31 de octubre 2008 - 00:00

La recesión, a sus anchas

La contracción de la economía de los EE.UU. ya es una tendencia instalada que ayer, como se esperaba, ratificaron las estadísticas oficiales. La debilidad es de larga data. Queda claro que el retroceso del nivel de actividad y del gasto agregado comenzó aun antes que, el 15 de setiembre, Lehman Brothers cayera en bancarrota. Su incidencia es mínima cuando se compara el promedio del tercer trimestre con el promedio del período precedente. Y así medida, la economía declinó 0,3%. Un registro que siendo negativo produjo alivio, ya que resultó más suave que lo que temía el consenso. Pero nadie ignora las consecuencias de la debacle de Lehman en los mercados financieros y de capitales ni sus rapidísimas derivaciones en el terreno real. Tocará a las cifras del cuarto trimestre capturar ese impacto a pleno. O sea que habrá que aguardar hasta enero para conocer en detalle el inventario de los daños. Cuando asuma el nuevo presidente de los EE.UU., diez días después, deberá desayunarse con una merma del producto bruto cómodamente superior a 2%.

¿Llegó la hora de doblar las campanas por la recesión? Nadie lo discute, pero no habrá todavía un anuncio oficial. A la organización no gubernamental que en los EE.UU. se ocupa de fechar las fases del ciclo económico -la National Bureau of Economic Research (NBER)- no la urge la prisa. Así, en noviembre de 2001, dictaminó que una recesión (la última en registros) había comenzado ocho meses antes, en marzo. Tiempo después (en julio de 2003) advertiría que, también en noviembre, en paralelo con el anuncio del inicio de la contracción, la misma había terminado.

  • Retrocesos

  • Para aquellos que necesitan decidir en tiempo real, esperar el veredicto de la NBER es un lujo imposible. Sin embargo, si se revisan las variables que contempla en su análisis, se verá que todas acusan ya retrocesos considerables. La más importante, la evolución del empleo, opera en declive desde que comenzó 2008. Y la destrucción de puestos de trabajo, por cierto, se agravó en los meses recientes. La producción manufacturera, las ventas reales del comercio y la industria y -agotado el plan fiscal de estímulo- el ingreso personal (neto del pago de transferencias) acompañan a la baja. El último mohicano que ofrecía resistencia, la propia marcha del producto bruto, ya curvó el lomo y aunque pueda repuntar el año próximo (quizás a caballo de una nueva ronda de incentivos fiscales), dada la magnitud del repliegue en curso, justifica usar el rótulo de recesión, con un margen razonable de confianza.

    Inspeccionar las cifras del informe de las cuentas nacionales, pese a sus limitaciones, resulta provechoso. La pieza más valiosa, de lejos, es una confirmación: la rendición incondicional del consumidor. Su gasto se recortó 3,1%. Sólo por ello -sin tocar otra variable- el producto bruto hubiera caído 2,25%. El consumo privado no se precipitaba desde la recesión de 1991. No puede decirse que no batalló. Tan recalcitrante afición no se vio perturbada en 2001 ni por la contracción económica ni por el ataque a las Torres Gemelas. Lo que no pudo la zozobra de entonces, lo logró la vorágine actual. El gasto en bienes durables, tras dos trimestres en baja, tiró definitivamente la toalla y se derrumbó 14,1%. El cuarto trimestre, por cierto, no promete mejoría. Quizás más significativo sea el derrape de los bienes no durables, un mejor reflejo del ajuste por su estrecha vinculación con la canasta básica de consumo. Sus ventas mermaron 6,4%.

  • Gasto

    La demanda interna no se retrajo tanto como el consumo -a pesar de otra vertical caída de la construcción de viviendas (-19,1%)- gracias al gasto del gobierno (5,8%) y una variación de existencias que aportó el equivalente a medio punto del producto bruto. El gasto del gobierno federal se disparó 13,8% impulsado por un salto puntual de las erogaciones de defensa (18,1%) y un comportamiento no despreciable de los otros renglones (4,8%). Pero se advierte una desaceleración del gasto a nivel de estados y ciudades (+1,8%) y la reciente asfixia financiera sobre los títulos municipales no augura demasiadas posibilidades de expansión. Un plan de estímulo fiscal debería cubrir este flanco.

    Mientras el consumo privado se contrajo 3,1%, la demanda interna final lo hizo en 1,3% y, si se toman los inventarios, en 0,8%. Que el producto bruto mitigara ese efecto es mérito de la contribución positiva del sector externo. Pero su influencia está en previsible retirada - aportó 2,9 puntos del PBI al crecimiento del segundo trimestre y sólo 1,1% en el tercero- a medida que la crisis agobia cada vez más y más al resto del mundo. Será difícil que una tracción de similar magnitud pueda sobrevivir en 2009.
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