Microsoft: ganadora de las acusaciones contra las gigantes digitales

Opiniones

Se perfila como beneficiaria directa si prospera la subsecuente denuncia del Departamento de Justicia de EEUU contra Google.

Microsoft es la tercera empresa del mundo en capitalización bursátil, con un margen sobre ventas de 41% promedio en los últimos 20 años. Si de monopolios basados en tecnologías de la información y la comunicación (TIC) se trata, en 2018 el paquete Office concentraba el 87,5% del mercado global, seguido por G Suite (de Google) con 10,4%. Y, según Statista, el 77,8% de las computadoras de escritorio usa Windows como sistema operativo. Entonces, ¿por qué este histórico monopolio intelectual no fue incluido en la investigación del Congreso de Estados Unidos contra las gigantes digitales?

No sólo quedó excluida, sino que se perfila como beneficiaria directa si prospera la subsecuente denuncia del Departamento de Justicia de ese país contra Google por protección ilegal de su monopolio en el mercado de motores de búsqueda en internet. En Estados Unidos, Microsoft-Bing es el segundo motor de búsqueda más utilizado, aunque sólo concentra 7% del mercado. La Unión Europea prohibió la preinstalación del motor de Google en los celulares, y abrió una licitación para determinar cuáles aparecerían como opciones disponibles para que elijan los consumidores. Bing está ahora entre esas opciones en Alemania, Francia y el Reino Unido.

Cuando es posible estar bien con dios y con el diablo

Microsoft es única en muchos sentidos. Quizás uno de los más importantes sea que es la única gigante digital de Estados Unidos que no tiene competencia china. Y es también la única que sostiene una buena relación con el gobierno de Xi Jinping.

Microsoft abrió su oficina de Beijing durante el gobierno de Yang Shangkun en 1992 e inauguró su primer centro de investigación y desarrollo (I+D) en la misma ciudad en 1998. En 2010, abrió en Shanghái su primer campus de I+D fuera de Estados Unidos, un parque industrial de alta tecnología. Como resultado, 15 de las 100 organizaciones con las cuales Microsoft publicó más artículos científicos en coautoría entre 2014 y 2019 son chinas. En su mayoría son universidades, aunque Huawei y Tencent integran ese grupo. Entre sus vínculos de I+D, realizó investigaciones en inteligencia artificial con la National University of Defense Technology, universidad controlada por la Comisión Militar Central de la República Popular China. Por tratarse de una conexión directa con la organización responsable de la defensa nacional, este vínculo preocupó a Washington.

Pero más allá de estas preocupaciones, Microsoft mantiene fluidas relaciones con su propio Estado. La empresa escribe y direcciona políticas para Estados Unidos y, por su intermedio, para el mundo. Integró el grupo de multinacionales que no sólo presionó, sino que además redactó los borradores del “Acuerdo sobre los Aspectos de los Derechos de Propiedad Intelectual” (TRIPS) que Estados Unidos impuso al resto del mundo con apoyo de otros países centrales. Firmado en el marco de la Organización Mundial del Comercio, algo esperable dado que trata al conocimiento como mercancía, TRIPS sentó las bases del régimen internacional de propiedad intelectual que hoy sigue vigente.

Saltando en el tiempo, en 2019 fue elegida como la proveedora de servicios en la nube (incluyendo el almacenamiento de datos) del Departamento de Defensa de Estados Unidos. Llamado JEDI por sus siglas en inglés, Microsoft fue adjudicada con un contrato por 10 mil millones de dólares aun cuando -a diferencia de su rival Amazon- todavía no era capaz de ofrecer los niveles de seguridad digital requeridos. Otro ejemplo de su capacidad de dictar la política pública de la mayor potencia mundial fue la reciente invitación realizada por Andrew Cuomo. El gobernador de Nueva York invitó a su fundador Bill Gates -quien sigue siendo asesor tecnológico directo del CEO actual de Microsoft- a imaginar la Nueva York pospandemia. También fue de la partida Eric Schmidt, ex CEO y luego chairman de Google.

Bill Gates opera directamente como hacedor de política pública a nivel global desde la Fundación Bill y Melinda Gates. Usa su fortuna, obtenida gracias al monopolio intelectual ininterrumpido de Microsoft por Windows y el paquete Office, para imponer su propia agenda de investigación y política en el mundo. Y aunque genere simpatías que un magnate done millones a proyectos de investigación, su rol decidiendo qué proyecto se realiza y cuál no, como si fuera un organismo nacional de ciencia y tecnología, favorece la concentración de poder y la privatización del conocimiento.

A modo de ejemplo, la vacuna de Covid-19 de Oxford es producto de una investigación realizada enteramente por esta universidad quien tenía la idea de proveerla gratuitamente o a muy bajo costo. Sin embargo, presionada por la Fundación Bill y Melinda Gates (que financia parte de las investigaciones de Oxford incluida la vacuna), la universidad firmó el conocido acuerdo de exclusividad con AstraZeneca, sin garantía de precios bajos y reforzando el equivocado supuesto de que las grandes farmacéuticas son necesarias para el descubrimiento de medicamentos y vacunas.

El diablo sabe más por viejo que por diablo

Si hay alguien que aprendió el sentido de esta frase es Microsoft, quien no siempre tuvo buenas relaciones con el gobierno de Estados Unidos. Acusada de prácticas monopólicas en 1999, salió airosa a fuerza lobby y comprometiéndose a facilitar a sus competidores una mayor integración de sus softwares con Windows.

Sin embargo, para 2013, el coloso de Bill Gates parecía retirarse del podio de empresas que lideran las TIC. Microsoft, con un foco excesivo en sus dos productos mundialmente exitosos, perdió la carrera tecnológica de los smartphones y las redes sociales, mercados a los que sistemáticamente intentó ingresar.

Microsoft adquirió el negocio de celulares de Nokia en 2013, incluidas 4.734 patentes. Sin embargo, nunca se convirtió en un jugador relevante en este mercado, dominado por Samsung, Huawei y Apple. Sus ingresos por venta de celulares en el año fiscal 2019 cayeron 525 millones de dólares y probablemente muchos de ustedes se estén enterando por esta nota que Microsoft vende celulares, entre ellos el Surface Duo que tiene doble pantalla.

El último intento, en este caso en materia de redes sociales, es la recientemente frustrada adquisición del negocio angloparlante de TikTok, aplicación de la china ByteDance que hizo furor en el mundo occidental este año y que Trump prohibió a menos que la aplicación quedara en manos de una empresa de capitales nacionales. Aunque el acuerdo aún no fue aprobado, Oracle y Walmart parecerían haber ganado esta pulseada. En particular la primera, quien se quedará con el control de los datos de TikTok en Estados Unidos.

La virtual ausencia de Microsoft en dos de los mercados más rentables de este milenio se sumó al desprestigio que había acumulado frente a la comunidad de desarrolladores por su abierta oposición al software libre. En 2001, su por entonces CEO Steve Ballmer había incluso declarado públicamente que el sistema operativo libre Linux era un cáncer.

Como resultado de este combo de equivocaciones, aunque su margen nunca estuvo por debajo del 32%, sí mostró una tendencia decreciente, y su capitalización de mercado fue sistemáticamente a la baja entre 1999 y 2013 inclusive.

¿Qué pasó en 2014? La designación de Satya Nadella como CEO marcó un punto de inflexión. Microsoft le quitó prioridad a Windows y al paquete Office y se concentró en diversificar sus negocios, todos ellos ahora basados en inteligencia artificial. Cinco años más tarde, la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (WIPO, por sus siglas en inglés) rankeaba a Microsoft como la segunda organización en número de patentes (5.930 aplicaciones) de esta ubicua tecnología que revoluciona al mundo.

Como parte de su reinvención digital, Microsoft adoptó una estrategia mucho más beneficiosa con respecto al software libre: aprovecharse de él. Integró a Windows 10 un kernel de Linux (un kernel es el corazón de un sistema operativo). Desde entonces puede integrar desarrollos para Linux a su sistema operativo privado. Además, adquirió la plataforma de software libre GitHub por 7.500 millones de dólares en 2018. La integran más de 40 millones de desarrolladores y es usada por las gigantes digitales para acceder a código que integran a sus soluciones privadas, promover sus lenguajes e infraestructura como estándares de la industria, y usufructuar trabajo gratuito. En 2018, Microsoft/vscode fue el proyecto de GitHub en el que participaron más desarrolladores. Colaboraron 19.000 personas, aunque en la plataforma sólo había 7.700 empleados de Microsoft registrados.

Por último, en sintonía con las demás gigantes digitales, Microsoft también profundizó sus colaboraciones de I+D con universidades. De sus resultados extrae de manera exclusiva rentas intelectuales. Aunque en total ha publicado con más de 4.000 organizaciones -principalmente universidades-, al menos hasta principios de 2018, sólo compartía el 0.2% de la propiedad de sus patentes con otras organizaciones.

Nuevamente la bolsa dio rápidas señales, pero esta vez de la reinvención digital de la otrora líder de la primera revolución de las TIC. Para 2019, superando el millón de millones de dólares en capitalización bursátil, el valor de la empresa era 256% más alto que el de 2013.

La nube, los datos y el colonialismo digital

Microsoft tendría que haber sido incluida en la investigación del Congreso de Estados Unidos porque, al igual que las otras gigantes de la economía digital, se ha convertido en un monopolio intelectual de datos. Este tipo de empresas se caracteriza por la apropiación de datos que analizan con algoritmos de inteligencia digital que aprenden y se corrigen al procesar esos datos. El resultado se conoce como inteligencia digital y los monopolios intelectuales de datos la utilizan para direccionar tanto sus negocios actuales, como sus adquisiciones y futuras innovaciones. Microsoft tiene más de 100 centros de datos alojados en 54 regiones del mundo, desde los cuales provee servicios digitales y procesa datos de 140 países.

Aunque Amazon domina con casi 40% del mercado la computación en la nube pública (public cloud computing), Microsoft la sigue. De menos del 10% a principios de 2016, a fines de 2019 concentraba casi el 20% de ese mercado. Entre sus clientes más destacados están eBay, Samsung, Boeing y BMW.

Simplificando, la computación en la nube significa que toda solución informática (infraestructura, software y plataformas) está disponible en línea y como un servicio, lo que genera economías de escala dinámicas que incrementan aceleradamente las ganancias de Amazon, Microsoft y las demás proveedoras. Es un mercado global de 371,4 miles de millones de dólares, valor que se espera más que se duplicará para 2025.

Microsoft, al igual que sus rivales, ofrece servicios de inteligencia artificial en su nube. Esto incluye el alquiler de procesadores especializados para correr y entrenar algoritmos de inteligencia artificial y gigantes bases de datos que se alquilan para efectuar dicho entrenamiento. También ofrecen soluciones genéricas de inteligencia artificial, entre otros para reconocimiento facial o de voz, que son usadas por miles de empresas para desarrollar aplicaciones. Estas empresas dependen de los servicios de la nube, reforzando el poder de las gigantes digitales. La dependencia se profundiza por los altos costos de salida que imponen estas últimas para quien quiera mover sus datos a otra empresa. El resultado es un subsistema de empresas que no pueden operar ni innovar sin la nube, sin capacidad de influir sobre las condiciones de venta que imponen tanto Microsoft como sus rivales.

Además, si bien el acceso al contenido de los datos albergados en su nube está prohibido, los algoritmos de inteligencia artificial disponibles como servicio en la nube aprenden cada vez que son utilizados para procesar datos de terceros. Además, las gigantes digitales detectan tempranamente negocios exitosos. Son aquellos cuyo consumo de espacio o de capacidad de procesamiento en la nube se acelera o que consumen más servicios digitales.

Microsoft también concentra los datos de LinkedIn (adquirida en 2016 por 26.200 millones de dólares), los perfiles de usuario de los millones de desarrolladores de GitHub, y datos personalizados de consumo de videojuegos de su consola Xbox. Como si fuera poco, movió a la nube todos los softwares que ofrece a empresas y usuarios individuales, empezando por el paquete Office. La ventaja de vender suscripciones a su software no es sólo ni principalmente la limitación de la llamada piratería. Cuando consumimos servicios en la red, nuestro consumo queda registrado y asociado a nuestro usuario. Microsoft sabe exactamente cuánto consumimos de cada una de las funcionalidades de cada uno de sus productos. Procesando esta información con inteligencia artificial, el potencial para realizar innovaciones incrementales y así sostener su monopolio en el tiempo no tiene límites.

Lo monopolios de datos son particularmente perjudiciales para los países periféricos. Si bien en algunos mercados digitales Argentina tiene colosos de datos locales, tal es el caso de MercadoLibre en comercio y pagos electrónicos, somos proveedores netos de datos a nivel global. Estos datos son apropiados principalmente por unas pocas empresas de Estados Unidos (Microsoft, Google, Facebook, Twitter y, en menor medida, Apple). La libre circulación internacional de datos que además entregamos gratuitamente a estas empresas contribuye a profundizar el rezago tecnológico de la periferia, en tanto los datos son la base de las innovaciones de la economía digital. Se convierten en una forma de extractivismo que profundiza el subdesarrollo mientras refuerza el poder económico y político de un puñado de corporaciones. Y, como si fuera poco, queda en manos de estas empresas la potestad de operar sobre nuestros comportamientos y vínculos.

Más allá de lo que haga Estados Unidos a partir de su investigación contra un selecto grupo de gigantes digitales, es indispensable que el Estado en Argentina regule la apropiación y monetización privada de datos. India, Sudáfrica, Indonesia y China rechazan la declaración de Osaka del G-20 que permite el flujo libre de datos entre países. Argentina debería hacer lo mismo.

Investigadora de CONICET y Université de Paris.

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