El costo de vivir en la Ciudad de Buenos Aires cambió de manera profunda en los últimos 13 años. La vivienda y los servicios ganaron peso dentro del presupuesto de los hogares, mientras que otros rubros, como la indumentaria, el equipamiento del hogar y la comunicación, perdieron participación relativa. El cambio no solo refleja la evolución de los precios, sino también la forma en que las familias deben reorganizar sus gastos para sostener su nivel de vida.
Vivir en CABA es cada vez más caro: el 40% de los hogares de menores ingresos destina más de la mitad a un alquiler
En 13 años se modificó la estructura de gastos de los hogares. Alquileres y servicios presionan sobre los ingresos, mientras se profundizan diferencias en salud y educación.
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Vivienda, alimentación, salud y educación concentran buena parte del presupuesto de los hogares porteños.
Entre agosto de 2013 y agosto de 2026, los precios relativos de vivienda y servicios aumentaron casi 25 puntos. El dato forma parte de un nuevo capítulo de Una ciudad en transformación, el trabajo que elaboraron el Consejo Económico y Social de la Ciudad de Buenos Aires (CESBA) y la fundación Fundar para analizar cómo se modificaron las condiciones económicas y sociales de los porteños.
El informe pone el foco en una cuestión central: no alcanza con observar cuánto aumentan los precios en general. También importa qué sucede con cada componente del presupuesto en relación con los demás. Cuando la vivienda se encarece más que otros consumos, su participación crece y deja menos margen para afrontar otros gastos, desde la alimentación hasta la educación, la salud y el esparcimiento.
Manuel Socías, presidente del CESBA, resumió el impacto de esa dinámica en la economía doméstica: "Cuando cambia permanentemente cuánto pesa cada componente del presupuesto, el horizonte se acorta y la economía familiar queda obligada a reorganizarse una y otra vez".
La vivienda gana peso y el alquiler condiciona los ingresos
El acceso a la vivienda aparece entre los principales factores de presión sobre el presupuesto de los hogares porteños. El estudio advierte que, para el 40% de los hogares de menores ingresos, alquilar un departamento de dos ambientes representa más de la mitad de sus recursos. Esa proporción expone la dificultad que enfrentan las familias con menos capacidad económica para sostener un alquiler y, al mismo tiempo, cubrir el resto de sus necesidades.
La presión no se limita a quienes alquilan. El análisis de las canastas expresadas en dólares, con enero de 2013 como referencia y valores de 2026, muestra aumentos para distintos perfiles de hogares propietarios. En el caso de una persona que vive sola y es propietaria, la canasta subió 25,2%. Para una pareja joven propietaria, el incremento alcanzó 21,5%; para los adultos mayores propietarios, 20%; y para una familia propietaria con dos hijos, 19,4%.
En el caso de una pareja joven que alquila, la variación fue de 11,4%. La diferencia entre los perfiles permite observar que el impacto del costo de vida no es uniforme y que la situación habitacional modifica la composición de los gastos. Sin embargo, el porcentaje de aumento de una canasta no equivale por sí mismo al esfuerzo que representa para cada hogar: también inciden los ingresos, la cantidad de integrantes y las condiciones particulares de cada vivienda.
El acceso a la vivienda en CABA cambió de manera significativa en las últimas dos décadas. Los hogares inquilinos pasaron de representar alrededor del 22% en 2001 al 36,9% en 2022. El alquiler dejó de ser una situación vinculada a determinadas etapas de la vida para convertirse en una condición cada vez más extendida, en especial entre los jóvenes. A esto se suma el aumento de los precios relativos de la vivienda y los servicios, que reduce el margen de maniobra de los hogares. Socías advirtió que el impacto va más allá del dinero disponible para otros consumos: "Cuando alquiler, expensas o servicios ocupan una porción tan elevada del presupuesto, cualquier variación obliga a reordenar otros gastos y reduce el margen para ahorrar, mudarse, ampliar la familia o pensar en acceder a una vivienda propia".
Educación: una brecha de 41 puntos entre comunas
Las diferencias territoriales en educación también reflejan las desigualdades económicas y sociales de la Ciudad. Mientras la Comuna 13 registra un 70,3% de matrícula privada, existe una brecha de 41 puntos porcentuales entre las comunas con mayor y menor participación de ese sector. Socías aclaró que la distribución entre gestión pública y privada no permite medir la calidad educativa ni los resultados de aprendizaje, pero sí evidencia una segmentación territorial. "Esta segmentación dialoga con diferencias de ingresos, composición social de los barrios, distribución histórica de la oferta educativa y capacidad de los hogares para elegir entre alternativas", explicó.
También advirtió sobre la consolidación de circuitos educativos diferentes según el territorio, con efectos en las formas de socialización escolar y en la economía de las familias que recurren a instituciones privadas.
La distribución de la matrícula privada expone realidades distintas dentro de Buenos Aires. La elección entre escuelas públicas y privadas no responde a un único factor: intervienen los ingresos familiares, la oferta educativa disponible, la ubicación de los establecimientos y las preferencias de cada hogar.
La brecha territorial adquiere relevancia en un contexto en el que la vivienda también condiciona las posibilidades de elección. El lugar donde reside una familia, el costo de trasladarse y la disponibilidad de establecimientos cercanos forman parte de las decisiones que organizan la vida cotidiana.
Salud: el ingreso define el vínculo con el sistema público
En materia sanitaria, las diferencias por nivel de ingresos resultan todavía más marcadas. Durante 2025, el 54,5% de las personas del quintil de menores ingresos utilizó exclusivamente el sistema público de salud. En el quintil más alto, ese porcentaje fue del 3,1%. La distancia entre ambos grupos llegó a 51 puntos porcentuales.
La diferencia refleja cómo la capacidad económica incide en el acceso y en el uso de los servicios sanitarios. Mientras los hogares de menores recursos dependen en mayor medida de la atención pública, los sectores de ingresos más altos cuentan con más posibilidades de recurrir a coberturas privadas o a otras alternativas.
En salud, la posición económica también condiciona el acceso a los distintos sistemas de cobertura. El 54,5% de los hogares del quintil de menores ingresos utiliza exclusivamente el sistema público, frente al 3,1% del quintil más alto. Sin embargo, Socías señaló que la distribución general entre el sistema público, las obras sociales, las prepagas y otras coberturas se mantuvo relativamente estable desde 2011.
El cambio más marcado aparece entre los jóvenes de 25 a 34 años: quienes utilizan exclusivamente el sistema público pasaron del 19,1% en 2011 al 28,7% en 2025. «El acceso a la obra social está fuertemente vinculado al empleo registrado», explicó, y relacionó esta evolución con el impacto de la informalidad y las nuevas formas de inserción laboral en la población joven.
Menos tiempo para la vida social y más conexión digital
El estudio del CESBA y Fundar también analiza cómo cambiaron los hábitos de uso del tiempo libre entre 2016 y 2023. Los resultados muestran una transformación de las actividades cotidianas, con un crecimiento del tiempo dedicado a las pantallas y una fuerte caída de los encuentros sociales.
El uso de internet, celular y computadora pasó de 27,3 minutos diarios a 42,5 minutos, un incremento del 56%. El tiempo destinado a televisión y videos también creció: de 78,9 a 95,3 minutos por día, una suba del 21%.
En sentido contrario, la convivencia social registró una caída pronunciada. El tiempo diario dedicado a esa actividad pasó de 137,3 minutos en 2016 a 72,2 minutos en 2023, una reducción del 47% en siete años. La lectura también perdió participación: descendió de 12,4 a 9,2 minutos diarios.
Los cambios muestran que la transformación del costo de vida convive con modificaciones en la forma de organizar las jornadas. El tiempo disponible y las posibilidades de acceder a actividades recreativas también forman parte de las diferencias entre hogares, aunque el relevamiento no atribuye directamente esos cambios a la evolución de los precios.
Un presupuesto cada vez más difícil de organizar
La investigación plantea que el costo de vida porteño no se explica únicamente por la inflación general. La modificación de los precios relativos altera el peso de cada rubro y obliga a los hogares a ajustar sus decisiones con mayor frecuencia.
La vivienda aparece como uno de los principales condicionantes, sobre todo para quienes alquilan y cuentan con ingresos más bajos. Pero las diferencias también se observan en educación y salud, dos áreas en las que el nivel socioeconómico y el lugar de residencia se relacionan con distintas formas de acceso.
El panorama deja en evidencia que el presupuesto familiar no enfrenta las mismas exigencias en todos los sectores. Una familia propietaria, una pareja joven que alquila y un hogar de bajos ingresos tienen estructuras de gastos distintas y, por lo tanto, diferentes márgenes para absorber aumentos o reorganizar consumos.
Socías concluyó que la modificación constante del peso de los distintos gastos acorta el horizonte de planificación y obliga a las familias a reorganizar su economía una y otra vez.






