Quién era Sanson, el verdugo que puso punto final al régimen de Luis XVI

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Charles-Henri Sanson fue el verdugo que se encargó durante 40 años de ejecutar la pena de muerte en la ciudad francesa de París.

El 15 de febrero de 1739 nacía Charles-Henri Sanson, el verdugo que se encargó durante 40 años de ejecutar la pena de muerte en la ciudad francesa de París. Entre las más de tres mil personas que mató se encuentra Luis XVI, Rey de Francia y Navarra, destituido por la Revolución Francesa y capturado por la Convención Nacional.

El día en que le tocaba afrontar la guillotina, Luis XVI, Rey de Francia y Navarra, se despertó a las cinco de la mañana, se confesó y asistió a misa por última vez. Evitó encontrarse con su familia para evitar dramáticas despedidas y que flaqueara su espíritu.

El trayecto desde la prisión hasta la hoy llamada Plaza de la Concordia -entonces conocida como la de la Revolución- demoró una hora. Una escolta de caballería siguió al carruaje. Los tambores del ejército marcaban el paso y pretendían tapar con su redoble cualquier muestra de apoyo al Rey. Ochenta mil personas presenciaron el último viaje del monarca.

El barón de Batz, que había financiado la fuga de Varennes, insistió en rescatar al Rey de su ignominioso destino. A tal fin tenía organizado a un grupo de 300 realistas dispuestos a interceptar el paso del monarca por las calles de París. Una denuncia hizo fracasar al plan, y Batz apenas pudo salvar su vida.

A las 10 de la mañana el carruaje llegó a la Plaza, donde se alzaba la llamada guillotina -que no era el invento del doctor Guilloni, como se creía, sino de su colega el doctor Luoise-. Una multitud de sans-culottes armados con picos y palas rodeaban el cadalso.

El Rey subió tranquilamente la escalera que lo llevaba al patíbulo, pero cuando se resistió a ser atado, el verdugo Sanson le dijo que este sería el último sacrificio y entonces Luis se dejó atar las manos con un pañuelo. A continuación, le cortó el cabello a la altura del cuello para exponerlo al corte de la guillotina. El Rey intentó dirigirse a la multitud, pero los tambores ahogaron sus palabras. Una vez más intentó proclamar su amor a la patria y su inocencia, pero no fue escuchado. “Que la sangre que vais a derramar nunca caiga sobre Francia”, fue el último deseo que no se cumplió. Desde su muerte en más, ríos de sangre surcaron toda Europa. Sanson mostró a la multitud la cabeza cercenada del Rey, y entonces se escuchó un grito: ¡viva la Nación! ¡Viva la República! La artillería tronó y la familia real supo que Luis XVI había sido ejecutado.

Una leyenda apócrifa sostiene que una vez ejecutado el Rey un hombre ascendió al cadalso y hundiendo su mano en la sangre del ex monarca exclamó: “Jacques de Molay, estás vengado”, refiriéndose así al último Caballero templario ejecutado por Felipe IV de Francia, un ancestro de Luis XVI. La historia se difundió y aún persevera, y esas palabras todavía se usan para referirse al triunfo de la razón sobre el dogmatismo religioso.

La ejecución de Luis XVI comprometió la responsabilidad de la nación entera, que se había hecho cómplice de una brutal ruptura con el pasado y un enorme conflicto con el resto de Europa, sintetizado en la declaración de la Asamblea Francesa del 11 de julio de 1792 -“Cuando la Patria está en peligro…”- circunstancia que habilitaba al Gobierno a apoderarse de los medios necesarios y recurrir a ejecuciones sumarias para defender a la patria que había sido llevada a un peligroso precipicio por la vehemencia de un grupo de exaltados.

(*) Médico oftalmólogo, investigador de la Historia y el arte y escritor.

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