Cuentos de la Pandemia XXVI: "El Pescador" (Ilustración de Julián Ochoa)
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Eran las 8:15 de la mañana, recién amanecía en Mar del Plata. Sobre la mesa estaba el telegrama. Había llegado ayer, Silvio lo había leído varias veces con la esperanza de que tuviera un error de comprensión. Las líneas, dos, eran muy claras, lo interpretó bien, no se había equivocado. Pensándolo bien, un notificación del trabajo sólo puede tratar de una cosa. Nuevamente iba a estar sin nada que hacer, pero sin trabajo.
Tomó nota de la fecha en la que se tendría que dirigirse hacía las oficinas de personal para firmar la liquidación. Era ese mismo día, a la una de la tarde. Un compañero le había dicho meses atrás que la indemnización que solían otorgar era menos de lo pensado, que lo mejor era demandar a la empresa con un abogado. No iba a ser su caso, pasaría puntual por la oficina y firmaría sin condiciones. Luego iría a la oficina de desempleo para gestionar el subsidio. De todas las veces que había recibido ayuda estatal de desempleo, sería la primera vez que cobraría el plus para mayores de sesenta años. Tenía sesenta y uno.
Se levantó de la silla, fue hacia el televisor y giró la perilla para encenderlo. El aparato hizo un ruido de falla que no hacía cuando, hace mucho, era nuevo. La perilla giraba pero no funcionaba. Primero, se escuchó el sonido, un minuto después aparecieron la imágenes del noticiario. Era una imagen gastada, como si hubiera un nube que impedía ver el color tal como es. Parecía que el programa de televisión era de había treinta años. Se mantuvo por un momento con la cara casi pegada al aparato ya que a veces se apagaba solo apenas encendido. En una ocasión su ahijado había querido llevarlo a un servicio técnico, pero Silvio no estuvo de acuerdo ya que sólo tardaba un poco en calentar y ya.
Fue a la cocina a preparar café. Mientras llenaba la pava con agua tomó uno de los dos pocillo que estaba sobre la mesada. Al mirar en su interior vio que tenía restos de huevo batido del día anterior o de antes. Colocó la pava sobre la hornalla y agarró el otro pocillo, en el fondo tenía un color marrón casi negro, se la aproximó a la nariz, eran restos de café. Sacó el pote de café de la alacena, puso una cucharada y media en el pocillo, tiró el pote al balde con basura que estaba al lado de la cocina. Llenó la tasa hasta la mitad y se dirigió a la mesa, lo bebió amargo, el azúcar se había terminado unos días antes. Cuando quedaba, aun, un trago por consumir apoyó el pocillo sobre la mesa y lo alejó, deslizándolo, unos centímetros. Justo en ese momento sonó la puerta.
-¿Quién es? Nadie contestó. Apretó el repasador que tenía en su mano izquierda, estaba amarillento y con manchas marrones.
- ¿Quién es? – dijo un poco más fuerte.
- Soy Salazar, justo pasaba por acá y pasé a saludarte, respondió mientras se sacaba el barbijo
Antes de que terminará de hablar, Silvio abrió la puerta y caminó hacia adentro.
-Permiso- dijo Salazar. Caminó unos pasos y dejó sobre el piso un bolso azul, pequeño, compacto, parecía estar repleto. Su forma geométrica ya se había perdido, ahora estaba hinchado. Mientras se sacaba la campera se acercó a la mesa, tomó una silla, la alejó de la mesa para respetar la distancia social y se sentó. Apoyó la campera sobre sus piernas y estiró ambos brazos desperezándose.
Silvio tomó el telegrama y lo apiló junto con otros papeles. Sin darse vuelta dijo:
-Tuviste suerte de encontrarme, me estaba preparando para salir por primera vez, hoy no me queda otra.
-Entonces tuve suerte por dos porque la puerta del pasillo estaba abierta. En la puerta había un viejo con barbijo que me preguntó adónde iba, le dije: Silvio. Cuando ya había entrado dijo otra cosa pero no entendí le presté atención, con lo cansado que estoy no me iba a poner a hablar con un desconocido.
-Sí- dijo Silvio y se sentó, entrelazó los dedos. Es un hombre que vino hace poco tiempo, lo vi dos o tres veces de lejos, siempre está en la puerta, agregó.
- Capaz espera su carta de jubilación, completar su vida miserable y no esperar más nada – dijo Salazar y suspiró pasándose la mano derecha por la nuca. -Yo por eso ya no espero nada,¡va!, nada bueno.
- ¿Y que andas haciendo por acá? Hace unos mese que no te veo en bar.
- Estuve trabajando en un barquito pesquero, por contrato. Hoy terminé el aislamiento en el hotel al que nos llevaron cuando llegamos al puerto. El trabajo del pescador es duro pero no pagan tan mal como pensaba. Pasado mañana tengo que pasar por la oficina a retirar el cheque.
- ¿Y después qué vas a hacer?
- Me tomaré un descanso y veré qué encuentro. Ya tuve bastante pescado por este año. Vos ¿ya te retiraste?
- Ya estoy jubilado pero sigo trabajando para arreglármelas. Ahora tengo unos pocos días de descanso. En este trabajo no me dan respiro. No te ofrezco café porque no tengo.
- Tomé uno antes de bajar del barco pero por el sueño que tengo, se vé que no hizo efecto.
- Ya vengo- dijo Silvio y entró al baño. La puerta estaba entre abierta y se veía la pintura descascarada de la pared.
Salazar se levantó, fue hasta la cocina y dijo: ¡voy a servirme agua!. Silvio no respondió.
Abrió la heladera, había un plato con un pedazo que queso fresco ya seco, dos cebollas, un bowl con carne picada y una botella de vodka destapada. Tomó la botella y bebió tres tragos. La heladera olía normal. Todo el mal olor estaba concentrado en pico de la botella. Fue hacía la pileta y abrió el grifo. Agarró un vaso medio lleno que contenía las costras que caían de la manija del agua fría, lo vació y, sin enjuagarlo, lo cargó hasta rebalzarlo. Tomó hasta la mitad y lo apoyó en la mesada. Volvió a la heladera y bebió del pico un trago largo. Antes de guardar la botella fue hasta la mesada y vertió vodka hasta completar el contenido del vaso. Volvió a la silla y sin soltar el vaso, colgó la campera en el respaldo.
Silvio salió del baño, revisó la pila de papeles y sin mirarlo le dijo: En un rato me voy a ir. Tengo cosas que hacer en la calle. ¿Vos para que lado vas? En realidad no le importaba el destino de Salazar pero quería introducir el final del encuentro. Esperaba una respuesta rápida.
-Silvio, tengo que pedirte un favor- dijo apoyándo los antebrazos sobre los muslos.
-Dinero no te puedo regalar ni prestar, está vez realmente no puedo.
-Bueno, tres veces suerte. No, no quiero pedirte dinero. La cosa es así, hoy terminé el aislamiento en el trabajo en el barco, me pagan en dos días. Ya con esa plata me alquilo una pieza y espero unos días hasta el mes que viene. Me dijeron que el primero de mes van a tomar gente para trabajar por tres meses en el matadero. Más corta no la puedo contar, ¿me puedo quedar acá hasta pasado mañana? Me sobraron algunos pesos que pueden alcanzar para compra dos botellas de vino malo o una botella de vino con etiqueta que simula no ser malo. ¿Qué decís?
-Bueno ya estás acá, no te voy a echar ahora en plena cuarentena. Además, qué sentido tendría, seguro que empezarías a suplicar y la verdad no tengo ganas de escucharte. En algún momento tenés que bajar, no vas a poder pasar toda la vida yendo de acá para allá con ese bolso asqueroso y ofreciendo botellas de vino para compartir a cambio de tener un lugar para dormir. Silvio tomó el bolso y lo llevó al lado del sillón donde estaba Salazar.
- Es verdad, no puedo seguir así. Pero quédate tranquilo, no voy a seguir así, ya tengo otros planes pero necesito una ayuda inicial en este momento. –Salazar se acomodó más pomposamente al haber ganado el territorio.
-Vas a dormir acá mismo, la heladera está casi vacía y lo que hay no le da a uno ganas de comerlo. No tengo agua caliente y no podes entrar a mi pieza. ¿Estamos?.
- Si, gracias. Qué alivio, yo sabía que no me ibas a dejar en esta, respondió Salazar.
- Ya vengo, voy a mi pieza, deseó no haber contestado a los golpes de la puerta.
- Esperá, tengo algo para vos. Abrió un bolsillo lateral del bolso y sacó una pequeña barra de chocolate. Tomá, nos daban una por día el barco. Decían que servía para subir el ánimo. Esta me la dieron antes de bajar, la última.
- No como chocolate, me empalaga.
-Es chocolate amargo del más barato. No nos van a dar chocolate suizo, estiró la mano para entregárselo.
Silvio lo tomó de mala gana y se lamentó por haber usado otro argumento rápidamente. Ya vuelvo, le dijo, giró y caminó hacia la habitación. Abrió el ropero. La parte interna de una de las puertas tenía recortes de diarios muy viejos, ya estaban ahí cuando se mudó. La noticia del periódico comentaba de un robo a un banco. Siempre se preguntó si ese recorte había sido colocado allí por alguno de los ladrones. Tomó la percha donde colgaba el sobretodo, era verde oscuro pero se había perdido bastante de lo oscuro. Apoyó el abrigo a lo ancho de la cama y lo abrió. También había colgado una camisa blanca, un pantalón gris y un cinturón. No recordaba cuando los había vestido por última vez. Se quitó su ropa y la guardo sin doblarla. Comenzó a abotonar la camisa y mientras la metía dentro del pantalón dijo sin moverse:
-Si vas a fumar no apagues las colillas en el piso.
- Si, no te preocupes, eso nunca – afirmó mientras fumaba el segundo cigarrillo, el primero lo había apagado en el piso y luego lo arrojó por la ventana. – Silvio, ¿sabés si hay alguna lavandería abierta por acá?, tengo que llevar a lavar toda la ropa del bolso. Cuando estén limpias si querés te dejo un par de pinchas, somos del mismo talle. Además, una vez que arranque el nuevo trabajo voy a andar siempre con el mameluco blanco.
-Hay una a tres cuadras, dijo Silvio mientras salía del cuarto y cerraba la puerta.
-¡Pero qué elegancia!, parece que vas a robar un banco – sonrió, sin repreguntar más sobre la ubicación de la lavandería.
- Voy a tardar un rato, si te da hambre anda al bar atienden solo en la vereda, hasta las dos y media. Vas a tener que pedir que te lo anoten.
- La verdad no tengo nada de hambre. Lo que sí, estoy muy cansado, me va a venir bien una siesta de medio día. ¿Sabés si alguien alquila alguna pieza por acá o alguna pensión que no sea tan asquerosa y no esté llena de extranjeros?
- No conozco ninguna por acá pero mañana viene el casero a cobrar el alquiler, tal vez el pueda saber o te puede ofrecer algo acá, en el fondo se desocuparon dos viviendas. Son los más viejos del PH y están sin pintar pero piden dos meses de garantía.
- Qué lástima, ya me había ilusionado. Seríamos vecinos, otra vez. La verdad es que no me da para un departamento, ni siquiera para uno como este, así que veré qué es lo que me depara, – terminó la frase y bostezó largamente. Es cómodo este sillón.
- Es el único que hay. ¡Será posible, no agarré el documento!.
-Me extraña compañero, el documento lo llevo siempre acá. – dijo y se golpeó en bolsillo del pantalón. Siempre me atormenta la idea de morir en la calle y que llamen erróneamente a familiares de otras personas extraviadas para que tengan que ir a la morgue a reconocer mi cadáver. Que mal trago pasarían por mi culpa, la morgue es terrible. De eso uno no se olvida. Nunca me olvidó de eso completamente. En cambio, llevando el documento siempre encima, me identificarían rapidito y de ahí a la morgue. Siempre termino en la morgue pero si me identifican antes, no voy a jorobar a nadie.
Silvio recogió el telegrama de la mesa y lo puso en el bolsillo interno del saco. Faltaba algo, el documento. Seguro se lo iban a pedir para firmar. Además lo necesitaría en el banco para cobrar el cheque. Iba a hacer todo el mismo día. Por un instante pensó en cómo trasladar los billetes del pago. Los bolsillos del pantalón no eran muy espaciosos y el sobretodo sólo tenía uno interno, necesitaría su carterita pero ni recordaba donde podría estar. Abrió el cajón de la mesa de luz para tomar su documento que estaba apoyado sobre un pequeño cuaderno de espiral. Observó el cuaderno por unos segundos y lo agarró. Lo abrió por la mitad, había anotado varios números de teléfono no ordenados alfabéticamente. Todos los teléfonos anotados tenían un número menos que los teléfonos de ahora. Recorrió la segunda mitad del cuaderno hasta que en la penúltima carilla vio un número anotado con una birome roja, la caligrafía era de otra persona, aún así él trazo se parecía al suyo. También había una dirección y el nombre de la ciudad. Toda esa información estaba en la memoria Silvio, no necesitaba leerla para recordarla pero esa caligrafía ajena le hizo pensar en un lugar compartido, no oculto. Hacía veintiséis años que ya no iba para allá, ni llamaba, ni nada. De vez en cuando lo pensaba, cuando bebía lo pensaba siempre. Guardó el cuaderno y el documento en el otro bolsillo interno del sobretodo junto con el telegrama. Salió del cuarto y cerró la puerta.
- Si salís a la calle no te olvides de... –se interrumpió completamente al ver a Salazar tendido en el sillón, completamente dormido. El bolso estaba arriba de la mesa, los dos bolsillos laterales estaban abiertos. Se había tapado el torso con la campera. Silvio pensó en lo inexacto que era taparse con una campera en lugar de ponerse la campera. Desde uno de los bolsillos de la campera sobresalían unos papeles doblados y algunos billetes.
Fue hasta la heladera y buscó el vodka. Tomó dos tragos cortos, tapó la botella y la dejó encina de la heladera. Ya no necesitaba vodka tan frío. El ambiente aportaba suficiente frío. Seguía pensando donde guardar el dinero que iba a retirar del banco. No hubiera tenido tapujos de usar una bolsa de plástico con las que hacia las compras de no ser porque no tenía ninguna al alcance. Últimamente iba a comprar de a una o dos cosas, no necesitaba ninguna bolsa. Las últimas te tuvo las usó para la basura.
Fue hasta el sillón para preguntarle a Salazar si tenía alguna bolsa, continuaba totalmente dormido. No se había movido ni un centímetro. Estaba tan agotado y vencido como el sillón. Prefirió no despertarlo. Pensó en lo práctico que era Salazar para trasladarse. Tenía todo en los bolsillos, sólo llevaba documentos y algunos pocos pesos. Ni siquiera necesita la ropa no lavada, tampoco necesitaba ese bolso ruinoso.
Silvio miró en su bolsillo interno para verificar que no había olvidado nada. Todo estaba allí, el documento, el cuaderno y el telegrama. Abrochó el único botón del saco, tomó el bolso y lo subió a la mesa, cerró sus dos bolsillos laterales. Seguía estando muy lleno, pero los bolsillos estaban vacíos. Tomó la correa y se lo colgó en el hombro, era bastante liviano, seguramente sólo contenía ropa. Se detuvo ante el televisor, le sacó la perilla selectora de canales y la guardó en el bolso. Se subió el barbijo, continuó caminando y abrió puerta, la llave quedó del lado de adentro. La puerta de calle seguía abierta. Salió a la vereda y se detuvo. Pensó en regresar y meter la botella de vodka en la heladera. Si Salazar no se despertaba pronto la botella iba a perder frío por demás. Pero decidió no volver atrás, consideró que un vodka natural no era algo tan grave. Además el frío de su heladera tampoco era el mejor lugar, “nada era Moscú”.
Retomó el paso, estaba bien de tiempo para poder hacer todo lo necesario. Seguramente, pensó, llegaré a la casa al anochecer.
Este cuento forma parte de la iniciativa Escribir alivia, de Lili Ochoa De la Fuente. ¿De qué se trata? En su charla “Cerebro, corazón, pulmón y escritura”, Lili te cuenta cómo la escritura alivia. Te invita a probar y a enviarle lo que escribas a ochoadelafuente@gmail.com
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