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María Callas, la excelsa cantante que siempre fue un poco niña

"El gran artista es lo más parecido a un niño". O en este caso a una niña.

“El gran artista es lo más parecido a un niño”. O en este caso a una niña. Porque la excelsa cantante María Callas, siempre fue un poco niña. Hasta su muerte, acaecida en setiembre en 1977 en París. Tenía solamente 53 años. Y dije niña, por su pureza vocal, por su carácter con altibajos, por sus arrebatos emocionales.

Ella comentaba haber tenido en Atenas, Grecia, una infancia y una adolescencia tristes. Relataba que teniendo sólo 13 años, pesaba 80 Kg de peso, sin ser alta. Hasta los 20 años no logró disminuir su obesidad.

A esa edad se enamoró de un cantante francés. En ese momento decidió aislarse totalmente. Logró bajar en unos meses casi 30 Kg.. Pero su amor imposible, su galán idealizado, ya había desaparecido de su vida.

Escribió que jamás exteriorizó su herida interior. Pero “enjugar lágrimas… no es suprimir dolores”. María Callas, no era en realidad griega, ni ese era su nombre. Había nacido sí, de padres griegos, en Estado Unidos, como Cecilia Sofía Kalageropulos. Sus progenitores griegos la llevaron a Grecia a los 13 años.

A los 17 ya cantaba como soprano en la Opera de Atenas. A los 23 debutó en el teatro Arena de Verona, Italia, con un éxito total. Y ese día ¡ese mismo día!, al regresar feliz a su camarín, resonando aun en sus oídos los aplausos, encontró un ramo de orquídeas con una tarjeta sin firma que decía:

-“Ud. es una singular creadora de belleza. Tiene asegurada la inmortalidad”.

Esa tarjeta la deslumbró. Necesitaba conocer al remitente. Una compañera, cantante también, le aclaró.

-“Yo sé quien te hizo llegar las flores. Te las envió un adinerado industrial italiano: Giovanni Meneghini”.

El citado admirador tenía 30 años más que ella y María Callas en una especie de premonición le dijo a su amiga:

-“No conozco el rostro de ese hombre. Pero creo conocer su alma. ¡Me casaré con él!”.

Meses después María Callas pasó a ser María Meneghini Callas. Tenía 26 años en 1949 y aún no le había llegado la consagración definitiva, cuando vino a cantar a la Argentina a nuestro Teatro Colón.

Al año siguiente en 1950, debutó en La Scala de Milán. Ya estaba en la cima. La acompañaron, otro gran tenor italiano, Mario del Mónaco y otros cantantes. Cantó aquí la ópera “Aida” de Verdi.

Dejó la mejor impresión a nivel vocal. Pero algunas anécdotas, la mostraron con un carácter violento y altanero, llegando por una nimiedad, a abofetear a una modesta maquilladora del Colón.

A los 36 años, estando aun casada con Meneghini, conoció al magnate griego Onassis. Abandonó a su marido de manera repentina. También le exigió a Onassis que se separase de su esposa, a lo que este accedió.

Frente a esas carencias –humanas por cierto- la Callas poseía virtudes singulares. Por ejemplo una dosis de voluntad increíble. Y la voluntad, si bien no garantiza el triunfo, lo acerca.

Era capaz de ensayar diez horas seguidas o repetir una área 20 veces hasta sentirse conforme. Además, y esta fue una opinión casi unánime de los críticos, poseía una capacidad especial para expresar los sentimientos de sus personajes: la desesperación, el orgullo, la generosidad, la ironía.

En fin, fue una artista cabal de no menor talento que las grandes cantantes de su tiempo: Claudia Muzio, Renata Tebaldi o Monserrat Caballé.

Con su muerte, nos dejó una de las voces más expresivas y personales que haya tenido la lírica. Y cierro esta nota con un aforismo para esta cantante, de la que podría agregar que si bien el tiempo pasa para todos, los elegidos como ella, se incorporan al tiempo.

Y el aforismo prometido: “Los grandes del arte, derribaron fronteras”.

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