1 de noviembre 2020 - 00:00

CUENTOS DE LA PANDEMIA XXIV: "Elegía y celebración para la abuela Blanquita"

Cuando nacés 16 años antes de que Borges escriba su Aleph, un coronavirus no es más riesgoso que sentarte en el inodoro o que ir al asadito familiar sin camiseta debajo de la blusa.

CUENTOS DE LA PANDEMIA: Elegía y celebración para la abuela (Ilustración Indiana Candia IG: @indusc)

CUENTOS DE LA PANDEMIA: "Elegía y celebración para la abuela" (Ilustración Indiana Candia IG: @indusc)

CUENTOS DE LA PANDEMIA es una sección de Ambito.com donde se publican cuentos breves, historias, relatos, crónicas o ensayos de ficción, vinculados a la pandemia del coronavirus Covid-19.

El 20 de marzo de 2020 comenzó lo que, en ese momento, iba a ser una cuarentena. El día 19, uno antes; Blanquita, mi abuela, cumplió 87 años. Ochenta-y-siete.

Cuando mi abuela nació, corría 1933. No existían cosas como los satélites, las computadoras, y conceptos como un teléfono celular o internet no eran ni ciencia ficción: ni siquiera habían sido imaginados aún. En Alemania un tal Hitler tenía unas ideas extrañas pero no mucho más y pasarían varios años hasta que comenzara la Guerra Fría o un avión se estrellara contra las Torres Gemelas en Nueva York. Faltaban dos años para que se estrellara el avión que llevaba a Gardel, 13 para que un Coronel llamado Juan Domingo fuera nombrado presidente, 27 para que naciera el Diegote (y 53 para que nos diera algo de revancha contra los Ingleses) y 83 para que Palacio no la tirara por abajo. Era por abajo, Palacio.

Ese día de 1933 faltaban exactamente 87 años y UN día para que comenzara esta cosa que llamamos "cuarentena", y nació Blanquita Ana.

Cuenta ella, única testigo viva del evento, que nació en una toldería cerca de un pueblo llamado Sarmiento, o "Colonia Ideal" como le pusieron los gringos que la fundaron, a orillas del lago Musters en el sur de Chubut. Que no se llamaba en ese entonces Chubut, que recién nacería en 1955, 22 años después que mi abuela Blanca.

Hija de doña Rosa, aborígen Tehuelche argentinizada, y vaya a saber qué padre (ella sospechaba del gallego Poza, me lo contó varias veces... pero los ojos verdes oscuros de mi abuela me hacen pensar más en algún escocés, algún boer o capaz un galés de ésos que se asentaron con la venia de las autoridades nacionales en tierras ancestrales de los aborígenes), Blanquita vivía en pleno campo. Mil historias lo retratan, como cuando me contó que aprendió a buscar un hueco o cueva para resguardarse de una tormenta de rayos, o de cómo le encargaban cuidar a las chivas que eran para carnear (salvo a su preferida), o de cuando la mandaban a cambiar leche de esas mismas chivitas por harina o aceite al almacén/proveeduría del pueblo.

De adolescente pasó el ejército y se la trajo para mi Comodoro natal, a trabajar de criada para unos alemanes. Ella siempre quiso a esa familia. El patrón (a veces le salía "amo") era borracho, pero le pegaba poco, cuenta. Así fue hasta que un Riojano, un tal Blas (Blas María, mi abuelo se llamaba María), llegó traído por YPF para laburar el petróleo. Montador de turbinas era mi abuelo Blas. Alcohólico también, "pero buen hombre" siempre contó mi abuela. La casaron joven, y joven fue mamá. Mamá de mi mamá, también Blanquita.

Siempre fue más animal de campo que bicho de ciudad mi abuela. En su casa, construida por sus manos y las de mi abuelo, tenían un patio ancho y profundo. Siempre tenía su quintita. Me enseñó a cultivar maíz y a cuidar rosales. Me enseñó a elegir las hojitas de eucalipto para ese tuco especial que solo se comía en su casa. Me enseñó a matar ratas. Me hacía jugar con maderas, clavos y alambres. Con ella enterré en ese patio como 5 chupetes, hasta que finalmente lo dejé, y también enterré a todos los perros que acompañaron mi vida. Y yo amaba eso.

Blanquita (mi abuela) vivió ahí, su vida de india metida en la ciudad, durante casi 70 años. Digo casi porque, cuando mi hermana y yo nacimos, no dudó un segundo en irse a vivir a un rancho de chapa en la parte fea de la ladera del cerro (donde el viento pega más fuerte en la capital nacional del viento) para que mis papás, mi hermana y yo tuviéramos paredes techo y piso de cemento. Nunca dijo nada. Se las ingenió para hacerme jugar en la ventana: me sentaba y me decía que era un caballo, y yo cabalgaba. Me hacía pan, pizza, y siempre su tuco con eucalipto.

Yo crecí y mi vida fue distinta: tuve suerte. Pude ir a una buena escuela (de curas, exigente y cuestionable en algunas exigencias, pero eficiente en enseñar) y a la universidad. Me recibí y conseguí, primero no tan buenos trabajos, pero siempre para adelante. Hice mi vida, que es la vida que me gusta vivir. Mi abuela Blanca, como le dije a mi hoy esposa una vez, siempre estuvo ahí: "cuando la cosa es difícil, o está todo mal, o a veces cuando está todo bien, ella nunca te juzga: siempre te ve flaco (no estoy flaco desde que tengo 17 años) y te hace algo rico de comer". Me acuerdo una vez q venía complicado en el trabajo, llegué a su casa a almorzar y como me vio "con hambre" me hizo tortilla, y también choricitos a la parrila. Y pan casero. Con gaseosa que mandó a comprar al hijo del vecino. Después me aconsejó que me durmiera una siestita. Ésa era mi abuela, una persona que más que cualquier otra cosa, era una abuela: la mía.

Pasaron los años y mi abuela siempre siguió en lo suyo: empleada doméstica toda su vida, en épocas donde no se pagaban aportes a las "empleadas", se jubiló sin aportes, espalda ni rodillas. Cobrando menos que la mínima (porque una parte se la quedaba ANSeS para cobrarle a ella lo que el patrón de mi abuela nunca le aportó) hacía pan y tuco con hojitas de eucalipto y lo vendía por su barrio para hacer unos pesitos. Una vez, se fue al casino, agarró un pleno y me compró algo que me había escuchado mencionar mucho: una Playstation. La primera. Cuando me la compró, acá en Comodoro no conseguías ni juegos para ponerle ni transformador para enchufarla, porque era importada de Japón. Nunca supe cuánto le costó, pero sí supe entonces que tanta plata ella nunca había gastado en nada. Yo tenía no más de 13 años allá a principios de los 90, pero ya sabía que mi abuela se había gastado todo en mi sonrisa ese día.

Ya siendo yo más grande, con auto, me empecé a dar el gusto de ayudarla. Llevarla a jugar a la canasta a lo de sus amigas en mi auto, comprarle masitas o facturas e ir a visitarla para tomar unos mates. Traerla al asadito los findes con la familia de mi esposa. !!!Cómo quería mi abuela Blanca a mi esposa!!! desde el primer día. Hasta en sus últimos momentos, de menos lucidez, donde me confundía a mí con mi abuelo fallecido hace 40 años, me preguntaba por mi esposa, si tenía trabajo, si seguía tan hermosa como siempre "esa rubia tuya". Sí abu, Sigue tan hermosa.

Mas años pasaban, menos amigas le quedaban. Se van muriendo, ¿no? es la vida. Antes era todo un circuito para juntarlas con el auto para tomar el té y jugar a la Canasta. Cada vez el circuito más corto. Primero Dorita, luego María, luego Celia y después la Joaquina. Se quedó solita Blanca, pero me tenía a mí. Todos los viernes a la mañana la llevaba al supermercado, a la carnicería, a la pollería y luego a la fiambrería: la carne, el pollo y el fiambre se compran donde se compran, no en el supermercado "donde te venden cualquier cosa". Sí, los viernes a la mañana, porque el buen Petoy, mi jefe, entendía la relación entre una abuela y su nieto. Gracias Vasco, ojalá nos veamos allá, te extraño, te extraño, te extraño.

Pero el tiempo es implacable. Primero era verla cada vez más seguido. Después, poner alguien que la ayudara a la tarde a limpiar y a ordenar. Luego, gradualmente, que la acompañara todo el día. Y toda la noche. Traerla a vivir a unas cuadras de mi casa para poder ir a verla todos los días al salir del trabajo.

A sus 85, luego de una trombo pulmonar que agravó su vieja arritmia, ya no había manera: necesitaba atención médica disponible las 24 horas: Así que se fue al hogar de Lorena (gracias Lorena, gracias.)

Al principio me lo pidió, luego se quiso arrepentir, pero finalmente encontró su lugar: con pedrito, con Ginger, y conmigo sacándola a pasear todas las semanas y siempre al asadito del sábado. Pero el tiempo es implacable. Ella lo sabía, yo lo sabía (aunque no quise jamás entenderlo). Y juntos nos fuimos preparando. Ese mes en el hospital fue tremendo, pero saliste bien Abu. La seguimos peleando, cada vez más pastillas, cada vez más médicos distintos, pero siempre para adelante.

Hasta que un día, después de tu cumpleaños 87 donde comimos torta, y te toqué la guitarra para que me cantaras con esa voz increíble, me dijeron que no nos podíamos ver más. Cuarenta días, lo que dura una cuarentena no es tanto, salvo que hayas nacido antes que Perón sea presidente, antes que Hitler invada Polonia, o antes que la Reina Isabel fuera Reina. Pero bueno, nos dimos un beso y un abrazo, y nos despedimos "hasta dentro de 40 días".

Ya pasaron más de seis (SEIS!!!) meses de ese beso y ese abrazo. Desde las videollamadas de Whatsapp vi a mi abuela Blanca adelgazar. Palidecer. Ví como, recién a sus OCHENTA Y SIETE años empezó a tener el pelo cada vez más blanco. Porque a Blanquita nadie le iba a decir cuándo tenía que tener el pelo blanco. Vi como, de a poco parecía estar cada vez más distante de la situación: como me preguntaba cuándo la iba a ir a visitar, cuando unos días atrás ella sabía por qué yo no iba. Tuve que soportar que me pidiera que la lleve a comer "uno de esos matambritos, ay que bien que asa tu suegro". Claudio, mi abuela siempre te adoró. Esos postres tan ricos "qué hace la señora", mi suegra. Cristina, el gusto por la tarta de manzana lo heredé de ella y siempre te respetó tanto que para ella siempre fuiste "la señora". Con esa pinta de alemana, estoy seguro, siempre la hiciste acordar inconcientemente a sus "patrones" gringos. No se animaba a decirte por tu nombre.

Nunca más pude llevar a mi abuela Blanca a comer esos asados, ni esas tartas de manzana tan ricas. Puta, ni siquiera yo mismo he podido.

Cuando mi abuela se cayó y se quebró la cadera tuvimos unos días juntos en el hospital. Pero ella ya se había ido. Estaba con "la nenita" (nunca supe quien esa esa nenita), y con "su mamita". Estaba con sus chivitas, en el campo, allá en Sarmiento, no en esa sala de hospital (gracias doctores y médicos del Alvear, gracias).

La operación salió bien, pero mi abuela ya no estaba más. Le dije chau, ese 19 de marzo, el día que cumplió sus 87. Nunca más pude volver a estar con ella.

Dicen los que deciden que lo más importante es la vida. NO. Lo más importante es, en el orden que más les guste, la dignidad, la familia, el amor. Estar juntos. Dicen que no hay libertad sin vida. La historia ha probado mil, cien mil veces, que la libertad y la vida suelen ir por caminos separados.

A mi abuela Blanca ya la vacuna no le va a servir. Y no porque desde ayer su persona ya no esté más, sino porque igualmente, para ella, no iba a llegar. Ella podía irse en cualquier momento: cuando nacés 16 años antes de que Borges escriba su Aleph, un coronavirus no es más riesgoso que sentarte en el inodoro o que ir al asadito familiar sin camiseta debajo de la blusa.

Cuando nacés 44 años antes de que Spinetta escriba una Canción para los Días de la Vida, entendés bien qué es un riesgo, y por qué, a veces, vale la pena tomarlo. Le robo las palabras al flaco abuela: no tuviste la suerte de que te educaran para ser elocuente, pero yo igual te entendía, así que las hago mías y las hago tuyas.

Si la lluvia llega hasta aquí, voy a limitarme a vivir. Mojaré mis alas, como el árbol o el ángel... o quizás muera de pena.

Chau abu, te amo para siempre.

Leo, que es tu nieto.

CUENTOS DE LA PANDEMIA Elegía y celebración para la abuela Ilustración Indiana Candia.jpg
CUENTOS DE LA PANDEMIA:

CUENTOS DE LA PANDEMIA: "Elegía y celebración para la abuela" (Ilustración Indiana Candia IG: @indusc)

Para leer más Cuentos de la Pandemia:

CUENTOS DE LA PANDEMIA I: "Clase a distancia en cuarentena"

CUENTOS DE LA PANDEMIA II: "La Rabia"

CUENTOS DE LA PANDEMIA III: "Qué día es hoy"

CUENTOS DE LA PANDEMIA IV: "Retorcijones"

CUENTOS DE LA PANDEMIA V: "La casa de los sordos"

CUENTOS DE LA PANDEMIA VI: "El amante pandémico"

CUENTOS DE LA PANDEMIA VII: "WENYI"

CUENTOS DE LA PANDEMIA VIII: "La tormenta"

CUENTOS DE LA PANDEMIA IX: "Olivia tiene miedo a salir"

CUENTOS DE LA PANDEMIA X: "La selva que hay en mí"

CUENTOS DE LA PANDEMIA XI: "Como luciérnagas en el pulmón de manzana"

CUENTOS DE LA PANDEMIA XII: "Una excursión al mundo exterior"

CUENTOS DE LA PANDEMIA XIII: Despertarse cada mañana y preguntarse: ¿qué día es hoy?

CUENTOS DE LA PANDEMIA XIV: "La Cocina de Teresita"

CUENTOS DE LA PANDEMIA XV: "El ritual de la soledad"

CUENTOS DE LA PANDEMIA XVI: "Coronita"

CUENTOS DE LA PANDEMIA XVII: "Te quiero"

CUENTOS DE LA PANDEMIA XVIII: "En el Teatro, el show debe continuar"

CUENTOS DE LA PANDEMIA XIX: "El supermercado de zapatos"

CUENTOS DE LA PANDEMIA XX: "Suite presidencial"

CUENTOS DE LA PANDEMIA XXI: "El último vivo de los Rolling Stones"

CUENTOS DE LA PANDEMIA XXII: "Bordes de jade"

CUENTOS DE LA PANDEMIA XXIII: "Descomunicados"

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