Antonini pastorcillo
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Hay formas de entender a la política que, ante cualquier tropiezo con la realidad, siempre alegan el accionar malvado de algún tercero en las sombras. Pero si todo el tiempo, en todos los casos, persistiéramos en culpabilizar invariablemente a perversos enemigos al acecho, el final puede parecerse al del pastorcillo y el gran lobo.
Las conspiraciones del FBI salen hasta en las películas, pero si un mercenario pueril, probado frecuentador de funcionarios argentinos y venezolanos, se sube a un avión fletado por la Argentina, con una valija llena de dólares inexplicables que intenta ingresar sin avisarles, no resulta detenido ni indagado por juez alguno, es visto en un acto oficial en la Casa Rosada y se marcha sin que nadie se lo impida, nuestra respuesta debiera incluir algunos esclarecimientos y no limitarse a una indignada invocación de virtudes mancilladas.
Hace once meses, cuando recién aparecían las grabaciones, el gobierno reaccionó de manera similar, y una mayoría importante del poder legislativo en su conjunto lo acompañó, condenando oficialmente a los Estados Unidos directamente como país, por haber «alentado una nefasta operación de inteligencia que tiene como consecuencia directa el menoscabo de la institución presidencial de nuestra Nación».
Ahora, al momento de redactar la Cancillería, este comunicado del jueves, ¿habrá tomado en cuenta si el Congreso estará dispuesto a repetir ese apoyo al Ejecutivo, mientras el mundo nos observa muy atentamente?
Por otra parte, este innecesario enfrentamiento con Washington se produce exactamente a veinticuatro horas de que Bolivia expulse al embajadornorteamericano y Venezuela haga lo propio un día después, justamente en la misma fecha del comunicado de nuestra Cancillería. Nadie supone que se trata de una casualidad: por tres distintas razones, tres distintas cancillerías apelan, una vez más, a la siempre confortable explicación de la conspiración foránea.
Si enfrentarnos con Washington por Antonini ya resultaba discutible, hacerlo pegándonos al bonapartismo setentista de Chávez y Morales supone agravar el problema, no acotarlo ni mucho menos solucionarlo.
El interés nacional en juego envuelve a la figura presidencial, piedra angular de nuestro sistema republicano, recuperado en 1983 luego de sacrificios que merecen un gran respeto. Las reacciones ante la adversidad debieran incluir, antes que nada, un previo análisis de nuestras propias inconductas y, si al final decidimos inculpar a conspiradores extranjeros, convendría estructurar argumentaciones al menos algo más sólidas que la efervescencia jacobina de una asamblea estudiantil adolescente.
(*) Ex vicecanciller durante la gestión de Guido Di Tella.



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