Ante la virtualización de la vida y de las relaciones, instalada por la pandemia, hemos podido, por un lado, apreciar el beneficio de la tecnología como canal de comunicación humana; y, por el otro, extrañar y revalorizar la posibilidad de (re)encontrarnos presencialmente con los propios seres queridos y otros vínculos significativos, que antes dábamos por sentado. Frente al constante perfeccionamiento tecnológico, como canal comunicativo y simulador de vivencias, puede resultar difícil comprender por qué muchos de nosotros seguimos apreciando la experiencia presencial del encuentro; en especial varios niños y adolescentes, que contra todo pronóstico durante las cuarentenas han expresado la necesidad urgente de verse en persona con sus amistades y familiares. ¿Por qué no alcanza con el otro en pantalla? ¿Qué es lo que se extraña del vínculo presencial? ¿Qué se pierde y qué se suma con la virtualidad?
Encuentro presencial vs. virtualidad: qué se pierde y qué se gana
¿Por qué no alcanza con el otro en pantalla? ¿Qué es lo que se extraña del vínculo presencial? ¿Qué se pierde y qué se suma con la virtualidad?
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De lo que no hay duda es que la pandemia nos ha llevado a ser conscientes de nuestra vincularidad. Tan relacionados estamos, que el virus (y el sufrimiento consecuente) de un extremo del mundo, ha llegado al otro, a pesar de los océanos y los kilómetros de distancia. Si a través del encuentro presencial podemos contagiarnos de Covid-19, también habrá otras influencias profundas que emergen de allí.
Hay algo misterioso y posiblemente intuitivo en esas ganas de vincularse de cuerpo presente con el otro; algo que podemos llamar pre-reflexivo. Esto nos lleva a explorar ciertas raíces subjetivas y afectivas en busca de respuestas. Hace décadas que desde la psicología -e incluso las neurociencias- se ha comprendido la importancia del vínculo afectivo materno o paterno filial (sea de una madre, un padre o el cuidador principal del bebé) en la construcción de la subjetividad de un ser humano. No solamente para explorar el mundo y relacionarse con los otros (incluso, con el tiempo, desplegar el milagro de la empatía), sino para sentirse real. Un bebé precisa de alimento tanto como de sostén amoroso, para sobrevivir y ser.
El psicoanalista Didier Anzieu entendía que ese vínculo primordial ocurría a través del contacto piel con piel del bebé y la madre (o cuidador principal). En esa frontera surgiría el Yo-piel, como cimiento psíquico y relacional. Y uno de los mayores signos de madurez, decía Donald Winnicott, sería la capacidad para estar solo, que se desarrolla a partir de la internalización de ese vínculo inicial de sostén. Por lo tanto, podemos reflexionar acerca de que en un principio es la relación piel con piel. Y que cuando ese vínculo ha sido suficientemente bueno, la persona adulta ya no precisaría un constante contacto presencial con los demás. Pero sí es posible que precise actualizarlo, de tanto en tanto. Volver al origen. Y que, desde esa huella, el vínculo de cuerpo presente podría facilitar el encuentro con el otro.
Desde una perspectiva cognitiva, el neurofenomenólogo Francisco Varela planteó que la mente es encarnada y que sujeto, mundo y alteridad (y, así el conocimiento, que emerge) se co-construyen en y desde la experiencia corporal. “Es a través del cuerpo del otro que establezco un vínculo con el otro, primero como organismo semejante al mío, pero también percibido como presencia encarnada, lugar y medio de un campo experiencial. Esta doble dimensión del cuerpo (orgánico/vivido) es un aspecto esencial de la empatía”, explica Varela.
Indagar el sustrato neurológico de la empatía, también puede aportar. Según algunos neurocientíficos, como Antonio Damasio, las neuronas espejo que se activan al percibir los movimientos del otro, como si nosotros mismos estuviéramos realizando aquel movimiento, tienen un rol similar en la experiencia humana de la empatía. Al ver en el otro ciertos gestos y expresiones emocionales, las neuronas espejo activarían una reproducción corporal emocional similar. Las áreas donde se encontrarían estas neuronas están relacionadas con la experiencia sensoriomotora. Podemos decir que cuanto mayor el contacto con los gestos y las expresiones emocionales del otro, mayor potencialidad de activación espontánea y directa de aquella vivencia empática. Asimismo, suponemos que, en general, cuanto más mediado y recortado ese contacto con el otro, mayor dificultad de activación directa.
Un encuentro de cuerpo presente con una persona, podría facilitar esa vivencia empática neuronal-emocional más que una foto (que de todas formas la sigue canalizando), y esta última la facilitaría más que un chat. Esto no significa que no pueda ocurrir a través de un diálogo en un chat, solamente que para que esto ocurra posiblemente precise de mayor compromiso y disposición de los interlocutores. El surgimiento masivo de los emojis en los mensajes de texto, pareciera tener la intencionalidad de compensar la carencia de tono, gestualidad emocional y otras formas de lenguaje no verbal.
Las explicaciones del sustrato afectivo, cognitivo y neuronal de la vincularidad y el encuentro presencial, terminan de adquirir sentido cuando comprendemos la experiencia existencial global, que incluye y trasciende a las anteriores. “Me realizo al contacto del Tú; al volverme Yo, digo Tú. Toda vida verdadera es encuentro”, ha expresado el filósofo existencial Martin Buber, quien en sus reflexiones diferenció el encuentro Yo-Tú, donde uno se abre al ser del otro en un reconocimiento y participación mutuos, del contacto Yo-Ello, donde uno cosifica y utiliza a la alteridad. Podemos plantear la hipótesis de que cuanto menos mediado el encuentro, mayor la cercanía y menor la dificultad para participar de la relación Yo-Tú. Esto no quiere decir que en la virtualidad no se pueda generar encuentro, ni que la presencialidad lo asegure (solamente lo facilita). Pensemos en un mail sentido donde alguien le cuenta a un ser querido una vivencia importante con la que este último se compromete durante y después de la lectura; o en una reunión de amigos en un café donde cada uno está contestando mensajes por celular.
Hay dinámicas en la virtualidad, particularmente en redes sociales, que obstaculizan el encuentro Yo-Tú, y facilitan el egocentrismo y la cosificación del otro. El paradigma de la conexión/desconexión inmediata, donde uno entra y sale de una situación en un clic, puede llevarnos, por ejemplo, a observar e incluso reenviar un video supuestamente chistoso donde se denigra a una persona, sin que esto nos interpele empática ni éticamente, en gran parte porque es un recorte de una vida y de una subjetividad, donde las emociones, la historia y el sufrimiento de esa persona quedan fuera de cámara. El contexto del automatismo y del sopor en el que nos sumergen la inmediatez, el resultadismo y la estimulación constante de las redes sociales, facilita la cosificación del otro. En TikTok pasamos como si nada videos de situaciones reales que nos conmoverían profundamente si las presenciáramos.
Asimismo, la edición constante de aquello que decimos, el photoshopeo de aquello que mostramos, nos alejan del diálogo espontáneo presencial, donde uno construye una conversación junto al otro, en una comprensión más amplia de este, y, por lo tanto, de uno mismo. El aislamiento se acentúa aún más por los algoritmos de las redes, que, en pos del consumismo personalizado, de tanto reducir el contenido a los propios likes, terminan reduciendo el mundo a uno mismo (y a los propios prejuicios), como explica el filósofo Byung-Chul Han en su ensayo La expulsión de lo distinto.
Paradójicamente, durante las cuarentenas y su revalorización de los vínculos afectivos, también ha existido una renovada búsqueda del encuentro con el otro a través del Zoom, el Meet y otras formas sincrónicas de videollamada. Este compromiso afectivo se ha podido canalizar, y la mayoría de nosotros lo ha constatado. Sin embargo, hay situaciones vitales profundas donde no pareciera alcanzar. Pensemos en el caso de las personas que no han podido despedir de cuerpo presente a sus seres queridos a punto de fallecer o que ya habían fallecido. La conexión virtual ha servido de algo, pero desde la experiencia clínica psicológica pareciera haber sido insuficiente en gran cantidad de casos. La imposibilidad de despedir con el propio cuerpo el cuerpo de un ser querido es un factor de riesgo para el duelo complicado, y la dificultad de elaborar la pérdida. Asimismo, en el otro extremo de la vida, un recién nacido no puede recibir por pantalla la contención afectiva que necesita para crecer. Ni tampoco sería suficiente una madre o cuidador que se encargue de alimentarlo, acostarlo y cambiarle el pañal, de forma mecánica, mientras está inmerso en el celular. El bebé necesita la mirada, la caricia y el sostén afectivo-corporal del otro, para saberse existente.
Ante dos inevitables realidades desplegadas por la pandemia, la existencia híbrida presencial-virtual y nuestra existencia relacional, hemos de ser concientes y responsables en la elección respecto de qué mediatizar a través de la tecnología y qué no, y hasta qué punto. No automatizarnos, sino elegir elegir. Asimismo, ante el reconocimiento de nuestra vincularidad, estamos convocados a difundir el encuentro Yo-Tú, tanto en la virtualidad como en la presencialidad. Con la conciencia de que el encuentro de cuerpo presente es la forma de reunión y vincularidad humana más espontánea y directa. Podemos hallar la síntesis de todo lo dicho en la vivencia del abrazo.
Psicólogo existencial y relacional; coautor del libro ¿Quiénes somos después de la pandemia?.
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