Los servicios esenciales y el mundo de las comparaciones

Opiniones

El gobierno argentino ha declarado servicios esenciales a la TV, Internet y los teléfonos celulares. Desde algunos sectores salieron inmediatamente a discutir la medida.

Hace pocas semanas, el gobierno argentino ha declarado servicios esenciales a la TV, Internet y los teléfonos celulares. Las razones esgrimidas desde el ejecutivo son claras: “El derecho y el acceso a la conectividad abren puertas a otros derechos y a otros accesos, como son la educación, los consumos culturales, la capacitación, el trabajo y la producción”. Por ende, se ha decretado el congelamiento de tarifas hasta fin de año, una mayor regulación del Estado – sobre todo para poner límites a los incrementos de precios -, la obligación a las empresas a proveer una tarifa básica universal que sea accesible para todos los ciudadanos, y la promoción de la competencia en un mercado ‘altamente concentrado’.

Como no podía ser de otra manera bajo la lógica puja de intereses permanente, desde algunos sectores salieron inmediatamente a discutir la medida. Por ejemplo, la Cámara Argentina de Pequeños Proveedores de Internet (CAPPI) sostuvo que una mayor intervención del Estado no solo no asegura el objetivo último que se declama, que es la universalidad de la conectividad a internet, sino que, como ha sucedido en otras oportunidades, probablemente genere un menor desarrollo y penetración de los servicios de banda ancha.

En sentido similar, GSMA América Latina -entidad que representa a operadores móviles y compañías relacionadas– expresó que medidas que modifican las estructuras de precios en mercados en competencia, con una proporción significativa de insumos dolarizados, resultan regresivas en materia de inversión en infraestructura digital y nuevas tecnologías. Como consecuencia, lejos de garantizar el acceso a todos los ciudadanos, las disposiciones ponen en riesgo la calidad de los servicios para el consumidor y la ampliación de la conectividad, pudiendo redundar en un aumento de la brecha digital.

Más allá de la discusión de la eficacia y el objetivo del DNU en sí, lo que volvió a generar resonancia pública en términos internacionales es la declaración del primer mandatario en una entrevista radial, en la cual sostuvo que “admira a Noruega y Finlandia, y en estos dos países son servicios públicos”. No es la primera vez que se compara nuestro país con otro: solo para citar un ejemplo reciente, el gobierno puso énfasis sobre los resultados positivos que, en términos relativos con Suecia, nuestro país estaba obteniendo en la pelea contra el Covid-19.

En esta ocasión, la Embajada de Finlandia en Argentina salió a responder. O como seguramente explicarán, solo buscaron ‘clarificar’ la expresión de nuestro presidente. En este aspecto, los finlandeses son muy puntillosos y precisos a la hora de llevar a cabo sus políticas de Estado. Siempre con mucho respeto y de manera diplomática: no por nada estuvieron décadas de guerra fría lidiando bajo el fino equilibrio de su modelo pro-occidental (sellado definitivamente con su ingreso en la Unión Europea en 1995 y el acercamiento a la seguridad que le brinda la OTAN a través del programa Asociación por la Paz), y la necesidad de ser cordiales con su vecino soviético, de quien se independizó en épocas de revolución bolchevique: ello a pesar de que la emancipación le costara la cesión de un 10% de su territorio a la Unión Soviética, pagos durante décadas de indemnizaciones de guerra, así como permitir que supervisara su política exterior. Sin embargo, siempre con el pragmatismo inteligente que los caracteriza, los finlandeses convirtieron el dolor en aprendizaje: como ellos mismos lo sostienen, el resarcimiento terminó siendo algo positivo para Finlandia, porque obligó a desarrollar y diversificar su industria, como así también creó la base para unas buenas relaciones comerciales con Moscú, las cuales se mantuvieron después de saldar esa deuda.

Para comenzar, cabe destacar que la divergencia no se encontraría en el espíritu del DNU. Más aún, el país nórdico sancionó en el año 2010 el derecho a una conexión a Internet de como mínimo 1 Mb/s (que fue ampliado hasta los 100 Mb/s en 2015), justificado por ser una ‘necesidad básica’ dado que, según palabras del propio gobierno finlandés en aquel momento, “sin esta tecnología, nuestra economía se estancaría”. Sin embargo, el comunicado oficial actual asegura que “el mercado finlandés en general se basa en la competencia abierta entre sus actores, donde se busca que se genere permanentemente nuevas oportunidades de negocios, se promuevan las exportaciones - dado que endógenamente es un mercado pequeño -, y se pueda aumentar la línea de servicios, lo que propicie un clima de mayor elección y precios competitivos para los consumidores”. En este sentido, el salario promedio en Finlandia se encuentra en torno a los 4000 Euros mensuales. ¿Cuánto vale un servicio completo de Internet con Cable en Finlandia? Entre 35 y 50 Euros por mes. Así es, no se haga malasangre si hizo la relación salario promedio/costo del abono en nuestro país. Menos en términos de la calidad del servicio ofrecido.

Pero además, para que el modelo sea sustentable, ha sido crucial la inversión en Investigación y Desarrollo, que en Finlandia llega al 3% del PBI, la cual proviene un tercio del Estado y el resto lo aportan las empresas. Es un modelo público-privado de fomento a la innovación y a la exportación - que incluye de manera decisiva a las universidades – el cual promueve un desarrollo realizado de manera eficiente y eficaz. Como dicen los finlandeses: “Si vamos a ser capitalistas, vamos a hacerlo como mejor funciona”.

Es por ello que al mirar hacia afuera (tema tan debatido en nuestro país; el cómo conseguir las tan preciadas y necesarias divisas), Finlandia además se especializa en la venta al mundo de tecnologías de la información y telecomunicaciones – incluyendo bienes electrónicos de primera línea -, coherente con sus políticas en general y medioambientales en particular. En este sentido, Sanna Marin, la primera ministra más joven del mundo, se ha empeñado en lograr la descarbonización de la economía finlandesa para el año 2035; para ello, ha propuesto que la generación de riqueza se desarrolle primordialmente a través de la creación, utilización y venta de servicios digitales (catalogado por muchos como el país del mundo con mayor innovación per cápita del planeta), la cual es mucho menos dañino que la producción de hidrocarburos.

Es importante recalcar que su racionalidad exportadora se encuentra enmarcada en un balance ‘anti-grieta’ donde todos los sectores aportan, desde su máxima eficiencia y con el mayor valor agregado posible, para con la generación de una balanza comercial superavitaria (las exportaciones representan más de un tercio del PBI de 234.000 millones de Euros). También aquí se puede observar que alejados se encuentran de nuestra eterna pelea entre el campo histórico proveedor de divisas; la industria políticamente protegida y carente de competitividad que sufre los vaivenes cíclicos de los costos, la inflación y las recesiones que afectan frecuentemente al mercado interno; y un sector de servicios con cierto valor agregado de tecnología que, con ganas de crecer, en una gran cantidad de ocasiones se encuentra con los retos de una macroeconomía siempre inestable, una todavía letárgica ayuda del Estado, y ciertos vicios propios de la dinámica a veces corrupta, ineficiente y monopólica.

Volviendo al comunicado, desde la Embajada indicaron que “el Estado garantiza la disponibilidad de los servicios básicos de comunicaciones para toda la población, donde si fuera necesario se movilizan fondos públicos. Y la buena calidad de los servicios básicos está estipulada por legislación: todos los consumidores y las empresas finlandesas tienen derecho a una suscripción telefónica asequible, así como a una suscripción de banda ancha de 2 Mbit/s en su lugar de residencia permanente o su ubicación comercial”. No es altruismo, sino lógica y racionalidad pura. El sector de los Servicios emplea a cerca de 3/4 de la población y representa más de 70% del PBI. En un mundo como el actual, es imposible producir y competir sin la tecnología adecuada.

Para ello, es indispensable contar con una de las principales claves del éxito finlandés: un sistema de educación universal, pública y gratuita, reconocido como uno de los más avanzados del mundo, que ofrece a todos los jóvenes las mismas oportunidades. Por supuesto, con docentes con sueldos superiores a la media del mercado. Pero además, sólo los mejores y más preparados estudiantes pueden convertirse en maestros y profesores: en el exigente sistema finlandés, sólo cerca del 10% de los candidatos suelen ser aprobados para cursar la maestría obligatoria en la universidad. Como se diría, la tan preciada y necesaria ‘meritocracia’.

Para los finlandeses, este es un tema que no se discute. Desde su gobierno indican que “Es una obligación moral, pues el bienestar y en última instancia la felicidad de un individuo depende del conocimiento, de las aptitudes y de las visiones del mundo que son proporcionadas por una educación de calidad. Pero también un imperativo económico, ya que la riqueza de las naciones depende cada vez más de las habilidades y el conocimiento". O sea, no solo existe el servicio tecnológico esencial de telecomunicaciones de primera calidad, sino también están los usuarios que tienen la accesibilidad, los recursos, las herramientas pedagógicas, el capital humano y las capacidades para utilizarlos. Y no, no sería concebible para los finlandeses que existan niños que en plena pandemia tengan que trasladarse a la escuela más cercana para poder conseguir una computadora para estudiar; o mismo aquellos que se dirigen a espacios públicos para tratar de ‘enganchar’ alguna red con Wi-Fi y poder, de este modo, realizar la tarea escolar. Menos aún docentes con salarios por debajo de la línea de pobreza.

Por supuesto, hay luces y sombras, como en todas las latitudes. Por ejemplo, el país convive con un rápido envejecimiento de la población que erosiona la posibilidad de sostener el Estado de Bienestar; este objetivo además genera una deuda pública creciente que no se compatibiliza con la necesaria prudencia macroeconómica que requiere ser parte de la Unión Monetaria Europea (el cual muchos creen que fue un golpe de ‘Knock Out’ para la relevancia global que tenía hasta hace unos años la emblemática compañía de telefonía móvil Nokia). O bien la doble moral que nos retrotrae a nuestra conocida ‘Botnia’, con los impactos medioambientales que provocan sus plantas de celulosa en el vecino país oriental. En definitiva, como dice el refrán popular, solo dios es perfecto. Y los finlandeses son seres humanos. Como nosotros.

Sin embargo, hay cuestiones que para los finlandeses están claras y no se negocian. Es considerado en todos los rankings globales en el TOP 5 de los sistemas judiciales más independientes del planeta, las empresas más éticas, y donde los ciudadanos disfrutan de mayores niveles de libertad personal, elección y bienestar. Eija Rotinen, embajadora de Finlandia en Chile, lo grafica con claridad “La razón para la confianza que hay en la ciudadanía hacia el gobierno es la igualdad (el índice de GINI es de 0,257, lo que la hace una de las sociedades más equitativas del mundo). En todas las escuelas de Finlandia, ahí se puede ver al hijo de un empresario estudiando junto al hijo de un obrero. Ello genera empatía y estabilidad”.

Y allí es donde los finlandeses redoblan la apuesta. La educación pública de alta calidad no es el resultado de instrumentos pedagógicos por sí solos, sino también de políticas sociales. Esta manera para alcanzar compromisos y abordar los desafíos de la ciudadanía a través de procesos democráticos, los finlandeses lo resumen muy bien con una palabra propia: “talkoo”. Ello significa “Trabajar juntos, de forma colectiva, en pro de un objetivo común específico; ya sea almacenando la cosecha, guardando la madera o recaudando dinero. El asunto es cooperar. Todos juntos, por igual”.

Por ende, por ahí sería positivo comparar menos y copiar más. Nadie dice desentenderse de las especificidades históricas, culturales, sociales; pero la realidad es que, solo para citar uno de los ejemplos descriptos, el tener docentes enormemente capacitados bajo una educación pública de excelencia, con sueldos más que dignos para que puedan focalizar su mente en lo único que debieran hacerlo - que es el enseñar para con el bienestar de la sociedad toda -, nos vendría bastante bien. Es más, tendría que proclamarse como un ‘deber ser’ para todo país que quiera progresar. Mientras tanto, si no se atacan fehacientemente los problemas estructurales de manera abarcativa, los cambios marginales – léase los parches de siempre – solo profundizaran el inerte intento de escapar del ‘fango’ en el que estamos inmersos desde hace décadas. Porque a decir verdad, y sin tratar de realizar una auto-reflexión superadora, al día de hoy solo nos queda el respirar hondo previo a un simplista suspiro que, indefectiblemente, derivará en un “Que lejos que estamos…”

(*) Economista y Doctor en Relaciones Internacionales. Autor del Libro “La Sociedad Anestesiada. El sistema económico global bajo la óptica ciudadana.”

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