Argentina, Chile, y el espejo de la radicalización política sudamericana

Opiniones

Para realizar una comprensión con cierto tino de aproximación hacia algún tipo de racionalidad prospectiva, tenemos que entender que cada región posee sus características propias. Y Sudamérica, por supuesto, tiene sus particularidades. 

Aunque en la actualidad algunos las ponen en tela de juicio por su supuesta obsolescencia, a lo largo del último siglo las discusiones ideológicas suelen ser determinantes. Sobre todo para aquellos que tienen mayores carencias y encuentran en la política con fundamento moral las respuestas a sus problemas cotidianos y estructurales.

Para realizar una comprensión con cierto tino de aproximación hacia algún tipo de racionalidad prospectiva, tenemos que entender que cada región posee sus características propias. Y Sudamérica, por supuesto, tiene sus particularidades.

Sin entrar en una perspectiva historicista, durante el corriente siglo una diversidad de gobiernos progresistas, con profundos coqueteos filosóficos preelectorales bajo proclamas de izquierda radical, terminaron amalgamándose a la lógica sistémica. Con mayor o menor suerte, con mayor o menor capacidad política y de gestión.

También la derecha tuvo algunas oportunidades; sin embargo, sus fracasos provocaron alternancias más frecuentes que lo deseado por el ala más conservadora de sus respectivas sociedades. Es que en un subcontinente donde reina la desigualdad, el cansancio de las masas olvidadas y empobrecidas generalmente termina redoblando la apuesta y las ansias de cambio. Ello a pesar de la ignorancia y los promiscuos engaños mediáticos.

Hoy es el caso de Chile, nación que afronta este domingo su elección presidencial más incierta en mucho tiempo. No solo porque por primera vez desde hace 16 años ni Sebastián Piñera ni Michelle Bachelet se presentan en la contienda, sino porque además sus laderos, la Demócrata Cristiana Yasna Provoste y el conservador Sebastián Sichel, no pueden sacar los pies del plato con sus respectivas tibieza pseudo reformista y las acusaciones de corrupción. Todo ello en un momento donde no se sabe a ciencia cierta hacia donde se va a redirigir la ebullición social post 2019, en un contexto de tensiones de precios (inflación de 5,8% en lo que va del año, casi el doble del promedio chileno de la última década), un ajuste socio-económico con basamento en el intocable modelo neoliberal, y un fenómeno inmigratorio/mapuche de flácido control, entre otros.

Bajo este escenario, el ex líder estudiantil Gabriel Boric, quien representa a la coalición más a la izquierda del Frente Amplio - que además tiene como aliado al Partido Comunista – y apoya fuertemente una amplia revisión de la nueva constitución lograda con la lamentable sangre derramada luego de los trágicos sucesos de hace dos años, y el ultraderechista José Antonio Kast, con un discurso antiaborto, homofóbico y defensor de las políticas llevadas a cabo durante la última dictadura de Augusto Pinochet, llevan la delantera y seguramente disputarán el ballotage.

Queda claro que el estallido social apuró de forma dramática muchos procesos sociales, políticos y económicos que se encontraban aletargados; quien dice si no hubiera existido el dilema del boleto si alguna vez se hubieran disparado. Pero la historia ya se encuentra escrita y ahora dependerá si prevalecerá el dejá vu de la nostalgia nacionalista en base al orden y a la estabilidad macroeconómica, o por el contrario primará el rol de los jóvenes y su involucramiento en el cambio desde abajo que nació de la bronca y el descontento derivado de la ineficacia para terminar con la pobreza y las inequidades que la Concertación no pudo siquiera amainar – por acción u omisión, dependiendo quien cuente la historia y desde la perspectiva que se lo observe -, y que conllevó hasta el actual punto de inflexión que se verá reflejado en las urnas este domingo.

Cruzando la cordillera, en nuestro país se ha desarrollado en la última década un fenómeno urbano y cosmopolita de alto contenido e involucramiento tecnológico que ha calado en beneficio de la extrema derecha libertaria; y, por otro lado, la recuperación de la izquierda de un voto obrero, femenino y joven desencantado con el progresismo que se ha mostrado inerte durante años para combatir la desocupación, los bajos salarios, la pérdida de poder adquisitivo ante la inflación persistente, y la desigualdad creciente.

También existe otra realidad: a pesar de encontrarse impregnados con baños de ideología teórica, ambos polos fundamentalistas manejan al dedillo la nueva política, la agenda diaria de los temas puntuales, los tema que le importan a la masa como individuos – así es, hasta la propia izquierda colectivista se aggiorna a esta ‘novedosa perspectiva’ -: la falta de oportunidades para desarrollarse profesionalmente, el cuidado del medio ambiente, un derecho de género sentido como inalienable, etc.

Como complemento racional, el crecimiento sostenido de ambos partidos ‘extremistas’, posee más razones en los eternos fracasos de los partidos políticos tradicionales, donde la centro-derecha y la centro-izquierda hicieron agua en términos morales y técnicos en el último medio siglo.

Ahora bien, ¿Ello es suficiente para que estos partidos políticos tengan reales posibilidades de alcanzar el poder ejecutivo, como ocurrió en el caso del Brasil de Bolsonaro, o seguramente ocurrirá en Chile a partir de 2022?

Difícilmente. Por un lado, porque el desencanto tibio se canaliza por las mayorías a través de las urnas. Ciertos grupos que tienen resistencia bajo la ‘paz de los justos’ – o como dóciles terneros – conjugan y fusionan erróneamente vehementes reclamos sindicales, de partidos de izquierda u organizaciones sociales, a lo que se le adiciona la historia relativamente reciente de violencia política que apunta contra la radicalización verbal o callejera de las mayorías que ellos consideran ‘fundamentalistas sin fundamentos lo suficientemente válidos’.

Por otro lado, los claroscuros que han tenido las experiencias internacionales de ambos lados de los polos no solo generan discusiones profundas en el minoritario electorado sofisticado para con la comprensión de las dinámicas políticas y económicas con sustento teórico y práctico, sino que además asustan por lo escuchado y lo desconocido para el electorado medio. Finalmente, también hay que adicionar la preeminencia del ‘conservadurismo en todo sentido’ – léase barones del conurbano, feudos políticos norteños, una oligarquía terrateniente conservadora que continua colonizando las mentes de una clase media dependentista, etc. – que canalizan la grieta dentro de los márgenes del statu-quo..

Por ende, licuados en un desencanto bipartidista que parece continuar por varios años más, los libertarios y la izquierda terminarán jugando como partenaires en las elecciones presidenciales de 2023. Pero seguramente, a diferencia del pasado, su crecimiento cuantitativo representará un escollo más molesto que requerirá un esfuerzo político aún mayor al deseado por el FDT y JXC. Es que en la disputa por el electorado y bajo el inexorable coqueteo de la política para alcanzar el poder, la búsqueda de alianzas y consensos podrían ser inocuos para los – todavía – partidos mayoritarios, ante quienes dicen no negociar sus valores bajo la inmoralidad reinante.

Analista Internacional, Twitter: @CafuDiego

Temas

Dejá tu comentario