron con el proyecto de Food Mapping, ¿verdad?

M.B.: Exactamente. En el proyecto Food Mapping nos propusimos mapear el entorno alimentario de la gente de un determinado distrito (barrios cercanos a Barcelona, por ejemplo, Sant Ildefons) partiendo de la premisa de que somos lo que comemos, pero comemos lo que vemos. Es decir, que si en nuestro barrio no hay oferta de productos frescos, pues es muy probable que no consumamos esa clase de alimento. Tradicionalmente, un estudio así se realiza con personas que van rastrillando calle a calle, tienda por tienda, y registrando la oferta en forma manual. Pero si lo piensas, es un método que no termina más. Entonces dijimos “oye, la gente cada día hace las compras, qué tal si desarrollamos un método tecnológico para saber lo que compra, qué circuito realiza, comparamos precios, y podemos conocer su entorno alimentario”. Así, les dimos una app para que la gente participara activamente del registro.

Al final, todos compartieron un almuerzo, y coincidían en que hay que darle menos espacio a la tecnología y tener más contacto real. Es un típico desarrollo de ciencia ciudadana, con el que nos hacemos cargo de los problemas, en vez de esperar que el gobierno nos dé soluciones.

De contracultural a empresaria

Mara Balestrini suena aguda, precisa, contundente. No duda. A cada frase le imprime firmeza, como si hablara con resaltador. ¿De dónde viene esa retórica? Hay que buscar en el archivo de YouTube.

Hija de buena familia, ligada con la medicina, Mara comenzó su carrera profesional en Córdoba, donde cursó la Licenciatura en Comunicación Audiovisual. Allá por 2009, lo primero que hizo fue producir e impulsar lo que llamaron celumetrajes: películas breves de bajísimo presupuesto, filmadas con los primeros celulares con cámara.

En las entrevistas más añejas, se puede ver a una chica de rostro menos anguloso que el actual, y flequillo corto, aseverando con la misma determinación de hoy que los celulares son dispositivos legítimos para contar historias: “Los celulares permiten una frescura, una espontaneidad que cuando el mainstream quiere reproducir, suele verse artificial”. Las limitaciones de los teléfonos, según aquella Mara, son, a su vez, posibilidades de tomar la palabra y usar la imaginación para quienes jamás hubieran podido hacer cine, por falta de recursos.

Año a año, y mientras siguió obteniendo títulos académicos vinculados con las tecnologías digitales, Mara comenzó a aparecer en eventos de mediana envergadura, en España. Para mediados de esta década, ya aprendió a sonreír a cámara; poco a poco se volvió su propia marca, y el branding es fundamental.

De 2017 a hoy, afianzada como referente mundial, Balestrini exhibe signos de una evolución que combina destellos de aquel discurso underground, con el respaldo de su sólida formación doctoral y sus dotes de liderazgo; todo ello amenizado con una notable elegancia, y las dosis necesarias de una sonrisa que lo endulza todo.

Este año, participó en más de 10 eventos de alta jerarquía internacional, como el Smart City Expo World Congress 2019. Fue invitada a países tan lejanos y extraños a su Córdoba natal, como Finlandia y Dinamarca. Incluso encaró proyectos en África.

Las redes sociales generan que solo nos escuchamos entre los que pensamos igual"

P.: Ideas For Change desarrolla proyectos en lugares muy pobres. ¿Pensás que una ciudad con hambre puede ser, al mismo tiempo, Smart City?

M.B.: Bueno en primer lugar yo discuto bastante con esa idea de ‘smart’ que está tan de moda. ¿Qué es una ciudad ‘smart’? Yo prefiero una ciudad vivible.

P.: Claro, te lo pregunto porque hay un artículo que señala que en Chenai, una ciudad del sur de la India, los pobladores se están preparando “para el desafío de volverse ciudad inteligente” y mencionan unas declaraciones tuyas…

M.B.: A ver. Yo creo que la tecnología puede ayudar a mejorar la calidad de vida en una ciudad, incluso con pobreza. Si bien no hemos hecho nada en Chenai, sí, por ejemplo, a nosotros nos ha inspirado Map Kibera, en Nairobi. Kibera es una villa que no estaba en ningún mapa. Entonces, viendo que los vecinos de allí usan los locutorios, quienes desarrollaron el proyecto se apalancaron en esa conducta para generar rastreo digital y poder hacer que ellos mismos, quienes viven en Kibera, se pongan en el mapa. Porque, por supuesto, lo que no está en el mapa no existe. A partir de que Kibera comenzó a aparecer en mapas colaborativos, como Wikipedia, aun cuando no estuviera en mapas oficiales, los vecinos pudieron acceder a servicios esenciales, por ejemplo, el correo.

P.: El problema es que se supone que una villa se asienta sobre terrenos usurpados, y por eso el Estado no los incluye en el mapa. Es una forma de no dar legitimidad a ese asiento ilegal, ¿no?

M.B.: Está bien, pero de esta forma nadie dice que les den un título de propiedad, ni legitimen la usurpación. Estamos hablando de que las personas que viven allí accedan a servicios básicos. Yo tengo claro que una vez que la tecnología permite hacer transformaciones bottom up -N de R: desde abajo hacia arriba- luego muchas organizaciones internacionales se suman, y terminan generando visibilidad de un problema. Todo comienza si no ignoramos lo que pasa. Lo que no se ve, no se entiende, y si no se entiende no se puede resolver.

Por eso actualmente estamos desarrollando un proyecto de mapeo de olores, en Uganda, llamado D-Noses. Porque resulta que los olores son signos claros de problemas de sustentabilidad, contaminación, y demás circunstancias propias de donde hay pobreza. Suele haber mala administración de residuos, aguas no potables, y contaminación de las industrias.

Concretamente, en Uganda hicimos una app para que la gente de un barrio pueda identificar olores contestando preguntas en el celular.

P.: ¿Pero cómo se mapean los olores?

M.B.: El sensor más sofisticado que existe es la nariz humana. Por eso nosotros y nuestros socios, en vez de crear narices artificiales, que existen, pero son limitadas y muy costosas, hicimos que la gente huela y registre lo que huele en la app.

Luego, hay que mapear las industrias del lugar, porque suelen ser las fuentes de contaminación. Entonces, con sensores y modelos de retrotrayectoria del viento, podemos vincular la zona en la que los registros coinciden en el tipo de olor nauseabundo, luego seguir la trayectoria del viento, y llegar hasta la fábrica desde donde surge el olor, para determinar si es la que contamina.

Democracia directa

Suena a ciencia ficción. En la medida en que la tecnología da saltos de calidad, incluso los signos más propios del Ser Humano, como los olores o el sabor, son pasibles de cómputo. En ese marco, Mara Balestrini impulsa una suerte de democracia directa, facilitada por las tecnologías de la comunicación, a medio camino entre el sector privado y el Estado; pivoteando entre el capitalismo tradicional y la economía colaborativa con participación ciudadana.

“Yo expongo mis planteos con la misma vehemencia a un grupo inversor o a un político. Hemos desechado proyectos que no iban con nuestros valores, de la misma forma que presionamos a los dirigentes para que tomen decisiones (…) Recientemente Angela Merkel anunció que van a crear una nube con servidores 100% alemanes, para tener soberanía digital y tecnológica. Eso me parece perfecto. Cuando se trata de infraestructura, nadie puede reclamar propiedad intelectual. Aunque la gestión sea tercerizada, la información es de los ciudadanos”.

Balestrini refiere a Merkel. Qué tal.

La canciller alemana, a sus 65 años, es la mujer más poderosa del mundo. No la detienen ni sus propios temblores, que suelen tener en vilo a Europa entera.

Yo no me atrevería a interponerme en el camino Merkel.

Tampoco me animo a imaginar límites en la carrera de Mara Balestrini.

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